Luisa manda dos cartas

Creación Literaria
Relato

Este relato es la segunda parte del cuento El olor del amor y es una publicación quincenal.

Por Ximena Tercero

La muerte de mis madres me dejó muchas preguntas y pocas respuestas. Después del largo camino que tuve que recorrer para quererme a mí misma y lograr conectar conmigo, me abracé y luego de definir mis sueños, decidí hacer algo para alcanzarlos. Sin embargo, me atormentaba la idea de la latente posibilidad de descubrir la identidad de mi padre. El sueño se me iba, mi apetito desaparecía y ya nada me llenaba. Los días transcurrían sin novedad alguna mientras que las noches, por su parte, eran eternas, oscuras y completamente silenciosas.

Anteriormente siempre había disfrutado del silencio, sin embargo, eso cambió cuando al caer la noche, las voces de Elisa y Lucía llegaban a mi cabeza para hablarme y no dejarme dormir. A pesar de que estaban muertas, ellas se resistían a salir de mis pensamientos y me atormentaban hablando. Contrario a lo que hubiera esperado, en sus eternos discursos nocturnos no me decían palabras amorosas ni me daban saludos afectuosos, sólo me hacían dudar de mí, de mis capacidades y del amor propio que yo decía haber encontrado. ¿Y si tenían razón? ¿Y si aún no me quería?

No obstante, todos los días, al llegar el amanecer, me miraba al espejo y me convencía de que ellas ya no estaban para juzgarme y mucho menos para detenerme. Los días transcurrieron, y justamente como le pasó a Shakira, un día de enero entendí que yo (no más que nadie), merecía ser feliz.  Hice mis planes y en esa ocasión ya no escribí cartas para mí. En cambio, escribí cartas para mi papá y para mis pseudoabuelos, los padres de Elisa y Lucía.

Fue tan difícil encontrar las direcciones a las que tendría que enviar dicha correspondencia, que estuve a punto de desistir. Pensé que tal vez terminaría escribiéndolas con el único fin de guardarlas en uno de los diminutos cajones de mi antiguo y desaliñado buró. Pero, aproximadamente setenta y dos horas de búsqueda después, decidí pensar qué haría yo si fuera Elisa. Me detuve unos minutos frente a la puerta de su habitación a preguntarme en dónde las habría guardado yo si fuera tan precavida y organizada como ella. Finalmente, pasados cinco minutos, hallé ambas direcciones. 

Primero encontré la dirección de quien sospecho es mi papá; estaba traspapelada en un sobre que guardaba todas mis boletas escolares desde kínder hasta preparatoria y estaba escrita a mano con una caligrafía distinta a la de mis madres, era de Veracruz. Después, en medio del desorden de las gavetas de la alacena, justo debajo de un frasco de sal con ajo, descubrí un pequeño papel que con letras casi ilegibles, tenía escrita una dirección de Celaya. Nunca supe si tenían más amigos o conocidos allá, así que, aunque dudé que esa fuera la dirección que yo estaba buscando, pensé que no tenía absolutamente nada que perder, pues el servicio de mensajería por Correos de México era barato y, en la medida de lo posible, eficiente. Además, ni siquiera estaba convencida de querer comunicarme con las personas que jamás se habían preocupado por mí, su nieta, por lo que en realidad no tenía prisa alguna para que recibieran mi mensaje.

Tomé un respiro, busqué papel, algunas plumas y me senté en la mesa de la cocina con la única convicción de tener un momento de catarsis emocional. Fue un proceso muy tardado ya que no fue sino hasta después de pensar y no pensar, de observar la hoja limpia hasta que la percibí casi transparente, de llorar frente a la alacena, frente a la ventana y frente a la regadera, que comencé a escribir. Hice diez borradores de la carta con destino a Veracruz y tan sólo uno de la carta con destino a Celaya, porque es muy distinto escribirle a quien crees importarle que a quien crees que tu existencia le es indiferente. Escribí durante seis horas y no me detuve más que para secar mis lágrimas. Cuando acabé, no quise firmar la de mis pseudoabuelos porque pensé que, con tan sólo leer la primera línea, ellos debían saber quién les escribía. Sin embargo, la carta cuyo destinatario residía en Veracruz, la firmé con la pluma más fina que tenía en mi casa y me aseguré de escribir con mi mejor caligrafía, principalmente porque creo firmemente que las primeras impresiones lo son todo, ¿o no?

Escribir y terminar las diferentes cartas fue difícil, pero entrar a la oficina postal, comprar timbres y finalmente decidirme a enviarlas, lo fue aún más. Al llegar, saludé al policía de la entrada, me acerqué al mostrador y temerosamente le pregunté al encargado por los costos de envío. Pregunté por todo, desde el procedimiento para enviar una carta a mi vecina de seis cuadras, hasta el procedimiento para enviar muebles a Australia. Por supuesto que no tenía pensado mandar ningún tipo de mueble a Australia, pero preguntar al respecto me entretenía para postergar el envío de mis cartas.

Después de contestar amablemente todas mis preguntas, el señor me preguntó, ya un poco desesperado,si tenía algún paquete para enviar en ese momento; sonreí, busqué los sobres azules en el fondo de mi mochila y fingí sorpresa al encontrarlos. Posteriormente, sin decir absolutamente nada, me señaló un cartel morado que detalladamente explicaba el orden en que tenía que escribir los datos del remitente y del destinatario en los sobres, y luego se disculpó para ir al baño. No recuerdo cuánto tiempo tardó en regresar o si en verdad habría ido al sanitario, sin embargo, le agradezco que me diera ese tiempo a solas para poder debatir, por una última vez, entre enviar mis cartas o no.

Cuando él regresó, yo ya estaba lista para enviar mi correspondencia, así que rápidamente pagué mis timbres postales y salí corriendo del lugar. Sentí que me faltaba el aire y que algunas lágrimas recorrían mis mejillas; caminé a mi casa y me encerré por el resto de la tarde a recordar con exactitud las líneas de esas cartas.

No pude recordar más que la primera línea de la carta para mis pseudoabuelos, la cual, literalmente, fue: “Me cuesta trabajo creer que sean tan homofóbicos que nunca hayan querido conocer a su única nieta”. Sin embargo, la carta que escribí para quien posiblemente sea mi papá, fue así:

“Alejandro:

Hola, soy yo, Luisa. Estoy muy nerviosa por estar escribiéndote por fin. No tengo idea de cómo referirme a ti, ¿señor Alejandro? ¿Papá? ¿Estimado posible papá? No estoy segura de que sea una buena idea contactarte porque no sé si tu tienes todas las respuestas que estoy buscando, pero al menos hacerlo es el comienzo del camino a encontrarlas.

Como te podrás imaginar, la muerte de Elisa y Lucía me dejo muy confundida, sin embargo, ya no estoy deprimida. A pesar de que ya ha pasado casi un mes de que recibí la terrible noticia, sigo sin poder entender cómo es que, a pesar de los miles de kilómetros que las separaban, ambas murieron el mismo día y a la misma hora. Honestamente, me atrevería a decir que fue un acto de brujería porque es una locura que los resultados de las respectivas autopsias sugieren una muerte natural para ambas, pues, aunque Elisa fumaba ocasionalmente, Lucía jamás encendió un cigarro o bebió alcohol en mi presencia, por lo que me consta que eran personas saludables.

En fin, espero que su partida no te haya afectado de sobremanera; entiendo si aún estás de luto, pero necesito preguntarte demasiadas cosas. No sé si quieras (o puedas) contestar todas mis preguntas; no obstante, espero que entiendas que debido a que mi vida ha estado llena de trágicos y desafortunados eventos, me gustaría que me las respondieras.

Sin más preámbulo, quiero dejarme de rodeos e ir, como coloquialmente diría Lucía, “primero a lo primero”. Imagina que, como yo, tienes dos mamás, pero ningún papá, tío, primo o abuelo. Piensa que tu infancia es oscura, pero que al llegar al sexto de primaria, aprendes, finalmente, que los bebés no llegan al mundo en el saco de una cigüeña. Supón que día y noche preguntas a tus madres por tu origen y que ellas te cuentan una historia en la que después de una orgía ya no supieron quién las embarazó, por lo que la identidad de tu padre permanece desconocida para ti. Piensa que, al cumplir 15 años, les pides estudios de ADN, te los niegan y después de algún tiempo, ambas te abandonan. Imagina que algunos meses después de su partida, ambas mueren y días después encuentras una caja con cheques que han pagado por toda tu educación, firmados por un señor que ni siquiera conoces. Dime, ¿no estarías totalmente confundido, Alejandro? ¿No te gustaría saber si la persona que ha pagado tus estudios es tu papá?

Por eso, te pido que me digas la verdad. ¿Soy o no soy tu hija?, ¿por qué, si has pagado por mi educación durante toda mi vida, nunca has querido conocerme? También quiero saber cuál era la relación que llevabas con Elisa y Lucía, cómo se conocieron y si es cierto que fui concebida como ellas me contaron.

Finalmente, te agradezco profundamente por haberme brindado la oportunidad de estudiar en escuelas que tal vez fueron difíciles de pagar. Gracias porque a pesar de no conocerme, creo que siempre has querido lo mejor para mí. Espero que entiendas que esta situación es muy confusa para mí, por lo que no puedo escribir una carta más efusiva o cariñosa (perdón si eso es lo que esperabas).

Escribe pronto, por favor.

L.”

Hoy, después de haber dormido durante 13 horas seguidas, estoy ansiosa por saber qué pasará ahora que las envié.

Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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