Mi amigo fiel

Reflexiones
Reflexión
“Trébol”. Créditos de la imagen: cortesía de la autora

Por Diana León

Tenía 8 años y un montón de aventuras por abordar. Siempre había estado sola, era hija única y no salía a jugar como otras niñas y niños de la colonia; de hecho, era bastante callada y me costaba entablar conversaciones. Antes de que te conociera perdí a otros. El primero ya estaba aquí cuando nací, era grande, peludito y negro, lo cual me causaba miedo; un día nos lo envenenaron y la única vez que lo acaricie fue cuando estaba tomando el sol, despidiéndose de la vida y recibiendo calorcito de hogar. Al segundo decidimos traerlo a casa después de que lo encontráramos en el parque, pero mis papás dijeron que lo mejor era dárselo a alguien más, pues no podíamos hacernos cargo de él; ese día me la pase llorando, como si hubiéramos compartido toda la vida. 

A mi regalo de primera comunión la perdí después de una semana, era muy pequeña y aún no podía sobrevivir sola en un casa rodeada de humanos. Un domingo antes de que partiera pasamos horas de viaje en búsqueda de alguna veterinaria abierta, pero nada. Le dije adiós y la enterramos en nuestro patio en una caja de zapatos. Era tan chiquita como el tiempo que habíamos compartido.

Cuando me dieron permiso de tenerte fui la más feliz, mi mamá fue por ti y llegaste en una mochila de esas que cambiaban por comprar pañales. Eras muy chiquito, chinito y parecías peluche. Te daba miedo estar con nosotras, ya que no nos conocías, así que te fuiste a esconder debajo de la mesa y por más que te hablaba no venías. Tu primer noche chillaste mucho, pero en la mañana parecías feliz, estabas dispuesto a explorar la casa y sus alrededores y con las semanas escogiste un lugar en el suelo y da la casualidad de que era el sitio exacto donde estaba mi lugar favorito en el sillón.

Me faltaban dos años para llegar a la primera decena de mi vida y en esos tiempos moría porque el tiempo pasará volando; quería crecer, hacer cosas de adultos y ahora me doy cuenta que daría lo que fuera por regresar a esos días de sol, de parque, de caminatas, de uniforme escolar sucio, de raspones y cicatrices, cuando,  después de terminar la tarea, contemplábamos juntos el atardecer, mientras que por las noches la única luz que emanaba en la sala era la del estéreo, al mismo tiempo que mi abuela y yo cantábamos, bailábamos y tú nos observabas; así pasábamos el tiempo hasta que llegaba mi abuelo y nos mandaban a dormir.

Tú te emocionabas cuando regresaba de la escuela, conociste cuatro etapas escolares de mi vida: estabas cuando salí de sexto, seguías cuando terminé la secundaria, me viste subir al carro para ir a mi graduación de la prepa y fuiste de los primeros en enterarte de mi ingreso a la universidad. También viste a mamá embarazada y, de hecho, te enojaste cuando apareció sin panza. No recuerdo cómo conociste a mi hermana, pero sí cómo la cuidaste y le diste amor desde el primer momento; ella también pasó a ser tu compañera.

Crecimos juntos, desde que llegaste dejé de sentirme sola, tenía a alguien para contarle mis cosas. Después la familia se fue agrandando y llegaron dos nuevos compañeros de aventura, pero tú siempre fuiste quien más me amaba y todo el mundo lo notaba. A veces no hacías caso hasta que yo te pedía las cosas, incluso no comías si yo no estaba a tu lado; llegaste a ser caprichoso, celoso y gruñón, pero hiciste más cosas bellas por nosotras, como defendernos, cuidarnos y alimentar día con día nuestro corazón con tu dosis diaria de amor incondicional.

Extraño llegar a casa y ver como te levantas de tu sueño para recibirme, contarte mi día, sentarme a tu lado o ver cómo te quedas dormido en mis piernas. Espero que en el cielo de los perros tengas tu propia pelota, que el suéter con el que te fuiste te proteja si hace frío, que te rapen tu pelaje porque se pone feo si te lo dejan largo y también que te lo cepillen, pues tus chinitos necesitan cuidados especiales.

Tenía 8 años y no me esperaba nada de lo que me pasó y hoy sé que mi presente nunca hubiera sido el mismo sin ti. El vínculo que haces con una mascota va más allá de eso, supera todas las distancias de tiempo y espacio. A veces la vida es un cuarto oscuro que parece que no tiene salida, y podemos tener miedo de atravesarlo, pero un día aparece una lucecita que nos va guiando, nos da un lengüetazo y se sienta a nuestro lado como la mejor compañía.

Jamás serán suficientes las hojas para contar nuestra historia. Espero que ni el destino ni el tiempo me quiten estos recuerdos, pues son de los más preciados. Ahora sé que eres una estrella que aparece en la noche, que vives en el corazón de todas las que te conocimos y que donde sea que estés nos estás esperando con esos ojitos a los que era imposible decirles que no… Espérame ahí, ponme en un rinconcito de tu corazón, así como estás en el mío, no olvides mi olor, mi voz y la manera en que te acariciaba, para cuando me vuelvas a ver  me puedas reconocer y corras a mis brazos con tu colita moviéndose de lado a lado, así sabré que eres tú.


Diana León

Soy una morrita que estudia Sociología. Me gusta escribir en mis ratos de inspiración. Bailar y cantar a todo pulmón me relaja en mis días de estrés. Amante de los perritos, el chocolate y la crema de cacahuate.

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