Descuida, Luisa

Creación Literaria
Relato

Este relato es la cuarta y última parte del cuento El olor del amor. Agradecemos a la autora por confiar en Escritoras Universitarias para publicar sus relatos y compartir con nosotras su talento.
-Editoras de Escritoras Universitarias.

Por Ximena Tercero

Después de dos horas de caminata alrededor de mi colonia y luego de que el sol ya se había puesto, regresé a las cuatro paredes que en muchas ocasiones me habían visto reír, llorar, dudar, gritar y odiar. Las observé, memoricé cada una de sus grietas y manchas e intenté fotografiar sus colores en mi memoria. Recordé la vez que pinté la pared de la cocina con crayones verdes y, en lugar de regañarme, Elisa pintó conmigo hasta que llegó Lucía y nos regañó a las dos. 

Pensé en mis madres, en sus misteriosas vidas y en su trágico fallecimiento; recordé sus rostros, sus manos y sus largas y cuidadas cabelleras. Tuve un momento de lucidez emocional en el que ya no me sentí enojada con ellas y pensé que, tal vez, si yo no hubiera sido su hija, me hubiera llevado muy bien con ellas. Tal vez me habrían querido si sólo hubiera sido una amiga o una visita esporádica en su casa, e incluso me habrían demostrado más cariño si no hubiera nacido antes de lo que esperaban o me habrían puesto más atención si no hubieran sentido que yo había arruinado sus vidas. 

La carta de mi abuela me había dejado atónita y, más que cualquier cosa, enojada, lo suficiente como para renunciar a las palabras que tanto tiempo había anhelado recibir y para tirar aquel sobre marrón a la basura. ¿Para qué quería tantas respuestas? ¿De verdad las necesitaba? 

Me sentí hambrienta, comencé a cocinar, piqué cebolla y lo que comenzó con una pequeña y casi seca lágrima, terminó con un húmedo, amargo y casi descontrolado llanto. Ya no me sorprendía ni me molestaba llorar, por fin había entendido que ese era el primer paso para sanarme. Sabía que no tenía (literalmente) nadie a quién tuviera que demostrar mi fortaleza emocional y estaba consciente de que guardar y reprimir mis emociones no me daría la paz que yo estaba buscando. 

Sazoné la cebolla con sal y ajo, y al guardar el frasco en la gaveta de la alacena, cayó el sobre marrón que horas antes había resguardado allí. El papel era suave y rugoso al mismo tiempo y si lo mirabas de cerca se veían algunas partículas azules; la caligrafía de su remitente era fea y tosca, además de que sus timbres postales eran las fotos más feas que mis ojos habían visto. Lo puse junto a la estufa, justo al lado del quemador en el que me encontraba cocinando; la flama era arrebatadora y vibrante, tan roja y anaranjada que resemblaba perfectamente el atardecer de Puerto Marqués. Admito que no hubo un segundo en que cruzara por mi mente el peligro que representaba el fuego para mi carta y sus muy esperadas palabras; honestamente no me importó ponerla en riesgo y lo único que pensé al ver esa flama rojiza fue que pronto se acabaría el gas y que tal vez tendría que usar el dinero de Rosario. 

“¡Que hipócrita, Luisa! Primero te ofendes porque te manda dinero y luego piensas en qué podrías gastarlo. ¡No tienes descaro!”, pensé. Terminé mi huevo revuelto, pero antes de que pudiera degustar el primer bocado, sentí náuseas así que corrí al baño, vomité y luego de cinco minutos, regresé a la cocina. Comí, respiré, tomé el sobre y no resistí más. Lo abrí. 

Saqué el contenido del sobre y antes de abrirlo pensé en Rosario, me dediqué a atormentarme por aproximadamente quince minutos más. ¿Y si ella sí sabía? Pero, ¿y si no? ¿Qué importancia tenía ahora? 

La acción socialmente aceptable sería escribir en esta, mi historia, que al pensar en ella en ese momento, una brisa sopló en mi rostro, levantó delicadamente mi cabello, mientras una suave luz iluminó mis ojos y dibujó en mí una sonrisa. Sin embargo, mi historia no tiene por qué ser como los demás quieren y, honestamente, aunque no me sentí enojada al pensar en ella, si me sentí desinteresada y apática. Aún no estaba lista para perdonarla, sólo lo estaba para no atormentarme pensando en lo que podía o no haber hecho.

Finalmente, abrí el sobre. Leí una primera vez, no entendí nada; me tranquilicé y decidí leer por segunda ocasión, aunque esta vez un tanto más relajada.  

“Luisa: 

Lamento informarte que yo no soy Alejandro, soy su esposa. Sí sé quién eres, y también sé quién eres para él. 

La razón por la que él ha pagado por tu educación durante el tiempo que llevas de vida, es la que ya sabes. Sí, sí eres su hija, Luisa. Desconozco la historia de la ocasión en que fuiste concebida, pero dudo mucho que haya sido un encuentro sexual múltiple; Alejandro amaba demasiado a Lucía como para concebir a un bebé en una situación tan poco romántica. De hecho, te aseguro que fuiste concebida con mucho más amor y romanticismo que muchas de las personas que pisamos la faz de la Tierra.

Durante mis 15 años de matrimonio experimenté un matrimonio doloroso y déjame asegurarte que Alejandro y yo no éramos felices, así que no sientas celos pensando que mientras tu fuiste abandonada emocional y físicamente, nosotros vivíamos en un cuento de hadas, porque no fue así. A pesar del paso de los años, él siguió enamorado de ella y pese a que intenté de todo, no hubo nada que yo pudiera hacer para cambiar sus sentimientos. Yo nunca pude embarazarme y por eso nunca me opuse a que pagara tu educación, finalmente me daba un poco de felicidad estar casada con uno de los contados hombres de México que aunque no me amaba, por lo menos ejercía una paternidad medianamente responsable con la hija que tuvo fuera del matrimonio. Él te quería mucho, soñaba con conocerte y pasar navidades y días de reyes contigo, pero Elisa jamás se lo permitió. Supongo que la principal razón fue que ella sabía que Lucía y Alejandro seguían enamorados y aunque no se vieran, sentían que sus corazones pertenecían entre sí y que sus manos, al igual que sus almas, habían sido creadas para estar juntas. Yo también lo sabía, pero era demasiado doloroso enfrentarlo y aceptarlo. 

Asumo por tu carta que no sabías que Alejandro y Lucía huyeron juntos, así que me permito informarte. Él, al igual que ellas, murió. Su autopsia también sugiere una muerte natural y todo me parece tan extraño como a ti.

Por tu educación no te preocupes, su seguro de vida te dejó protegida y puedes estudiar lo que sea que quieras. Siempre me pareció muy raro que teniendo madres tan artísticas y creativas hubieras elegido estudiar Derecho. Si eso es en verdad lo que deseas, puedes tener la certeza de que no tendrás que preocuparte por tu colegiatura durante toda tu carrera. Por el contrario, si en realidad quieres estudiar cualquier otra cosa, puedes decirme y juntas gestionaremos el papeleo. Nada habría hecho más feliz a Alejandro, tu papá, que ayudarte a cumplir tus sueños y verte (aunque fuera de lejos) cumplirlos. 

Entiendo que leer esta carta puede resultarte terriblemente doloroso, porque tengo la impresión de que pensabas que por fin dejarías de estar sola contra el mundo y que tendrías a tu papá como un aliado. Sin embargo, no pienses que estarás sola, la verdad yo también lo estoy y creo que no hay nada mejor que dos mujeres solas, con conflictos de abandono pero con ganas de seguir vivas, se unan.  Ellos murieron amándose y me gusta pensar que por eso murieron felices. Tú sigues viva y también puedes y mereces ser feliz. 

Pdta. Aunque es muy romántico, también es muy extraño que en pleno 2020 aún mandemos cartas; si prefieres puedes llamarme al 5553-2900 o al 5553-0109. 

Cuídate y descuida, Luisa, tú no me hiciste nada”.


*Los números mencionados pertenecen al Fondo Semillas, el cual es una OSC que lucha por la igualdad de género y que brinda asesoría a mujeres que han sufrido de violencia. Puedes comunicarte al 5553-2900 o al 5553-0109 o a través de su página de internet https://semillas.org.mx/

Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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