Estrellas y pasado

Reflexiones
Ensayo

“Una noche de diciembre”. Créditos de la imagen: Estefanía Cervantes.

Por Estefanía Cervantes

1
Eran las cuatro de la mañana. Hacía un frío intenso y todo estaba en silencio. Estábamos en medio del jardín de nuestra casa y al principio no dijimos nada. Nuestra vista apuntaba al cielo despejado, lleno de estrellas brillantes. “¿Crees que sí se puedan ver?”, le pregunté a mi padre. “Esperemos que sí, tengamos paciencia”, respondió, con esa gruesa y tierna voz que se apagó hace unos años.

Seguimos callados por más de treinta minutos. Mi cuello empezaba a dolerme, pero no me importaba. También noté que él sentía lo mismo que yo, que ya estaba cansado; sin embargo, no dijo nada, sabía lo mucho que ese acontecimiento astronómico me emocionaba gracias a que no había parado de hablar sobre ello desde que habían anunciado la noticia en la televisión, donde nos enteramos que la lluvia de estrellas iba a ocurrir aquella noche de octubre. 

Al final desistimos. Él debía ir a trabajar y yo tenía que descansar un poco para tener energía para otro día escolar. Me sentía un poco decepcionada por no haber visto ni una estrella fugaz. “Quizá no vimos nada porque era más temprano o porque hay mucha luz todavía”, me dijo, tratando de consolarme, porque, aunque yo no había dicho nada, la decepción se notaba en mi cara y él me conocía muy bien. Yo tenía nueve años.

2
Rompí cuidadosamente el empaque transparente que protegía al libro. Su portada era azul y tenía muchos puntos blancos, los cuales simulaban un cúmulo de estrellas. Sentía la necesidad de comenzar la lectura, así que me preparé un café y me recosté, dispuesta a no dejar de leer. 

Lo primero que hice fue hojearlo, algo que siempre acostumbro hacer cuando adquiero un libro. Estaba muy contenta por el regalo que yo me había hecho. Adentro, impresas en hojas lisas y brillosas, pude contemplar varias fotografías que me hicieron sonreír. Ahí, entre tantas técnicas pero hermosas palabras, estaban algunas reproducciones de galaxias y nebulosas lejanas, de observatorios enormes en tierras alejadas de cualquier gran ciudad —y su temida contaminación lumínica— y simulaciones que ilustraban eventos astronómicos de los que todavía no se tenía registro alguno.

Comencé a leer el primer capítulo de ese pequeño libro llamado Hijos de las estrellas, de la astrónoma chilena María Teresa Ruiz. Este se titulaba “¿Dónde estamos? ¿Cómo llegamos aquí?”. Me detuve para pensar un poco en todas las suposiciones que respondían esas dos preguntas, por supuesto, sencillas de pronunciar pero que ha costado el trabajo de cientos de años y de miles de mentes para poder tan siquiera intentar encontrarles una respuesta.

Recordé cómo desde siempre esas preguntas también me habían intrigado y cómo, ante tanta insistencia de mi parte, mis papás intentaban responder con lo que sabían al respecto —y que, por supuesto, incitaba a que siguiera cuestionando más y más—. También recordé aquella noche tan fría y tan lejana ya, cuando le dije a mi papá que algún día me convertiría en astronauta y viajaría a las estrellas más lejanas para descubrir todos esos secretos que celosamente guardaba —y que sigue guardando— el universo. Reí un poco al pensar lo lejos que estaba eso de cumplirse, ya que mi camino ahora era totalmente distinto a ello. “¿Qué diría papá de eso?”, me pregunté.

“El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que alguna vez será” –Carl Sagan. Créditos de imagen: Estefanía Cervantes.

3
Últimamente el cielo estaba muy despejado y, a pesar de vivir algo lejos de la ciudad y que esto fuera una gran desventaja en muchos sentidos, me sentía afortunada de poder ver un cielo tan estrellado. Aquella era una noche helada de diciembre. El pasto, como suele ser en esas temporadas, estaba seco. El aire aumentaba la sensación del álgido clima, pero traía consigo el olor tan fresco de las lavandas que seguían floreciendo a pesar de las temperaturas tan bajas. 

Acostada sobre una manta y cubierta con una gruesa chamarra azul, esperé ese gran momento que había vivido la noche anterior cuando, gracias a la combinación de los sucesos y a un cielo totalmente claro, pude admirar siete resplandecientes y fugaces meteoros atravesar la atmósfera de nuestro planeta. Me sentía emocionada y con una gran nostalgia. Entonces, aguardé casi una hora. Mis ojos empezaban a arderme, porque trataba de no parpadear mucho para no perder el momento. De fondo, con los audífonos puestos, escuchaba canciones que, de cierta forma, me traían también el recuerdo de papá. 

De repente, como si el tiempo se detuviera, vi pasar uno de los objetos más brillantes que mis ojos habían registrado. Dejaba un rastro reluciente a su paso y que acabó por desvanecerse en cuestión de segundos. Inmediatamente sonreí y tendida en el suelo, sentí unas inmensas ganas de brincar gracias a la emoción que recorrió todo mi cuerpo. Derramé algunas lágrimas, todavía sonriendo y agradeciéndole a la vida por haberme puesto ahí, en ese lugar, en esos segundos, para encontrarme con ese efímero visitante. Volví a pensar en mi padre y en lo mucho que hubiera apreciado ese momento también.

4
Siempre, al admirar el cielo nocturno, me preguntó por qué es que a los seres humanos nos intriga y nos emociona tanto mirar las estrellas. A mí me sigue asombrando el tema, a pesar de que actualmente quiero dedicarme a algo muy distinto de lo que aquella niña de nueve años soñaba. Los planetas y sus hostiles ambientes. Esos objetos que denominamos como “estrellas fugaces”, tan pasajeras cuando llegan y que nos hacen sentir más vivas y vivos que nunca y  ¡todo lo que todavía no sabemos!  

Cada vez que lo pienso, llego a la misma conclusión: la luz de esa materia que llega a la Tierra viajó miles y millones de kilómetros para posarse en nuestros ojos y, probablemente, muchos de los objetos que miramos cada noche se están desvaneciendo del universo en estos momentos o incluso ya han dejado de existir. Así, mientras planeamos nuestro futuro, miramos al pasado. En lo personal, me emociona ver las estrellas porque no sólo veo su pasado, también veo y recuerdo el mío, algo que trae de vuelta a mi padre, aunque sea por un instante, igual de efímero como una estrella fugaz, pero que deja su esencia en mi corazón por siempre.


Estefanía Cervantes

Comunicóloga en proceso por la UNAM. Está decidida a ser periodista. Le interesa desarrollar temas sobre seguridad, derechos humanos y crisis climática. Ama la investigación, la fotografía, mirar las estrellas y el buen vino. Su sueño más loco es convertirse en documentalista. Siempre lleva un libro en la bolsa. Adora que sus amigos le pidan recomendaciones de cine y música. Escribir se ha vuelto su más grande pasión. Tiene un gato llamado Magnus.

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