No quiero quedarme en casa

Género
Crónica

Por Adriana Espinosa

Con las piernas y brazos llenos de moretones, Marina* se observa en el espejo, su mirada parece perdida. Pasa su mano por la mejilla y el dolor le provoca una ligera mueca. El pómulo derecho se ve de un color amarillo verdoso, anuncia que un hematoma acompañará su rostro. Una sensación punzante en el torso hace que su cuerpo se arquee. Marina se quita lentamente la playera blanca que trae puesta para quedar semidesnuda.

El espejo le devuelve una imagen que podría dejar impactado a cualquiera. Un moretón del tamaño de un balón de fútbol a la altura de las costillas, otros más pequeños a la altura de su cadera. Un color rojizo acompaña su pecho y algunos rasguños permiten que pequeñas gotas de sangre se asomen sobre su piel. Sin embargo, Marina ya no se sobresalta al ver estas marcas resultantes de empujones, patadas y puñetazos. Parada frente al espejo, pasa su lengua sobre sus dientes. Frunce el ceño al percibir un sabor similar al metal, su labio inferior está sangrando.

***

Marina recuerda cómo era su vida antes de la pandemia. Pasaba gran parte de su día realizando actividades que la mantuvieran fuera de casa. De las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, se encontraba en su facultad, tomando clases o en la biblioteca, haciendo sus tareas o leyendo. Si se aburría de estar ahí, caminaba hacia el metro. Viajaba diez minutos hasta llegar a la estación Miguel Ángel de Quevedo, bajaba del vagón y se dirigía hacia la salida. Caminaba alrededor de cinco minutos hasta llegar a Plaza Oasis y entraba al Starbucks que se encuentra en la bahía de la plaza.

El bullicio de la gente entrando y saliendo, el olor a café y la amistad que había entablado con los chicos que trabajaban en la cafetería la hacían sentir segura. Entrada la noche, volvía a casa. Le ponía llave a la puerta de la entrada, saludaba a quien se encontrase despierto en la sala o en la cocina y finalmente subía a su cuarto para encerrarse nuevamente. Esta era la rutina de Marina todos los días, rutina que la hacía sentirse segura pues la ayudaba a escapar de su realidad.

***

De fondo se escuchan golpeteos en la puerta del baño. Las palabras “golfa”, “zorra” y una que otra maldición acompañan el traqueteo de la puerta de madera. Marina ya no se sobresalta ante el estruendo, ignora los insultos y decide esperar dentro del baño a que las cosas se calmen un poco. Se recarga sobre una pared mientras deja su cuerpo deslizarse hacia el suelo hasta tocar las frías baldosas.

Al otro lado de la puerta, un cuerpo robusto insiste en que Marina salga del baño. Forcejea con la puerta intentando botar el seguro, aquel pequeño botón era lo único que evitaba que arremetiese nuevamente contra Marina. “Al rato vas a ver, vas a tener que salir de todos modos y más te vale que ese control aparezca”, esas fueron las últimas palabras que salieron de la boca del chico de 14 años antes de alejarse.

Al año 52.6% de las mujeres en México, quienes, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), representan el 51.3% de la población total, son víctimas de violencia doméstica.

***

Marina se encuentra sentada en la sala de su casa, lleva puesta una sudadera holgada que le permite cubrir los moretones y rasguños que ahora la acompañan para que su abuela “no se dé cuenta y se preocupe”. Se encuentra absorta en sus pensamientos, observando a su madre y a sus abuelos continuar su día con normalidad. Pareciese que fuesen ajenos a la pelea y a los gritos que habían tenido lugar escaleras arriba unas cuantas horas antes.

Al fondo, la televisión ilumina tenuemente su rostro mientras suena en un volumen medianamente bajo.

En el caso de la violencia en general y la violencia contra las mujeres no hemos nosotros advertido un incremento, desde luego la forma que tenemos de medirlo son las denuncias que se presentan, puede haber cifra negra, pero en las denuncias no ha habido un incremento – afirma Andrés Manuel López Obrador al mismo tiempo que afirmaba que en México existía una cultura de fraternidad.

Ella recuerda el incidente sucedido horas atrás y comienza a sentirse agobiada. El cuerpo le duele y le pesa, la cabeza le palpita y una sensación de rabia invade su cuerpo. Decide retirarse de la sala, sube con pesadez las escaleras y finalmente, una vez en su cuarto, se recuesta en la cama.

Marina no solo presenta signos de violencia física, sino que también se le nota particularmente cansada. Las ojeras bajo sus ojos denotan el cansancio que carga. En ocasiones se encuentra bastante ansiosa y en otras se torna irritable. Se nota particularmente distraída y una sensación de alerta la abruma continuamente.

***

Recargada en el marco de su ventana, Marina observa el paisaje aledaño a su casa: fachadas blancas, amarillas y color marfil, árboles, casas con amplios ventanales y patios, muchos carros estacionados y las calles completamente vacías. La nueva cepa de SARS-CoV-2 ha orillado a miles de mexicanos a confinarse y recrear sus vidas al interior de sus casas. Pequeñas o amplias, de una o dos plantas, con balcones, patios o una pequeña ventana que conecta el interior con el exterior, estos espacios han tenido que transformarse en un mundo complejo.

Marina no es la excepción, ha hecho de sus cuatro paredes un reflejo de su realidad en un intento de realizar sus actividades diarias con normalidad. De 7:00 a 9:00 la sala se ha vuelto un gimnasio, de 9:00 a 21:00 el comedor se transforma en oficina o en salón de clases y ya entrada la noche, la sala se convierte en una sala de cine.

En este pequeño universo en el que interactúan diferentes realidades también es donde tejemos y mantenemos relaciones con otros individuos. Los espacios son compartidos con hermanas, hermanos, padres de familia, tíos, abuelos o con la pareja. Sin embargo, aquellos espacios que se han generado para “protegernos”, se han vuelto trincheras o campos de guerra, espacios extremadamente peligrosos y violentos que atentan contra la integridad de varias.

***

Durante la cuarentena, para las mujeres hay algo más peligroso y mortal que el virus SARS-CoV-2. En el confinamiento, las mujeres se encuentran a merced de potenciales feminicidas. Cada mañana Marina despierta y se encuentra con noticias de chicas desaparecidas en su celular, chicas que han sido encontradas sin vida, torturadas y con signos de violencia sexual. Las redes se inundan de chicas que han sido abusadas o golpeadas aún en el encierro.

México, el país donde se registra un promedio de 10 feminicidios al día, se ha encargado de ejemplificar que la violencia no conoce de pandemias. Desde el inicio de la cuarentena, según la organización feminista María Verde, se ha reportado el asesinato de 210 mujeres, siendo las principales víctimas menores de edad.

Marina sabe que solo le queda esperar a que el confinamiento acabe pronto. Se encuentra encerrada en su cuarto, recostada en su cama mientras mira al techo. Al otro lado de la puerta, se escuchan unos gritos acompañados de unas pisadas subiendo rápidamente las escaleras. El sonido de un golpe en seco se escucha contra la puerta de su habitación, acto seguido, la puerta se abre de manera estrepitosa.

Su hermano ha logrado abrir la puerta de su cuarto.

*Este nombre ha sido cambiado para proteger la identidad e integridad de la entrevistada

Adriana Espinosa

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Sus líneas de interés son los temas de género, feminismo en Latinoamérica y ciberactivismo. Apasionada del arte y la literatura. Todóloga por vocación; escribe y pinta en sus ratos libres, morra de los plumones y tallerista en una colectiva feminista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s