Rostros: las mujeres a las que seguimos buscando

Reflexiones
Créditos de la imagen: Estefanía Cervantes

Por Estefanía Cervantes

Por las que ya no están,
por las que seguiremos buscando,
no dejaremos de gritar sus nombres
ni de exigir justicia.

Uno. Dos. Diez. ¡Quince! Esa cuenta, la que llevo en mi mente, duele. No las conozco, no sé cuáles son sus actividades favoritas, cómo se llevan con sus amistades, qué las hace felices, cuáles son sus sueños. No las conozco, pero su ausencia me duele.

Cada vez que abro Facebook o Twitter ahí están sus caras, sus fotos, donde salen sonrientes, como si el tiempo congelara esa sensación de paz y seguridad que tenían en en el momento en que  se escuchó el click de la cámara. Alguna vez, cuando más sentí miedo, conté 15 publicaciones en un solo día de diferentes niñas y mujeres desaparecidas. Aquella acción, la de compartir su rostro y esas palabras de auxilio de sus familiares, sus amistades o quienes las conocen, está llena de impotencia. ¿Qué más puedo hacer? Ahora siento que gritar sus nombres ya no es suficiente; que quienes debieron haberlas protegido tenían que haber hecho todo para lograrlo. 

Y debo confesar algo: siempre que encuentro una de esas publicaciones, entro al perfil de la persona que la compartió, con la esperanza de que haya escrito después una nota de agradecimiento y anunciando su localización con vida. A veces así sucede. Cómo quisiera que fuera así con todas. Siento el corazón roto. De nuevo, no las conozco, pero su ausencia me duele.

Ahora, algunas de esas mujeres y niñas ya no están. Callaron sus voces a la fuerza por “razones” que en realidad no son razones. ¿Tener celos es una razón para arrebatarle la vida a alguien? ¿Por “un momento de debilidad”? No, quitarle la vida a una mujer es un acto de odio, no existen ni existirán razones para cometer un feminicidio. Así es: el feminicidio es un acto de odio, por querer demostrar que “tienen el poder sobre nosotras”. ¿Y por qué lo logran? Porque la impunidad es la que reina este país, porque está en todos lados y quienes deberían acabar con ella no lo hacen, porque los beneficia y los pone en lugares donde tienen el poder en sus manos.

Esos mismos que deberían protegerlas, protegernos, no hacen nada, y ¿saben?, ya no les creo nada ¿por qué hacerlo?, si pareciera que la cifra de 11 mujeres asesinadas les es indiferente. Si hasta ellos mismos son los perpetradores de la violencia. Si ellos agreden a quienes se atreven a levantar la voz por aquellas a las que les arrebataron la vida sin culpa, sin importarles nada; con esa crueldad extrema que muchos medios se atreven a mostrar en sus primeras planas, por el simple hecho de generar más ganancias, más tráfico en sus sitios. Todos son parte de ese círculo de abusos.

La verdad es que durante muchos años viví creyendo que en esta burbuja llamada Ciudad de México estaría y me sentiría segura. La violencia me parecía lejana, donde las cruces rosas de Ciudad Juárez eran ajenas a mi entorno. Por supuesto, la indignación estuvo siempre presente, así como el machismo y la violencia hacia nosotras, pero me sentía segura en la ciudad que algunas consultoras siguen agregando a listas del tipo “las 100 mejores ciudades del mundo para vivir”, porque no eran el mismo grado de agresiones a diferencia de lugares azotados por esa ola de violencia e indiferencia. 

De repente esa realidad ya estaba aquí, rompiendo esa burbuja, amenazando nuestra tranquilidad y nuestra integridad. “Si sales de noche, voy por ti. No tomes taxi”, “mándame tu ubicación, por favor, que no se te olvide”, “avísame cuando llegues”, “¿sabes algo de ella? Ya debería estar en casa y no me ha llamado”. Frases que se convirtieron en algo más que simples enunciados, que simples secuencias de letras. Frases que provocaban y provocan risa entre quienes jamás han sentido el terror de ser tocados sin permiso; de sentirse amenazados en la parte trasera de un coche, mientras la mente piensa cómo podrías escapar; en el asco que causan esas miradas lascivas, que hacen sentir mal por querer arreglarse un poco.

Dejé de ver las redes sociales a cada rato porque me causaba ansiedad. Ver esas caras, esos sueños truncados a manos de alguien que no merece el título de ser humano. Deseé y deseo que todas regresen con sus seres queridos, quienes publican palabras de impotencia, de tristeza, de desesperación. Me pongo en sus lugares y siento un vacío en el estómago, ganas de salir corriendo y tener poderes para traerlas de vuelta. 

Tengo miedo de ser la siguiente. Es un hecho que todas sentimos miedo de ser las siguientes, de que nuestras familias, nuestras amistades tengan que compartir nuestros rostros, nuestro color de piel, de ojos, nuestra altura; compartir aquello que nos distingue de la multitud, para que así alguien nos reconozca y nos ayude a regresar.

Escribo esto porque ya estoy harta de no sentirme segura, de sentir culpa cada vez que olvido llamar a mi mamá para avisarle que llegué bien. Estoy harta de no sentirme libre y segura a donde sea que vaya, de tener que imaginar una ruta de escape en caso de requerir hacerlo. Estoy harta de ver las caras de las miles de niñas y mujeres que desaparecen todos los días y leer las palabras de dolor de quienes las buscan. No las conozco, quizá nunca lo haga en persona, pero trato de grabarme su rostro en la memoria, trato de recordar sus facciones, esperando encontrarlas en la calle, a donde sea que vaya, esperando que regresen pronto a casa. No las conozco, pero me duele su ausencia.


Estefanía Cervantes

Comunicóloga en proceso por la UNAM. Está decidida a ser periodista. Le interesa desarrollar temas de seguridad y derechos humanos. Ama la investigación, la fotografía, mirar las estrellas y el buen vino. Su sueño más loco es convertirse en documentalista. Siempre lleva un libro en la bolsa. Adora que sus amigos le pidan recomendaciones de cine y música. Tiene un gato llamado Magnus.

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