El olor del amor

Creación Literaria
Relato

Por Ximena Tercero

Crédito: Ximena Tercero

Nací en la sobrepoblada Ciudad de México, justo antes del inicio del nuevo milenio, 31 de diciembre de 1999 a las 11:59. He vivido aquí toda mi vida y aunque algunos días me disguste el ruido o el tráfico, no hay día que no me gusten sus colores, su diversidad, sus olores, sus voces y, por supuesto, Luisa. Pienso mucho, pero no hablo tanto. ¿Religión? ¿Política? Son temas muy complejos y si me tengo que describir, siempre los evito. Dudo que un conjunto de nombres y palabras realmente sirvan para definir a una persona, por eso, sólo diré que soy un ser humano y sentí la necesidad de contarles mi historia. Contarla a todos y especialmente a ti, Luisa.

Mis madres lesbianas me programaron para que fuera una bebé de la nueva era, como si eso les asegurará el éxito en su relación homosexual y fuera el símbolo del inicio de una vida nueva, así que estuvieron muy decepcionadas por mi decisión de nacer justo un minuto antes del inicio del año 2000. Mi nacimiento adelantado no sólo arruinó sus planes de sentirse autorrealizadas por conseguir un nuevo comienzo, familia y vida nueva, todo en un sólo día; sino también arruinó su amor, mi infancia y por ende, terminé arruinando la vida de Luisa. Por cierto, si lees esto, créeme, no fue intencional. Aquí tienes la historia que nunca te conté y la cual explica mi personalidad y responde a muchas de tus últimas preguntas. Recibí tu carta y no tuve el valor de responderte personalmente porque era muy directo. Hacerlo implicaba demasiada confrontación para mí y ya sabes que no me gusta el conflicto, mejor, decidí escribirte esta breve historia.

El sentimiento de fracaso de mi nacimiento era tan grande que mis madres nunca lo superaron. Era suyo, pero también era mío porque nunca me perdonaron. Sus familias les voltearon la espalda al enterarse que sus hijas educadas en el colegio suizo con “valores” y “modales”, eran lesbianas. Al parecer, mis cuatro abuelos eran amigos de toda la vida, venían de familias bien acomodadas y lograron establecer sus propias “buenas” familias. Sus hijas se conocieron a los cinco años y, primero, como todos, fueron amigas. De pequeñas iban a ballet, a música y a pintura juntas; de adolescentes se acompañaban a las reuniones de socialité a las que asistían en busca de marido, al cual, evidentemente, nunca encontraron. Estaban enamoradas y hasta Amaya, la nana, lo sabía. Su amor era evidente para todos, excepto para mis abuelos. Aunque tengo la teoría de que lo sabían, lo sentían, lo veían y lo olían (porque sí, el amor huele) pero no daban crédito a sus sentidos.

A los 20 años, ambas señoritas tomaron todo el valor y el coraje que tenían en sus entrañas y les comunicaron a sus familias la temida y evidente noticia. Recibirla y enfrentarla fue demasiada humillación para mis abuelos, por lo que lo más prudente para ellos fue literalmente desconocer a sus propias hijas. La versión que justificó su desaparición ante los ojos de las familias amigas y vecinas de la colonia Del Valle fue que las mandaron a Europa y murieron trágicamente en un accidente aéreo. Lo sé, al parecer mis abuelos no eran los genios del engaño. El desconocimiento y el rechazo de sus familias, aunado a mi nacimiento un minuto adelantado, arruinó los cumpleaños número 21 de mis madres y la forma en que se encargaron de hacérmelo saber fue abandonándome emocionalmente. Fácil y rápido. Crecí sola, nunca celebré un cumpleaños y, por obvias razones, nunca tuve una hermana o un hermano. Fui una niña rebelde y estuve en aproximadamente seis escuelas distintas, desde el  kínder hasta la preparatoria. Experimenté con mi sexualidad y recorrí la ciudad, sola, acompañada, tomada y en ocasiones hasta fumada. Durante mi adolescencia, hice de todo con tal de llamar su atención, sin embargo, nunca lo conseguí.

No tuve tíos, ni abuelos, ni primos, y las únicas visitas en mi casa eran algunos amigos de mi madre Elisa, quienes ocasionalmente la visitaban y siempre se iban antes de que llegara mi madre Lucía. Me gustaba pensar que se iban porque ya oscurecía y vivían lejos, aunque conforme fui creciendo, comencé a percibir un aroma extraño cada vez que alguno de ellos venía. No era que ellos emanaran un aroma desagradable, simplemente era que nuestro pequeño departamento adquiría un olor desconocido para mí cada vez que acudían. Toda mi adolescencia pensé que Lucía no sabía de la existencia de aquellos visitantes vespertinos y ocasionales, pero el día que mis madres discutieron para después partir a Buenos Aires y a Guanajuato respectivamente, me enteré de que ella lo supo todo el tiempo.

Aún recuerdo todos los detalles de ese día: llovía en toda la ciudad, desde Observatorio hasta los límites de Tlalpan; el cielo rugía cual león enjaulado y hambriento; yo llegaba de un concierto de música alternativa y, por primera vez, regresaba temprano a casa. Ese día estaba muy cansada y encima de todo, al salir del concierto, comencé a sentir un poco de náuseas; pensé que, en definitiva, no quería vomitar en público y entonces decidí regresarme en taxi.  Cuando llegamos a la Alberca Olímpica, yo ya no aguantaba las náuseas, así que busqué rápidamente las llaves en mi bolsa y tan pronto como vislumbré mi edificio, le pagué al taxista. Me bajé en un solo movimiento y subí corriendo las escaleras. Al llegar al cuarto piso percibí un penetrante aroma a odio combinado con enojo, era tan desagradable como el olor de una coladera abierta que tuve que cubrir mi nariz.

Lucía y Elisa discutían, gritaban, lloraban, maldecían y odiaban, tanto que sus lágrimas ya habían mojado la duela.  Entré y cerré mis oídos, porque mis ojos no querían ni podían cerrarse. Elisa gritaba que Lucía y yo jamás la habíamos comprendido. Yo no entendía lo que ella decía; nunca tuvimos una relación, así que, ¿por qué habría de comprenderla? ¿Acaso ella me había comprendido algún día? ¿Se había acercado a mí? ¿Sabía cuándo había sido mi primer periodo o quién había sido mi primer amor? ¿Sabía que yo no quería ser abogada sino actriz?  Mi cerebro le ordenaba a mis oídos y a mis labios que permanecieran cerrados, pero algo se apoderó de mí y no pude contenerme. Grité, estallé, lloré y después de desahogarme, finalmente pregunté qué hacía mi maleta magenta en la cocina. Lucía dijo que no sabía de qué estaba hablando, le molestó mi absurda pregunta.

— ¿Cómo es que en medio de una discusión importante lo único que te importe sea tu estúpida maleta? — dijo. Elisa se quedó callada, su mirada era justo la que yo tenía el día que dejé la llave del departamento de Luisa en la tarja de su cocina. 

Al ver su mirada, supe que se iba, lo olí. Era un olor tan penetrante y desagradable que me dejó un vacío en el estómago. Sentí náuseas y corrí al baño; mi vómito sabía a cerveza revuelta con cacahuates japoneses. ­Qué curioso— pensé; — en uno de los momentos más cruciales de mi vida, mi único deseo es no haber comido esos malditos cacahuates. — De pronto, el sonido desapareció y ya no escuché nada. En mi mente confundida sonaba Soda Stereo con Cuando pase el temblor, la misma canción que sonaba cuando Luisa y yo nos conocimos. Mientras tanto, Lucía y Elisa gritaban, juraban que nunca se volverían a ver y yo sólo vomitaba. Salí del baño y ya no estaban ellas ni mi maleta magenta. En ese momento lo supe, se habían ido.

Ahora que pienso en mi infancia, creo que nunca aprendí a querer; nunca aprendí a sentirme querida y mucho menos a estar en compañía de alguien. Jamás supe cómo se sentía ser protegida por alguien, deseada o amada. Afortunadamente cuando conocí a Luisa, eso cambió, pero fue aterrador. Desear la presencia de alguien, sentir felicidad al estar acompañada de otra persona y sentir ganas de pasar con ella mi vida entera fue demasiado para mí. ¿Y si un día Luisa decidía irse a Guanajuato buscando el perdón de la familia que no la aceptó cuando era joven? ¿Y si un día decidía partir a Buenos Aires, no a la colonia, sino a Buenos Aires, Argentina en busca de la amante que habría dejado ir por mí? No lo resistiría. Por eso, decidí alejarme. La decisión más difícil de mi vida fue irme, no a Celaya, no a la colonia Buenos Aires y mucho menos a la tierra del chorizo argentino, sino a buscar respuestas ahora que no me queda mucho que perder. Lucía y Elisa eligieron el 31 de diciembre del 2019 para morir, aun cuando estaban separadas por miles de kilómetros de distancia, por lo que mamás ya no tengo.

Algunos días después de su muerte, encontré una caja azul cuyo contenido eran cientos de cheques. Todos estaban firmados por un hombre quien al parecer pagó por mi educación durante toda mi vida y quien probablemente sea mi papá. La historia que mis madres me contaron sobre mi procreación fue que un día en una reunión con amigos, Lucía comentó que Elisa y ella ya querían tener un hijo y, de acuerdo con su versión de la historia, no faltó quien inmediatamente se ofreciera a ayudarles. Ellas accedieron, pero finalmente no supieron de quién fue el esperma ganador. Cuando cumplí 15 años pedí una prueba de paternidad como regalo, pero en cambio, solo recibí el permiso para tener una pijamada en casa. Siempre había sentido mucha curiosidad por conocer la identidad de mi padre. Durante muchos años anhelé ver su nariz, sus ojos, sus manos y sus piernas para saber si mis ojos grises venían de su familia, si mi nariz ancha se parecía a la de él y si mis manos grandes o mis piernas largas eran similares a las suyas; pero nunca me había sentido lo suficientemente valiente como para hacerlo.

Hoy siento que tengo la valentía necesaria para buscarlo y encontrarlo, para verle, hablarle y también para abrazarle. Me siento lista para conocerlo y eso es gracias a Luisa, a su cariño, a su calor y a su desmedido y sincero amor. 

Decidí hacerlo porque, gracias a ella, sé que merezco amor y que existen personas a quienes les importo. No obstante, también sé que la llave abandonada en la tarja de su oscura cocina gris probablemente haya hecho que Luisa me deje de querer. Aun así, sé que hubo días en los que le importé, en los que me amó y yo elijo firmemente quedarme con el recuerdo de esos días. 

Luisa, gracias por haberme regalado esos grandiosos e interminables días porque sin ellos no habría querido descubrir qué se siente tener una familia; pienso que no quiero formar una hasta no saber qué se siente pertenecer a una.  No es nada personal; contigo pasó el temblor y te lo agradezco, pero no te voy a pedir perdón por irme y tampoco voy a prometerte que volveré porque no sé si será así. Te explico mi vida porque eres parte de ella. Siempre creí que olías raro y no sabía a qué, tu olor era rico, penetrante y emocionante, juro que nunca había olido algo similar y creo que por eso me costó tanto trabajo descifrar tu aroma. Ahora lo sé, Luisa, tú hueles a amor.


Luisa no es una persona, es una metáfora.  Luisa es la narradora y, al mismo tiempo , la destinataria de la redacción. Todos tenemos una  Luisa en nuestro interior, tal vez se llame Luz, Paola, Paulina, Valeria, Frida, Jairo, Anette, Carlos, Mario, Karen, Uriel, Evelyn, Alejandra, Enrique o Lesly, pero es importante conocerles porque Luisa somos nosotras y nosotros. Luisa huele a amor propio,  huele al sentimiento que nos empodera, nos llena y nos alimenta, y por eso es difícil identificar su aroma, porque nos cuesta querernos. El hecho de que la narradora “abandone” de cierta forma a Luisa, tampoco es literal. No es que se deje de querer a sí misma; al contrario, significa que encuentra en el amor propio la fuerza para salir a buscar las respuestas que tanto anhela tener. Significa que lo usa para poder encontrarse a sí misma.

Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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