Un tsunami musical

Cultura
Crónica
La gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai. Imagen de eldiario.es

Por Abril Peña

Falta más de media hora para que inicie la emisión. El número de vistas aumenta significativamente cada segundo. La sección de comentarios se desliza con velocidad mientras emojis de corazones y grafías ininteligibles inundan el lado derecho de la pantalla. La hora de transmisión en Corea del Sur es a las 12:00 del día, 10:00 de la noche en México. Se pronostica que dure 12 horas. A las fans de Latinoamérica les espera una larga noche.

En Twitter, una de las redes sociales más usadas por la banda, las ARMYs, nombre con el que se conoce a sus seguidoras, piden que dejen de comentar en YouTube. Nadie quiere que la página se caiga. Perderse un segundo de transmisión no parece una opción para un fandom enardecido.

Las más opulentas esperan con su army bomb en mano, una especie de cetro con un foco redondo en la parte superior que sirve como iluminación en los conciertos de K-pop y que las versiones más nuevas se sincronizan vía bluetooth y cambian de color de acuerdo con el ritmo de las canciones. La disquera comunicó días previos que si se conectaban a través de Weverse, la aplicación oficial de la compañía, podrían tener una experiencia más real, ya que todas se encenderían de forma simultánea como en un show en vivo. A las que les faltó dinero, pero les sobró creatividad crearon el suyo con lo que fuera y hubiera al alcance: linternas de mano con bolsas de plástico enrolladas o rollos de papel pintados de negro con mucha cinta adhesiva en forma circular. Lo importante era sentirse inmersas en la experiencia.

Twitter es un hervidero de comentarios, gifs y emojis. El entusiasmo desborda los 280 caracteres permitidos.

Así esperan las fans de la banda más famosa de K-pop en el mundo, BTS, la transmisión gratuita en vivo de un maratón de conciertos de dos días y 24 horas a través de YouTube.

BTS forma parte de la hallyu o nueva ola coreana que, además de la industria musical, incluye, entre otras, a la cosmética o a los dramas televisivos que producen horas de desvelo entre su público. El K-pop más que un género es una forma de hacer música, distinguida por sus canciones pegajosas, miembros atractivos y coreografías impecables.

Aproximadamente millón y medio de admiradoras tienen una pantalla como mediadora entre ellas y su grupo de K-pop favorito en época de cuarentena. La banda tenía planeada una gira mundial que comenzaría el 11 de abril, pero debido al empeoramiento en la crisis de salud por el COVID-19 han tenido que posponer sus fechas. Sin embargo, esto no fue un impedimento para que su disquera se las ingeniara en organizar algún evento para no perder el ímpetu que llevaban en los inicios de 2020 con el recién estreno de su nuevo disco.

A las 10:00 en punto la pantalla cambia y para fortuna de los que llevan retardo, comienzan a reproducirse videos musicales anteriores como forma de introducción. Pasados quince minutos, el sonido de un piano acompaña el fulgor blanco que despiden las miles de army bombs encendidas como medusas que resplandecen en zona abisal. El clamor de las fans, que tuvieron la fortuna de acudir en ese ya lejano 2015, invade la emisión. Se adivina que igual de fuerte que el de las millones de fanáticas gritando desde sus hogares. La voz aguda del más joven de los siete integrantes, Jungkook, se reconoce como la primera en aperturar el show. Mientras en las pantallas del recinto, como en manchas de tinta, se leen los cortos fragmentos en inglés que incluyen cada una de sus canciones.

Emergen dos voces más, disímiles entre sí, la de V y Jimin. Una grave e insondable como las profundidades del océano y la otra ligera y sedosa como la espuma. Jin se une, su melodía es como el movimiento de las olas: apacible o alta e impetuosa. La palabra Stay permanece algunos segundos en la pantalla, como haciendo una invitación. El sonido del piano se detiene, aunque los gritos de las espectadoras no. Luces rojas deslumbran el escenario. Aparecen los siete integrantes sobre una plataforma. Sobresalen sus cabelleras teñidas de arrecife coralino: rosa, anaranjado, aguamarina, amarillo y un verde que se mezcla con el pardo. Un arcoíris que enmarca sus miradas de hojas lanceoladas, mandíbulas definidas, piel tersa, perfecta. Cinco de ellos llevan un fleco que les cubre por completo la frente. En los otros dos su fleco forma ondas definidas en las que su equipo de peinado seguro trabajó concienzudamente. Mientras la cámara los enfoca y toman el micrófono, se distinguen sus cadenas finas en el cuello, los anillos o los aretes largos y las pequeñas argollas que decoran sus orejas.

Comienza a cantar la tríada faltante, la de los raperos: RM, Suga y J-hope. Se oyen palabras rápidas y golpeadas, que pugnan por salir de la garganta que las contiene. Indescifrables para el oído occidental, pero eso no impide que rebosen emoción sobre quienes las escuchan.

Todos portan pantalones negros que definen su delgada figura. V resalta entre los siete por su saco dorado y playera blanca. Suga porta un saco negro tejido, mientras que J-Hope, RM y Jungkook están vestidos de negro de pies a cabeza. Jin utiliza un saco lleno de brillos sobre una playera a rayas estilo marinero y Jimin bien podría haber salido de la película de Grease con su chaqueta de cuero y camiseta de algodón blanca.

La ola se ha extendido y ha cruzado el océano pacífico para arrasar en los Estados Unidos. Los chicos de BTS han sido invitados a los programas nocturnos norteamericanos más conocidos, en donde los conductores los comparan frecuentemente con Los Beatles. Lograron un récord en ventas al colocar tres álbumes en número uno en menos de un año en la lista Billboard 200, empresa solo alcanzada previamente por los británicos en 1968. Además de ganar por tercera vez consecutiva el premio Billboard al Mejor Artista Social.

Las primeras tres canciones son como un remanso, siguen sus éxitos más frenéticos, los que tienen las coreografías más complicadas y enérgicas. Brazos y piernas que se extienden y contraen sin un patrón fijo. Voltean la cabeza, zigzaguean, saltan, se agachan. Todo con una sincronía perfecta, con una fluidez que les recorre todo el cuerpo, como si un hilo de agua se deslizara por cada una de sus extremidades.

Después de dos horas y media ininterrumpidas, dan un pequeño descanso y ponen nuevamente videos musicales. Es ya pasada la medianoche y YouTube registra alrededor de 2.1 millones de personas en la transmisión. A la 1:00 de la mañana empieza el segundo concierto.

En Twitter no dejan de sucederse los memes. Si pasa alguna escena memorable es convertida en un gif que a los 10 segundos circula por la red. La experiencia no se reduce a ver los conciertos en el celular tratando de no despertar a nadie por los chillidos de emoción o a washawashear tus canciones favoritas, sino a compartir el momento: reírse con los comentarios en las redes, bailar las coreografías que llevas meses practicando o por lo menos hacer el intento, etiquetar a una amiga en las imágenes divertidas o mandar una nota de voz diciendo que el integrante que te gusta ya pasó de un color de cabello azul a uno rosa a hacerse base y que lo prefieres más con ese estilo.

Conforme las manecillas del reloj avanzan hacia las horas de la madrugada, se nota el número de ARMYs caídas. Los comentarios en Twitter disminuyen, aunque no lo suficiente para dejar de ser trending topic. Las más valientes saben que aún les falta la mitad del recorrido, más vale prepararse otra taza de café si desean ver a sus ídolos hasta el final.

El sol alcanza a las fans de latinoamérica y alrededor de las 10:00 de la mañana, la transmisión termina. Las que aguantaron hasta el final postean su victoria contra el sueño.

El estado de cuarentena no permite la cercanía física, pero BTS es un tsunami que ha derribado las barreras de la distancia y el lenguaje. Las personas pueden estar juntas de muchas maneras, la música es una de ellas.

Abril Peña

Estudia Ciencias de la Comunicación en la UNAM. La plasticidad del lenguaje la maravilla e intimida al mismo tiempo. Si pudiera, aprendería todas las lenguas del mundo. Le encanta el sushi, ama las películas con muchos diálogos y se convierte en la más fan de las fans con cualquier cosa que la cautive. Recientemente cayó bajo el hechizo del K-pop, por lo que hablar de lo preciosos que son los integrantes, de sus flamantes coreografías, sus canciones pegajosas y el dominio mundial de Asia sobre el mundo son sus nuevos temas favoritos.

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