Sueño

Creación Literaria
Relato

Por Ximena Tercero

Dormir

Desperté, abrí mis ojos en medio de la oscuridad que solamente dormir en una casa de campaña podía darme. Inhalé profundo, sentí el aire denso y volteé a la izquierda para asegurarme que ella seguía ahí. Exhalé aliviada cuando vi, aún en medio de la espesa noche, su achatada nariz de perfil. Ella no roncaba, dormía y descansaba pacíficamente, parecía un ángel; giré mi rostro a la derecha y extendí mi brazo para alcanzar mi celular. Vi la hora, apenas eran las 2:25 am y había muchas horas de la noche por delante. Sentí un nudo en la garganta cuando recordé que hace un año no podía conciliar el sueño sin mi dosis nocturna de antidepresivos, ¿y si hoy pasaba lo mismo? 

Siempre que se me iba el sueño me daba ansiedad el simple hecho de pensar que tal vez, por segunda, cuarta, quinta o enésima noche consecutiva, no podría dormir. Cerré mis ojos, me puse en posición fetal y comencé a llorar tan amargamente que hasta parecía que sí tenía un motivo para llorar. Mi cara, mi cuello y mi ropa se humedecieron con tantas lágrimas y pensé que si no bebía café inmediatamente, moriría en las próximas horas por deshidratación. Me preocupó despertarla, apreté mis labios y continué llorando. Cada lágrima que salía de mis ojos los atravesaba como un cuchillo, dolían y sangraban con aquella sustancia transparente y salina. Lloré hasta quedarme dormida y ahí comenzó el verdadero martirio. 

Durante muchas ocasiones consideré al insomnio como lo peor que me podía pasar, pero les aseguro que esa noche sentí que dormir lo era. Me sentía atrapada en una caja transparente que me ensordecía y enmudecía; intentaba despertar con todas mis fuerzas, pero no lo lograba; sentía que me asfixiaba y gracias a que las imágenes, los colores, los sonidos y hasta los olores eran tan reales y vívidos, pensé que mi peor pesadilla se había vuelto realidad. ¿O será que así había sido?

Todo era simultáneamente igual y desigual a mi vida; era como si la casa de los espejos existiera en forma de una dimensión paralela. Mi vida tenía cierto grado de similitud y, al mismo tiempo, de distorsión, y eso me confundía. Ella también estaba en mi sueño, pero no dormía pacíficamente; al contrario, caminaba ansiosa alrededor de nuestra casa de campaña; yo la veía a lo lejos con tal pesadez y adormecimiento en mis piernas, labios y brazos que estaba convencida de que estaba sedada. 

Ella hablaba consigo misma, se reía y me asustaba. Arrastraba un cuerpo que yo no alcanzaba a distinguir; la complexión de aquella persona era delgada, su cabello era largo y rizado, pero la oscuridad no me dejaba diferenciar entre si era el cuerpo de un hombre o el de una mujer. Después de observarla ir y venir durante algunos minutos, me percaté de que, sin duda, era un cuerpo similar al mío. 

De pronto, ambas personas empezaron a hablar, escuché detenidamente sus voces y aunque estaba a al menos quince metros de ellas, alcancé a distinguir que la mujer con la que hablaba, tenía una voz igual a la mía. Tardé en darme cuenta; cuando finalmente lo hice, no pude detener las lágrimas que ya salían apresuradas de mis ojos. El cuerpo que ella arrastraba y se dejaba guiar y manejar era el mío; la vacía voz con la que ella hablaba y los ojos que la veían asombrada y obediente eran los míos. Desperté bañada en lágrimas y sudor, me giré y lo recordé: así es vivir con depresión. Miré la hora y me sentí profundamente agradecida con la vida porque había dormido cerca de ocho horas. 

Ya era lunes y tenía cita con mi ginecóloga tres horas después. Me preocupaba llegar al incómodo momento de la consulta en el que me preguntara quién era el padre del bebé. “Ojalá no me lo pregunte”, pensé; finalmente era el año 2019, ¿quién necesitaba saber de quién es el bebé que llevo dentro? Honestamente, yo no. 

Desayuné una concha con nata, una taza de chocolate caliente, un plato de cereal con leche y una manzana porque ahora que sabía que la comida que ingería ya no sólo me alimentaba a mí, sino también al pequeño ser que habitaba mi vientre; creía que mi alta ingesta calórica estaba totalmente justificada. Me bañé, revisé mi mochila y me aseguré, por última vez, de que llevaba el dinero que había sacado la noche anterior para la consulta, mis cuadernos de la universidad y un billete de 20 pesos para cubrir mis pasajes del día. Escribí una nota para mi mamá y la pegué en el refri: 

“Ma: hoy salgo tarde.

Te amo,

Camila”

Salí apurada de mi casa en el oriente de Villahermosa y rápidamente recorrí las cinco cuadras que la separaban de la parada del camión que debía tomar. Después de una hora y tres cambios de transporte, llegué al consultorio. Entré, observé la clínica e inmediatamente me preguntaron si tenía cita; me condujeron a una pequeña y extremadamente limpia sala de espera y entré a mi consulta. Todo fue relativamente normal y la doctora fue amable. Salí nerviosa pero emocionada, y me apuré a llegar a la escuela. 

Mi día escolar transcurrió lentamente y, una vez más, tuve dificultad para concentrarme durante todas mis clases. Estaba allí, pero mi mente no. Los pensamientos que invadían mi cabeza eran muchos y muy confusos, mis manos sudaban y mi corazón palpitaba acelerado. Yo, Camila, aún no estaba bien. Mi última clase terminó y tardé hora y media en llegar a casa; entré, mi madre dormía. Cené con un hambre feroz y en cuanto terminé, me dirigí a dormir. 

Tan pronto como puse mi cabeza en la almohada, el infierno de la noche anterior se repitió. 

Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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