Concierto precovid

Creación Literaria
Relato
Créditos de la imagen: Hanny Naibaho en Unsplash

Por Nohemí Fernanda

Aquella mañana me dirigía al trabajo, era un día común y corriente del  año 2023. “Ciudad de México, 7:40 am, Mix mix mix, ochentas, noventas y actuales”, sonaba la radio en mis audífonos mientras ingresaba al metro y me dirigía a la estación Barranca del Muerto. Iba dormitando en el vagón, cuando sentí que se me caía el cubrebocas. Desperté alarmada y me di cuenta de que estaba a una estación de mi llegada y mis audífonos estaban rotos. Habían intentado sacar mi celular de la bolsa y no lo habían logrado, pero se habían llevado el conector de mis audífonos, muchas cosas no cambian en esta ciudad.

Iba caminando por la calle cuando escuché a una pareja hablar con su hijo sobre cómo eran las cosas antes de todo esto. Vivíamos cubiertos por las máscaras protectoras en una ciudad donde la muerte y la enfermedad ensombrecían cada mañana y, al escuchar las noticias, sólo se hablaba de cifras y cifras, estadísticas y gráficas de muertos. Todo era un caos.

Al no tener mis audífonos, no me quedaba más remedio que escuchar conversaciones ajenas. El trío anterior y yo nos formamos en la fila del camión y su conversación continuó:

—Mamá, pero, ¿cómo fue que llegamos a este punto? —decía el niño asombrado, porque se enteraba que había un mundo distinto antes de él. Debía tener unos 6 años, pero era evidente que no recordaba nada antes de su pequeño desarrollo.

—No sé Diego. Un día todo se fue al caos cuando llegó esa enfermedad y, después de eso, llegaron muchas más, una tras otra, así que tuvimos que adaptarnos a la situación. Ahora, abróchate la agujeta, que te vas a caer —dijo la mujer con hartazgo.

—No le hables así al niño, mejor deja que se entere y comprenda cómo eran las cosas —dijo el hombre en un tono más comprensivo.

—Papi, ¿a dónde llevaste a mamá cuando se conocieron? ¿Qué era lo que más les gustaba hacer? —dijo nuevamente Diego con muchas ansias, mientras hacía un extraño nudo en su zapato.

Su padre se rió y miró a su madre con mucha nostalgia. Todos sabíamos lo que eso significaba: la añoranza de un pasado que no iba a volver y sólo quedaba inmortalizado en la memoria.

—Conocí a tu madre en el 2010, estábamos en una bola de gente. Imagínate un grupo de 400 personas, en una fila enorme y larga. Se escuchaban los gritos de las personas, todas al unísono diciendo “¡Mocos verdes!” Sentíamos los brazos y las piernas de los demás, todas las manos llenas con un boleto rectangular y de cartón, mientras coreábamos las mismas canciones y bebíamos jugo de manzana. Sí, lo entenderás cuando seas mayor —suspiró el papá y prosiguió. —Se podía sentir la emoción y los gritos de todos, era como tener mil hermanos y amigos que ni siquiera conocías, pero al final te unía el evento al que habías asistido. Cuando nos dejaron entrar al recinto, un cuarto oscuro, todos corrían para quedar en primera fila y pegados a unos tubos de metal, todos se paraban alrededor de un cuadro enorme donde yacían los instrumentos de la banda. En el centro podías ver la batería con el nombre de la banda. Entonces, volteé a mi alrededor y  miré a tu madre a mi lado  —concluyó, mirando con mucho amor a su pareja.

La mujer se sonrojó y comenzó a reírse como si fueran dos jóvenes adolescentes. Continuó con su historia.

—Los gritos eran incontenibles, todos al unísono, esperando ver a su banda favorita y así llegaba el momento: se escuchaba un chirrido de la guitarra, las baquetas golpeando al aire y entonces todo el mundo empezaba a brincar, algunos alzaban sus manos al aire; escuchábamos la canción coreada por 400 personas. Tu madre y yo nos tomamos de las manos durante nuestra canción favorita y nos plantamos un beso de pura emoción. Nos miramos asombrados y seguimos coreando nuestras canciones favoritas. Veíamos cómo sacaban a unos cuantos desmayados por el calor o por los golpes de los sentimientos ajenos. El vocalista se acercó a nuestra zona y nos volvimos locos, nos arrojó agua y sentíamos que éramos uno mismo y entonces, terminaban agradeciendo al público y se metían a sus camerinos —relató feliz.

Parecía que el camión se movía muy rápido y aún nos faltaba mucho para llegar. El niño se sentó en las piernas de su mamá y miró con mucha atención a su padre. Sentí que me veía muy chismosa, así que decidí hurgar en mi bolsa, a ver si encontraba algo que me entretuviera en lo que el padre continuaba su historia. Hallé un espejo y por fín el niño se terminó de acomodar junto con su mochila y sus zapatos mal amarrados y el padre continuó con su historia.

—”¡Otra, Otra!”, gritaba el público, mientras tu madre y yo, sonrojados, nos veíamos fijamente. Las bandas salían y tocaban tu canción favorita y llorabas, gritabas, te deshacías y después de dos melodías todo se terminaba. Bañados en sudor, podías abrazar a tu acompañante o al que estaba a tu lado. Sonreías como tonto y volvías a hacer una fila enorme para salir del lugar. Ya afuera sentías que estabas en un sueño irreal y no sabías si lo que había sucedido realmente había pasado. Miré a tu madre y le dije: “¿Nos vamos en el metro? ¿Vas para la línea naranja?” —concluyó con un suspiro. 

La pareja notó que su hijo se había quedado dormido en el asiento del camión, pero ellos y yo sentíamos que volvíamos a vivir aquellas noches del 2010. Se dieron un beso tan apasionado como el primero y la mujer se limpió las lágrimas. 

Tocaron el timbre del camión. Yo también tenía que bajar, ya me había pasado de la parada de mi trabajo.


Nohemí Fernanda

Tengo 21 años y soy estudiante de la licenciatura de Historia en la FLyL. Mis mayores pasiones son escribir y leer. Mi propósito: humanizar, a través de mis textos, muchos de los temas cotidianos y hacer que la gente recuerde lo que más se olvida: nuestra historia. Me encantan los animales y pasar el tiempo con mis amigos, soy fan del pulque y de los conciertos. Me formé en la lectura desde que tengo memoria y me describo como una historiadora frustrada, una futura escritora de bajo presupuesto y catadora de textos y cuentos aleatorios.

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