El lugar donde habita el amor

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Por Estefanía Cervantes

Para mis abuelos, quienes me han enseñado que el amor es infinito.

La casa está en silencio. Son las 10 de la mañana y el ajetreo que solía escucharse se ha transformado en una tranquilidad entre dos personas que han compartido décadas de sus vidas. Siempre que pienso en ese lugar, siento su frescura y su frío, a pesar de todo el amor que habita en ella.

Tengo muchos recuerdos ahí. Reuniones de familia, momentos felices y otros no tanto. Miles de lágrimas derramadas. Un montón de abrazos. Melodías cantadas de forma desafinada. Palabras de aliento y amor. Un amor que ha envejecido, pero que de alguna forma sigue intacto.

Ese lugar protege a dos seres con canas visibles y arrugas hermosas. Tienen la memoria más lúcida que conozco. Él, se sienta con cara seria, cruza sus cansadas manos y empieza a narrar aventuras y personajes de su vida. Sus recuerdos en ese pueblo al sur del país, donde nació, alejado de una gran ciudad, donde alguna vez vi el cielo tan estrellado que no quería dejar de admirar. Sus viajes y el esfuerzo que hizo por proteger lo que amaba, lo que ama. Él, con su jardín tan precioso y envidiable, donde las plantas florecen y crecen, y no paran de hacerlo. Ese jardín donde me enamoré de la naturaleza, tan pequeñito, pero que de niña me parecía una tierra por descubrir, llena de formas y colores, tan repleta de vida diminuta. El lugar que no quisiera que desapareciera jamás.

Y ella lo acompaña siempre. Con su alma generosa y todo el tiempo preocupándose por el otro. Ella, con su pequeña cocina, donde los sabores y olores son un deleite; un espacio para reunir todo ese amor y tener miles de pretextos para comer ese manjar de sus tierras originarias. Esa cocina que, aunque ella no está ausente, extraña sus habilidades y su paciencia por lograr platillos deliciosos, los cuales se van difuminando con el horrible paso del tiempo. Ella, con sus miles de tareas para aquel que tiene la osadía de decir “no tengo nada qué hacer”. “Lleva esto”, “trae aquello” y otras tantas. Pero, a veces siento que nada es lo suficiente como para devolverle un poco de su tolerancia y amor que tan desinteresadamente regaló. Con sus manos adoloridas, su carácter aún firme y sus “te quiero mucho”, esos que nunca se me borrarán del corazón.

Algún día, todo se irá. Las plantas ya no florecerán, la cocina ya no se llenará de amor en forma de comida, ninguna historia será contada de nuevo. Pero ese amor, aquel que se siente en aquella casa donde el verano no pasa como en el exterior, perdurará. Estoy segura de que así será, porque no dejaré que se desvanezca jamás.

“La belleza de una flor proviene de sus raíces”. Ralph Waldo Emerson


Estefanía Cervantes

Comunicóloga en proceso por la UNAM. Está decidida a ser periodista. Le interesa desarrollar temas de seguridad y derechos humanos. Ama la investigación, la fotografía, mirar las estrellas y el buen vino. Su sueño más loco es convertirse en documentalista. Siempre lleva un libro en la bolsa. Adora que sus amigos le pidan recomendaciones de cine y música. Tiene un gato llamado Magnus.

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