Sobre el duelo y el adiós

Reflexiones
Mi padre saludando a la cámara en uno de los últimos viajes que hicimos juntos. (Créditos de la imagen: Estefanía Cervantes)

Por Estefanía Cervantes

“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan”.

-Isabel Allende

Recibí esa llamada a las 6 pm. Por un par de minutos -que parecieron eternos- mi mente no podía asimilar la noticia que acababa de recibir. Quería gritar y lo hice; quería llorar, pero las lágrimas no salían. Me dolió cada parte de mi cuerpo y por momentos no me sentía presente. “Tu papá acaba de fallecer”, fueron palabras que tardé en comprender. 

Todavía no entiendo cómo aguanté los días siguientes. Escuchar tantas palabras de consuelo, los abrazos y el cariño recibido me permitieron soportar un poco lo que estaba sucediendo. Tener que avisar a quienes lo conocían y no sabían aún sobre su partida -debido a lo repentino que fue todo- me hizo convertirme en un robot, un algo que repetía automáticamente la noticia; escuchar algún llanto o recibir un mensaje con palabras de condolencia y de apoyo se convirtieron en algo extra corporal, como si yo de repente dejara de sentir todo ese dolor, como si yo también me hubiera ido. Repetir una y otra vez la misma frase no ayudó a que mi mente por fin entendiera que jamás volvería a ver a mi padre, sino que simplemente me ausentó del mundo. 

Había gente a mi alrededor que yo creía que necesitaría de mi entereza en ese momento, de que no me tirara en la cama por días sin querer salir. No sucedió así porque fuera mi responsabilidad -yo misma lo convertí en ello-, sino porque sentía que mi dolor no era de tal magnitud comparado al de los demás y, por lo tanto, debía ser la fuerte (también puedo decir que fue gracias a mi personalidad). Ahora que lo pienso, en esos días me convertí en un algo de piedra; me obligaba a no llorar frente a los demás porque “debía seguir adelante” y esa pérdida era, al final, “parte de la vida”.

Pero pasaron los meses y el dolor no mitigaba. Al contrario, era cada vez más fuerte y mi culpa crecía conforme pasaba el tiempo. A menudo me preguntaba: “¿Por qué no pude haber hecho algo? ¿Por qué no pude estar a su lado y decirle ‘te amo’ una vez más?”. Contrario a lo que me había sucedido días después de que se marchara, mi llanto se volvió irreprimible. Lloraba en el transporte, lloraba en las madrugadas, lloraba mientras cocinaba -y esta actividad en particular se volvió dolorosa porque era lo que él amaba hacer-. Algunas personas me sostuvieron, aunque claramente no era su obligación (pero por supuesto que lo agradecí y lo agradezco), mientras otras se alejaron. Estar a mi alrededor era como entrar en la niebla y no saber lo que te espera al otro lado. Mi inestabilidad emocional ya era incontenible.

Después, tuve que hacer un viaje a su lugar favorito, un paraíso junto al mar. Era difícil pensar en eso porque yo tenía la responsabilidad de poner todos sus asuntos en orden -aprendí la importancia de esa charla que nadie quiere escuchar: testamentos, etcétera-. Fue un mes extraño, alejada de casi todos, aunque con familia a la que amo y que me protegió, pero lejos de mi madre y hermana, con ese miedo de perder a alguien más y no poder despedirme por estar tan lejos; ese miedo que ya no se fue, que llegó para quedarse y que todavía me provoca náuseas y hace que mi mente se pierda. Sin embargo, mientras estaba ahí, junto al mar que él tanto amaba, mirando el cielo tan estrellado, que me hacía sentir tan abrumada -y que me hizo pensar en todas las veces que él y yo salimos por las madrugadas a ver las estrellas-, sentí paz después de algún tiempo.

Cuando regresé a mi rutina, sabía que debía enfrentarme de nuevo al dolor, pero ahora me sentía más fuerte, más conectada de alguna forma con él. Fue más complicado porque ahora entendía por fin que él jamás sabría a qué me dedicaría profesionalmente, que no estaría para momentos como mi graduación, por ejemplo, pero ya no era un dolor emocional y físico que lograba paralizarme, sino que se volvió mi impulso. Pensar: “Esto va por ti, pa” se convirtió en mi motivación. 

El supuesto camino del duelo

Yo no conocí a mi abuelo paterno. Eso nos marcó a mi hermana y a mí durante nuestra infancia, pero gracias a mis padres es que pudimos comprender mejor de qué “va” la vida.  A lo largo de mis días, debido a la profesión de mi madre -es enfermera y estudió algunos años sobre Tanatología- he tenido contacto con el tema del que nos es tan difícil hablar. Pensar y nombrar la muerte es algo que a veces se pierde o lo borramos de nuestro vocabulario y comprendo porqué: nadie quiere reflexionar sobre la finitud de la vida, se vuelve triste pensarlo; no por algo fue o es un tema tabú en la sociedad y claro, peor aún hablar de otras cuestiones como el suicidio o la eutanasia. Nos solemos preguntar: “¿Quién querría irse así? ¿Quién querría desaparecer?”. 

Así que, debido a esa cercanía con el tema, es que yo conocía los pasos de un duelo, porque platicábamos mucho sobre ello con mi mamá. Negar, enojarte, negociar, sentirte profundamente triste o deprimida y por fin aceptar la partida del ser querido. Cuando lo pensaba, hasta parecía que leía o escuchaba sobre una receta, pero lo que casi nadie suele decir cuando habla de ello es que el duelo es continuo, que llega y se instala en la vida para dar vueltas y lo más importante, casi nunca es en ese orden. Esa fue mi experiencia, y si bien en un inicio negué su partida, puedo ser honesta y decir que de repente todavía me descubro negándolo, a pesar de que ya pasaron tres años. Incluso pienso en tomar el teléfono para hablar con él, pero la realidad me pega y me recuerda que eso es imposible. Sin embargo, ahora veo un poco más de luz y entiendo que mis sentimientos son válidos: sentirme profundamente triste por no poder desearle un feliz cumpleaños o aceptar que no lo voy a volver a abrazar, enojarme con él y conmigo por no haber aprovechado al cien nuestros momentos juntos. Son emociones que me permito sentir intensamente y que después dejo ir.

Vivir un duelo nunca será sencillo,  no es como lo pintan en la literatura o en las películas: “Y entonces vio la luz y se sintió feliz”. En esta vida ese proceso es cíclico, un día estás llena de alegría y a los siguientes hay algo que provocó que recordaras una anécdota y el llanto es incontrolable. Y eso está bien. Hasta apenas lo entendí y ahora valoro las actividades que él amaba hacer, lo que le encantaba comer, por las cosas que reía o hacía reír a los demás.

Escribo esto porque escribir se volvió mi terapia, porque creo que el mundo está cada vez más de cabeza y aunque es hermoso que la gente sea más empática con los sentimientos de los demás, hay otra parte de esas personas que siguen creyendo que sólo es necesario decirse a una misma: “Sigue adelante, no puedes seguir sufriendo”, y porque comprendí que es necesario sentir ese sufrimiento para poder andar hacia otros caminos. Escribo mi historia porque creo que es necesario hablar de lo que tanto nos cuesta hablar y entender que está bien llorar  cuando es necesario, cada que nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra alma nos lo piden. Escribo mi experiencia porque durante mucho tiempo algunas personas a mi alrededor sentían que ese tema estaba prohibido para mí, porque me traería recuerdos y me dolería hablar de ello -y claro que duele-, así que preferían no tocarlo, pero descubrí que incluso intercambiar experiencias nos ayudaba y nos hacía sentirnos mejor. Además, ahora acepto que es parte de mi historia y que si no la cuento, estoy mostrándome incompleta.

Escribo sobre el dolor que siento de no ver más a mi padre porque hablar de ese momento después de su partida y de todos los recuerdos que han regresado a mí -de mi infancia y mi extraña adolescencia e incluso un poco de mi juventud- se ha convertido en la mejor forma de honrar su memoria y de tenerlo siempre junto a mí. Y porque aunque también espero que quizás haya alguien que se sienta identificado o identificada con mis sentimientos y le ayude lo que escribo, esto me ayuda a seguir sanando.


Estefanía Cervantes

Comunicóloga en proceso por la UNAM. Está decidida a ser periodista. Le interesa desarrollar temas de seguridad y derechos humanos. Ama la investigación, la fotografía, mirar las estrellas y el buen vino. Su sueño más loco es convertirse en documentalista. Siempre lleva un libro en la bolsa. Adora que sus amigos le pidan recomendaciones de cine y música. Tiene un gato llamado Magnus.

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