Vacía

Creación Literaria
Relato
Créditos de la imagen: Brandi Redd en Unsplash

Por Estefanía Cervantes

La pantalla seguía en blanco. Ese puntero seguía parpadeando en el primer párrafo y a ratos pareciera que gritara “¡ya escribe algo!”, pero sus fríos y largos dedos no se movían; se habían quedado paralizados a mitad del teclado que ansiaba por ser aplastado con cada yema de sus dedos.

─¡Ah! ¿Por qué será que nada viene a mi mente? ¿Por qué a pesar de las mil tazas de café mi cerebro sigue dormido? ─gritó al vacío de su departamento, sin esperar respuesta alguna.

Eran las cuatro de la mañana de un diciembre helado, todavía oscuro. En la calle, no se oía ruido alguno, excepto el lejano andar de los autos de la avenida cercana a su edificio. No había podido descansar nada. Fue a dormir a las 12 a.m. y estuvo dándole vueltas a todos sus pensamientos, una y otra vez. “¿Qué más da?”, pensó y se levantó de la fría cama. Caminó hacía su escritorio blanco, donde, muy pacientemente, le aguardaba su computadora apagada. La encendió, revisó las noticias en aquel sitio que tanto le gustaba y abrió sus documentos.

Esa página blanca no la había dejado dormir por varios días. Aquel documento que no podía llenar, después de semanas de intensa creatividad. “No sé qué pasa”, se cuestionaba dentro de su mente una y otra vez, sin entender cómo había podido llenar más de cincuenta páginas en menos de cinco días. “¿Y ahora? Nada, absolutamente nada, sólo vacío. ¿El vacío es nada?”, divagaba su mente.

Su taza de café, ya manchada y fría yacía al lado de su laptop, esperando a ser llenada nuevamente. El olor de la bebida recién hecha, caliente y amarga, le resultaba reconfortante, se sentía acompañada. Movió la cabeza a los lados, como si su yo estricta le dijera: “No te vas a levantar hasta que escribas un párrafo. ¡Aunque sea una palabra!”, pero esa voz, la que tanto le molestaba cuando ya se sentía agotada, se fue desvaneciendo, hasta silenciarse. Se paró, fue a la cocina y como si fuera un movimiento automático, agarró la minúscula jarra de la cafetera, ya casi vacía y se sirvió el contenido que quedaba. Suspiró. “¿Por qué este recipiente desierto se siente idéntico a mi cabeza, a mi alma?”, pensó. 

Regresó al escritorio blanco, se sentó y volvió a posar sus manos en el teclado del ordenador. Volteó al espejo que estaba al lado de la entrada, donde claramente se reflejaba esa escena. Gracias a la luz del aparato que tenía enfrente podía distinguirse entre la oscuridad. Sus lentes sobresalían gracias al reflejo de la luz. Su cabello todavía estaba trenzado y su pijama estaba cubierta gracias al largo suéter que la protegía del helado ambiente. Regresó su vista a la pantalla, que de repente parecía burlarse de ella por no poder avanzar. 

─¡Basta! ¡Ya basta!─ gritando nuevamente. 

La respiración cada vez era más rápida, más agitada. “No debo beber más café”, dijo, riendo hacia su interior. Escondió su rostro entre las manos, que extrañaban tanto moverse con una sorprendente rapidez a través del teclado. Las lágrimas ya no podían esperar más y cayeron poco a poco hasta convertirse en ríos que corrían de forma acaudalada por su cara. De la nada, todo volvió a ser oscuro. Levantó su mirada y la pantalla apagó su luz. 

─¿Está bien sentirse aliviada porque ya te has cansado también? ─dijo a la computadora, como si esperara que de repente ese aparato le respondiera y le diera las respuestas que necesitaba.

Miró el reloj, que de repente marcaba las seis de la mañana. ¿Cómo habían pasado dos horas tan rápido? La luz tenue del amanecer apenas y se podía asomar a través de la ventana. “Benditas cortinas”, pensó. No se preocupó por apagar correctamente su laptop y simplemente la cerró de golpe. 

Se levantó hacia la ventana y abrió ligeramente las largas y blancas telas que no permitían que la luz del día se entrometiera en el lugar. La ciudad apenas estaba despertando. Todavía no veía gente en la calle y un débil rayo del sol iba asomándose a lo lejos. Los suspiros iban y venían. La hoja en blanco la había dejado exhausta. Cerró de nuevo la cortina y se dirigió a su cama. Cuando se metió, sintió un ligero escalofrío porque sus sábanas estaban heladas. 

─Ya mañana será otro día. Quiero creer que esa hoja no siempre estará vacía ─dijo antes de cerrar los ojos. 

Exacto, mañana será otro día.


Estefanía Cervantes

Comunicóloga en proceso por la UNAM. Está decidida a ser periodista. Le interesa desarrollar temas sobre seguridad, derechos humanos y crisis climática. Ama la investigación, la fotografía, mirar las estrellas y el buen vino. Su sueño más loco es convertirse en documentalista. Siempre lleva un libro en la bolsa. Adora que sus amigos le pidan recomendaciones de cine y música. Escribir se ha vuelto su más grande pasión. Tiene un gato llamado Magnus.

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