¿Te conozco?

Creación Literaria
Relato

Por Ximena Tercero

Rotas y no rotas

“¿Te conozco?”, me preguntó Sandra en cuanto abrió su puerta y me vio. Me miró de arriba hacia abajo, tratando de recordar mis piernas, mis manos o tal vez mi ropa y ante su inminente fracaso, decidió, por fin, mirar mi rostro. “Tal vez aún no”, respondí. Sus ojos me miraban de manera curiosa y su pie izquierdo se movía ansioso. “No entiendo, ¿te puedo ayudar con algo?”, volvió a preguntar. Ahora fui yo quien la miró fijamente tratando de reconocer sus gestos, identificando sus arrugas y contando sus pecas. 

Mi silencio le desesperó, pero eso no me sorprendió porque yo ya sabía que Sandra era así. “¿Me permites pasar?”, le pregunté mientras empujaba disimuladamente la puerta de su zaguán, a lo que respondió: “¿Por qué habría de hacerlo?”. Pensé por un segundo mi respuesta y después decidí que no tenía una; miré su suéter tejido, sus pantalones floreados, sus mocasines azules y los brazaletes de sus relativamente jóvenes manos. La fachada de su casa era de piedra en su totalidad y tenía tan entrecerrada la puerta detrás de ella que no podía ver, ni siquiera por una milimétrica esquina, cómo lucía el jardín, la cochera o el exterior de su hogar.

Después de mi detenido análisis y pasados casi 120 segundos, me decidí a responderle: “Porque sé que te llamas Sandra, tienes 35 años, estás casada con el alcalde y lo engañas con mi marido”. Su boca se secó, las palabras abandonaron su garganta y la tranquilidad se esfumó de su rostro. Aproveché su confusión y me abrí el paso entre la puerta. Por fin vislumbré su casa, su reducido jardín y a sus dos pequeños hijos, a quienes saludé amablemente y ellos me respondieron con sus jóvenes  y delicadas voces. Entré a la casa llena de confianza y con la cabeza en alto; mis tacones parecían nuevos y mi vestido rojo me hacía ver al menos cuatro años más joven. Saludé a doña Matilde, la cocinera y nana de los niños, y ella, confundida pero servicial como siempre, me respondió. 

Me abrí paso hacia la sala, miré el piano y admití el buen gusto de los cuadros que la adornaban, pues aunque no eran tan buenos como los míos, al menos eran elegantes. Recorrí con la mirada el rincón que separaba la sala de las escaleras e inmediatamente reconocí “Los amantes”, una de las primeras pinturas que hice cuando recién decidí hacer de la pintura mi modo de vida. “Supongo que no es lo único mío que te gusta, ¿o sí?”, dije mientras sonreía para mí misma. Sandra se quedó callada y miró hacia el suelo; me sentí mal por mi inútil comentario y me senté en el más pequeño de sus sillones. 

“¿Cómo estás?”, le pregunté tratando de iniciar una conversación normal y amistosa entre dos mujeres; su expresión dictaba desconcierto y, hasta cierto punto, temor. “No temas, no vengo a pelear, solo me sentía sola y quise venir a saludar”, declaré. “Estás loca, ¿qué quieres?”, respondió inmediatamente. La observé y pensé que para ser la mujer que dormía con mi marido, no estaba siendo muy amable conmigo. “Nada, ¿y tú?”, respondí. 

La señora Matilde se nos unió sigilosamente y, ante el silencio entre Sandra y yo, me preguntó si deseaba algo de tomar, le respondí que un vaso con agua bastaría para mí y le pregunté a Sandra si ella deseaba algo. “Una copa de tinto”, contestó ella y, por la expresión de Matilde, supuse que esa no sería la primera copa del día. En cuanto se retiró, tomé la palabra y comencé. 

“No es que los haya visto, tampoco que los haya oído, sólo lo supuse y tu mirada te delató. No vengo a pedirte nada, sólo quiero que me respondas una pregunta: ¿sabías que él estaba casado?”. Sus ojos se entrecerraron, sus mejillas enrojecieron y sus lagrimales se humedecieron. En ese momento ya no se veía tan elegante como cuando me abrió la puerta, Doña Matilde llegó con su copa de vino y ella por fin respondió: “Sí, lo sabía. Lo siento”. 

Tan pronto como logré asimilar las palabras que acababan de salir de su boca, sentí mis piernas temblar y mi llanto no tardó en estallar. Me parecía difícil creer que una mujer pudiera hacerle eso a otra y no lograba entender cuáles podrían haber sido sus motivos. Finalmente, ante mi evidente sorpresa ella se decidió a hablar: “Entiendo que no puedas comprenderme, pero en serio me enamoré de él”. La  escuché y, por un instante, me quedé estática. Me levanté y salí de ahí.

 Al llegar  a mi casa, comí una manzana y comencé a recordar toda la historia del apasionado romance entre él y yo. Claro que ella se había enamorado de él; su sonrisa, sus ojos, sus labios, sus mejillas, sus pecas, su cabello, sus manos, sus piernas, su brazos, sus hombros, su espalda y su gran corazón me habían conquistado a mí. Lloré ansiosa hasta que la noche llegó, y, en cuanto escuché aquellos pasos que me indicaban que él ya había llegado, salí corriendo de la cama y me encerré silenciosamente en mi cuarto de pintura. Recorrí con la mirada el estante que guardaba mis libros favoritos y cerré mis ojos para alcanzar alguno, justo el que Dios quisiera que agarrara. 

Simone de Beauvoir fue la elegida y La Mujer Rota mi destino. Encendí un cigarro, observé el fuego consumirlo casi en su totalidad, lo apagué y comencé a leer mi libro ciegamente seleccionado. Recuerdo que no dormí esa noche y que él no se molestó siquiera en saludarme. Aún siento el escalofrío que recorrió mi espalda cuando Sandra dijo que en verdad se había enamorado de él y todavía lloro de alegría al recordar la determinación con la que desperté el día siguiente. 

Leí La mujer rota y entendí que yo no quería ser como ellas, no quería estar rota y mucho menos quería vivir con una fractura en mí que no me permitiera apreciarme. Yo me había enamorado de él y él de mí; después, Sandra se había enamorado de él y él de sí mismo. No merecía eso y Sandra tampoco. Yo tenía a la pintura y a Simone, pero probablemente Sandra no tenía nada ni a nadie más, a excepción del vino tinto. 

Desperté y agarré mis pinturas, mis pinceles, mi caballete, mis libros y mis ahorros y me fui. Quedaban dos días para el inicio de un nuevo año, para el inicio de una nueva vida.


Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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