Mi radio no funciona

Creación Literaria
Cuento

Por Nora Alanís

Estoy triste porque mi radio no funciona. Se detuvo de imprevisto, sin al menos avisarme con un poco de interferencia o problemas con el volumen. Sucedió hace unos días, mientras escuchaba a Loira, la locutora de las cuatro de la tarde, hacer un recuento de las canciones más exitosas de este año. Me recuerdo acostada boca arriba en mi cama, luego abriendo los ojos de golpe preguntándome a dónde se había ido el sonido. Me levanté abruptamente, me acerqué al viejo aparato color marrón con los bordes un poco oxidados e hice lo que cualquier ser humano con escasos conocimientos sobre reparación de electrónicos hubiera hecho: desenchufarlo y volverlo a enchufar, después presionar el botón de encendido muchas veces y finalmente, dar golpes secos en la parte posterior. Todo sin éxito.

Desde entonces estoy triste porque mi radio no funciona. No puedo llevarlo con un técnico porque todos los negocios se encuentran cerrados. Además, mamá no me deja salir, es riesgoso. Y aunque nadie me detuviera, yo tampoco querría salir. No me gusta la visión del mundo allá afuera. No me agrada escuchar las voces sofocadas a través de pedazos de tela y verme en la necesidad de preguntar todo el tiempo: “Disculpa ¿qué dijiste?”. Ni me emociona ver a la gente tan distante, en todos los sentidos de la palabra. Por eso extraño mi radio, porque las voces me llegan amenas y me las imagino con caras. Luego a esas caras las sueño, a veces con sus pómulos marcados al sonreír, otras haciendo pucheros para denotar su nostalgia o formando una “o” con sus bocas cuando están sorprendidas.

También extraño la música de mi radio. Esa música aleatoria sobre la que no ejerzo ningún control. A veces tocaban canciones que detesto, pero que no puedo saltar o adelantar, así que cambiaba de estación y en esa otra había comerciales, y en la siguiente daban las noticias del día y así sucesivamente. Entonces cruzaba los brazos enfurruñada, hasta que en alguna transmisión escuchaba de pronto notas musicales agradables y mi dedo se detenía para dejar esa estación tocar el resto de la canción para mí personalmente. Mi serendipia.

Así es como mi radio me ha acompañado en mi soledad todo este tiempo. Mi radio, el techo, la almohada, los recuerdos, los 36 cuadros que forman el patrón de mi cobija, el mandarino que se ve desde mi ventana y el viento que de vez en cuando llega a saludarme, pero siempre va con prisa. Mi madre y yo cada tanto vemos películas juntas, mas no siempre es posible porque a veces se siente muy cansada al llegar del trabajo y otras veces me pide que no me acerque mucho. Es riesgoso.

Cuando le conté a ella sobre mi radio casi se me salen las lágrimas. Ella me miró con ternura, sonrió levemente y dijo: “Después vamos a comprar otro”. “No quiero otro”, le respondí. “Bueno, entonces cuando se pueda te llevo a que lo reparen”. Yo comencé a llorar y me fui corriendo a mi habitación, azoté la puerta tras de mí y luego me arrojé a la cama repitiendo sin parar sus palabras en mi mente: “Cuando se pueda”. Cuando se pueda, cuando se pueda, cuando se pueda, lágrima, lágrima, lágrima, cuando se pueda, lágrima… Ese día vino el viento de nuevo. Casualmente esta vez no tenía tanta prisa pero ni siquiera lo saludé, mi cara estaba enterrada.

Otro día llamé por teléfono a Rafa y le platiqué lo de mi radio. Un segundo, dos segundos, tres segundos, al cuarto reaccionó y preguntó por qué no sólo escuchaba música en el celular o la computadora. “No es lo mismo”, le contesté. “¿Te ha pasado que a veces vas camino a la escuela o a tu casa en el camión y el conductor decide poner a todo volumen una rola que no te gusta? Entonces pones los ojos en blanco y la cara se te queda como si hubieras chupado un limón, pero después de un minuto le vas agarrando el gusto. Volteas a ver a la persona que va al lado y la ves dormida y a ti te da risa porque tú ya hasta empezaste a mover el pie al ritmo de la música. Para cuando se termina la canción, la verdad es que sigue sin gustarte pero te dices a ti mismo que no estuvo tan mal para amenizar el camino y sonríes un poquito. Bueno, mi radio me ayudaba a tener presente todo eso”.

“No lo sé”, afirmó. “Tal vez estés exagerando un poco con eso de llorar horas porque tu radio no funciona. Digo, al final tiene solución, solo que tendrás que esperar un poquito más para eso. Y si tu radio no tiene remedio, acuérdate que la vida siempre sigue hasta el día en que ya no. Así que habrá otros radios y otras formas de disfrutar el camino”. Un segundo, dos segundos, tres segundos, al cuarto reaccioné y me despedí secamente, sin esperar a que me devolviera el “te hablo luego”.

Ya sé, ya sé, Rafa tiene razón pero yo digo: “¿Por qué no pueden dejarme estar triste porque mi radio no funciona?”. Las voces se fueron y la música se detuvo, hasta los comerciales dejaron vacíos. Las noticias, los chismes y los cuentos de las nueve de la mañana se esfumaron sin abrazarme ni dejarme una nota de despedida, y con todo eso también se fueron las prisas por alcanzar el camión, los pequeños apretones al saludar a la gente y los “buenas tardes Doña Naye, ¿me da una comida del día?”. Un día dejé de escuchar todo aquello que siempre me había parecido abrumador y me quedé en una especie de apnea. Así que ahora lo que pido es simple y no requiere mucho: solo déjenme estar triste porque mi radio no funciona.

Nora Alanís

Estudiante de Relaciones Internacionales en la FCPyS, UNAM. Libra con ascendente en sagitario. Escritora de cuentos, poemas, ensayos, canciones y notitas ocasionales de cariño. Sus líneas de interés principales son la relación entre la militarización y el sistema patriarcal, así como los feminismos. Amante de soñar despierta, comer pistaches y compartir sentipensares con otras mujeres.

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