Luisa, no todo es lo que parece

Creación Literaria
Relato
Créditos de la imagen: Ximena Tercero

Este relato es la tercera parte del cuento El olor del amor y es una publicación quincenal.

Por Ximena Tercero

El timbre de mi pequeño departamento tardó casi 12 días en sonar, y durante ese tiempo no me atreví a poner un solo pie en la calle porque sentía que todos mis vecinos sabían lo que había hecho. Pensaba que al salir, todos se burlarían de mí por ser la huérfana rechazada no sólo por sus madres, sino por sus abuelos y también por su padre. ¿En qué demonios estaba pensando al mandarles las cartas? ¿De verdad creía que mis abuelos, quienes habían preferido desconocer a sus hijas homosexuales antes de aceptarlas, responderían una carta de su única nieta?

Me sentía completamente ilusa y humillada, hasta que el primer lunes de febrero, mientras me tostaba un pan con mantequilla, escuché el ya oxidado timbre de mi edificio. Salí corriendo del departamento en el que crecí, bajé las escaleras brincando los peldaños de dos en dos, abrí la puerta del edificio y tan pronto como vi a un motociclista de correos de México, sentí que mis ojos se humedecían con pesadas lágrimas.

En el momento en que el cartero me entregó un sobre azul acompañado de uno marrón, empecé a percibir un ligero aroma a tristeza combinado con algo que se quemaba. No sabía de cuál de los dos sobres emanaba, así que subí corriendo las escaleras y justo en el instante en el que entré al departamento, me percaté de que el aroma a quemado venía del pan que había dejado tostando mientras bajé a recibir la correspondencia. Apagué la estufa, abrí la ventana para que el fuerte aroma saliera; y en cuanto la cafetera emitió el habitual sonido con el que me indicaba que mi café estaba listo, me senté en la misma mesa en donde algunos días antes había escrito y, sobre todo, llorado, totalmente dispuesta a leer el contenido de ambos sobres.

No sabía cuál quería leer primero, pero me regí por el principio de vida de Elisa, quien siempre decía: “Las malas noticias primero, las buenas (si las hay), luego”, así que elegí comenzar con la carta del sobre azul, cuyo remitente era María del Rosario Villagrán, con domicilio en Celaya. Antes de abrirla, admiré la caligrafía antigua del sobre durante dos minutos e inmediatamente identifiqué de quién había heredado Lucía la letra cursiva. Respiré profundo, saqué el contenido del sobre y me ofendí al ver un fajo de billetes acompañado de una larga carta. Volví a respirar y comencé a leer:

“Luisa:

Tu carta me ha destruido; me has hecho llorar, gritar y, más que nada, odiar(me). No sabía que tenía una nieta, que tu madre y Elisa habían muerto y, peor aún, que lo habían hecho separadas. Imagina mi sorpresa al enterarme que mi única nieta (de quien desconocía su existencia) fue abandonada por mi única hija y su esposa, quienes ahora están muertas. Igualmente, imagina mi enojo al reflexionar que fue gracias a la estupidez humana, a mi estupidez, que no estuve presente en sus vidas desde hace más veinte años y, por lo tanto, jamás me enteré de nada.

Querida, quisiera saber cómo empezar esta carta, pero sé que no hay justificación alguna para lo que te hicimos, al igual que ninguna de las palabras que yo te diga o escriba borrarán el daño y el sufrimiento que te causamos; es imposible, lo sé, ya me detesto por eso. Pero, Luisa, tienes que saber que no todo es lo que parece.

Estoy segura de que ya sabes la historia completa porque a Lucía, mi niña, jamás le gustó guardar secretos; sé que no agregó ningún detalle y que no nos hizo parecer peores personas de lo que ya somos, a tus supuestos abuelos y a mí, así que, aunque me avergüenza admitirlo, así fue. Desconocimos a nuestras hijas, las abandonamos y luego huimos, como si no hubiéramos cometido un crimen contra nuestra sangre y como si el hecho de decirnos religiosos nos fuera a eximir de nuestros actos y nos hiciera automáticamente buenas personas. Reconozco que saber que yo nunca estuve de acuerdo te parecerá una muy mala mentira, sin embargo, es cierto.

Mi (afortunadamente) difunto esposo, a quien no me voy a atrever a referirme como tu abuelo, fue la peor persona que pude haber conocido y yo al casarme con él y aguantarlo durante más de cuarenta años, fui la tonta más grande que ha existido. Él era todo lo que estoy segura que aborreces en la vida, un hombre machista, misógino, violento, además de un abusador económico y sexual; por eso, considero que fuiste afortunada de no tenerlo en tu vida. Su machismo, su estupidez y su absurda obsesión por aparentar ser alguien quien claramente no era, lo hizo no sólo obligarme a desconocer a mi Lucía, sino también amenazarme durante todo lo que le quedaba de vida, para no buscar tampoco a Elisa. Ese horrible hombre murió hace un año y, aunque su muerte me ayudó a sentirme un poco liberada, aún necesitaba saber algo de mi hija.

Las horas después de su muerte, en lugar de llorarle, rezarle o preocuparme por sepultarlo, me dediqué a buscar entre todas sus asquerosas pertenencias el papel que yo sabía que en algún momento había conseguido con la dirección de mi Lucía. Después de una interminable búsqueda, lo encontré e inmediatamente escribí una carta a mi hija. En esta, le pedí perdón por haberla abandonado y por haberme querido tan poco durante tantos años, que dejé que su padre manipulara y controlara mi vida. En ese momento no se lo conté como una queja y mucho menos como una justificación, por lo que ahorita tampoco te lo cuento con el fin de que me compadezcas porque supongo que tú me detestarás, al igual que tu mamá, si me atrevo a quejarme de lo que yo durante muchos años permití y toleré. Mi intención fue simplemente contárselo, igual que a ti en este momento, a modo de explicación y lamentablemente, ahora jamás sabré si ella pudo perdonarme. Asimismo, después de disculparme en aproximadamente cinco cuartillas, le pedí que me contara qué había sido de su vida. De verdad quería saber si tenía novia o esposa, si sabía algo de Elisa (porque asumí, ilusamente, que habrían terminado), si tenía hijos y, sobre todo, si era feliz.

Recuerdo que después de enviarla, lloré durante una semana entera, y a la siguiente semana acudí diario a la oficina postal a preguntar esperanzadamente si había alguna carta para María del Rosario. Ya para el miércoles, la pena que la encargada del mostrador sentía por mí se hizo evidente, porque incluso ofreció tomar mi número y llamarme tan pronto como cualquier paquete a mi nombre llegara a sus manos. Nunca llamó.

Apenas hace dos meses dudé de la eficacia del servicio postal y pensé que si no había recibido ningún paquete en mi domicilio habría sido porque, seguramente, el cartero no me había encontrado en casa o porque se había perdido entre las empedradas calles de Celaya, así que fui y pregunté de nuevo. Ante la negativa, entendí que tu mamá nunca contestó y, por supuesto, no la culpo porque en su lugar, yo tampoco habría contestado.

Luisa, perdón. Lamento profundamente no haber estado para ti; imagino que tu vida ha sido muy dolorosa y me siento culpable por ello. Yo, junto con otras tres personas, arruiné la vida de mi hija y por ende, también la tuya. Ahora es aterrador pensar en todo lo que has sufrido y has tenido que enfrentar tú sola, sin ningún familiar a tu lado.

Me rompe el corazón pensar que creciste sola, que no conociste más familia que tus mamás y que pudiste haber sentido que no merecías el amor de unos abuelos, de unos tíos o de unos primos. Es absolutamente deprimente pensar que jamás tuviste la oportunidad de contarle tus problemas a un abuelo o una abuela, que nunca tuviste una tía alcahueta o que jamás recibiste mimos y abrazos de abuelos cariñosos. Daría lo que fuera para poder regresar el tiempo y entonces luchar por ti y por mi hija. No obstante, ahora que el daño está hecho, sólo me queda asegurarte que no sabía que Elisa y Lucía habían tenido una hija y, por eso, lamento informarte que como te podrás imaginar, tampoco sé quién podría ser tu papá. Tus mamás tenían muchos amigos, pero como yo sabía que mi niña estaba enamorada de Elisa, nunca le di importancia a ninguno de sus pretendientes.

Ahora que lo pienso, hubo una ocasión en la que un muchacho le regaló unas flores y, a diferencia de las que otros le regalaban, esas las puso en un florero; pero no sé si haya sido porque le gustaron o porque le gustaba quien se las dio. No tengo idea y, honestamente, a mí eso no es lo que me preocupa ahora que sé que existes. Quiero saber todo de ti. ¿Cuántos años tienes? Asumo, por la madurez de tus palabras, que probablemente tienes veinte años, pero corrígeme si me equivoco. ¿A cuál de tus mamás te pareces más? La forma en que hablas de Lucía me hace pensar que ella fue quien llevó el embarazo, aunque también pudo haber sido Elisa; si no te molesta decirme, me encantaría saber, por mera curiosidad. Por favor, no creas que eso hará que te considere o no mi nieta. ¿Qué estás estudiando? ¿Cómo te mantienes? ¿Trabajas? ¿Tienes novia o novio?  Si no te incomoda, cuéntame de ti.

Me imagino tu rostro, tu sonrisa, tus ojos, tus manos y tus brazos, ¿tienes alguna foto tuya que me puedas obsequiar?

Luisa, gracias por escribirme. Entiendo que esta carta puede ser demasiado abrumadora y comprenderé si te sientes indispuesta a contestarle a esta ridícula anciana con la que, desafortunadamente, jamás habías entablado conversación alguna. Aunque, he de confesar que recibir una respuesta tuya no sólo me alegraría la tarde, la mañana o la noche, sino la vida. No te sientas presionada, esperaré.

Posdata: Estoy realmente preocupada por tu situación económica, así que a pesar de saber que el dinero no compensa la falta de atención, de cariño y, mucho menos, la de una familia, te mando unos pequeños ahorros que tenía. Espero te sirvan.

Ma. Del Rosario Villagrán Cortés”.

Cuando terminé de leer las palabras de María del Rosario me sentí agotada de tanto llorar, confundida por lo que acababa de leer e incluso enojada con la vida, porque jamás imaginé que el universo fuera capaz de conspirar casi completamente en mi contra. Tomé la carta y observé, una vez más, sus más de mil palabras y, finalmente, decidí no creer una sola de ellas. Estuve tentada a tirar el sobre con todo y dinero en el bote de basura de la cocina, pero decidí irme a dormir.

Al despertar, me sentía tan confundida por todo lo que había leído, que dudé en abrir el otro sobre. Después de media hora, decidí leer la carta de Alejandro. Sin embargo, al tomar el sobre marrón en mis manos, observé el nombre del remitente y no era de un hombre, sino de una mujer. Me paralicé y en lugar de abrir apresuradamente el sobre, lo metí a la alacena, lo puse debajo de un frasco de sal con ajo y salí a caminar.

Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

2 comentarios en “Luisa, no todo es lo que parece

  1. Es un excelente texto, la verdad me hizo sacar más de una lagrima. Muchas felicidades a la autora estoy seguro que será una gran escritora. Estoy ansioso por leer el siguiente capitulo.

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