Con el covicho adentro

Reflexiones
Reflexión
“Cristina Peri Rossi”. Créditos de la imagen: vía Radio Uruguay

Por Antonella Biondi

Escribo esto mientras mi respiración se entrecorta. Acudo al teclado como alguna vez lo hice a la oración para invocar soluciones divinas a problemas desesperados. En otro tiempo, creí que Dios tenía el control de mi vida, entonces bastaba con rezar para pedirle que la extendiera en el tiempo.

Ahora me hiperventilo y tengo miedo, siento cómo el aire ingresa por mi nariz y llega insuficiente a mis pulmones, hace que el corazón estalle y se contraiga con intensidad sobre mi pecho. Entonces me abalanzo sobre el teclado de mi computadora, no para rogarle a Bill Gates que me extienda la vida, sino para exorcizar ese miedo que acompaña a los mejores textos.

Hace poco, reciclé diarios y anotadores donde conservaba escritos de mi infancia, de esos que rebosan de errores ortográficos, pero cuyas ideas dan risa. Para mal o para bien, siempre tuve una conexión con la palabra y viví creyendo –casi derridianamente- que nada existe fuera del texto.

Sé que tengo Covid-19, el virus que nos empujó a una pandemia y ha causado más de tres millones de muertes a nivel mundial. Es la representación del mal actual, que tiene fijación con ancianxs y personas con enfermedades de riesgo.

Escribo esto porque tengo miedo, no por mí, sino porque lo único amo en el mundo es profundamente anciano, escucha tango y tiene un libro en la mano. Intento calmarme, pero sé que soy la muerte caminando para quienes me importan.

Quién diría que un virus letal pudiera transmitirse a través de un beso y que ya a un año del inicio de la pandemia la situación fuese aún más grave. Ahora mi celular rebosa de noticias sobre la falta de camas en hospitales y los métodos óptimos de aislamiento para evitar contagios. Cada vez confirmo más que la hostilidad impregnada en este universo nos destina a la soledad. Aquí estaría la receta para el cese de mi angustia: de estar sola en el mundo no tendría miedo de enfermar a nadie.

Como único logro del 2020 reconozco haber conocido a Cristina Peri Rossi. Esa poeta lesbiana y militante uruguaya que me acompañó a través de esos textos que descargaba en mi teléfono y leía en las noches de insomnio. Recuerdo que Peri Rossi relató el atentado a las Torres Gemelas desde su cama, acompañada por una amante con la que tenía sexo mientras miles de personas morían a pocos kilómetros producto del horrorismo. Posicionamiento narrativo polémico, admito que reí hacia mis adentros por saberme indefectiblemente capaz de priorizar una pasión ante la muerte. Del dicho al hecho, estuve en las calles a horarios ilícitos para recibir validaciones externas, e incluso encarné a Cristina Peri Rossi semanas atrás al contagiarme de otro cuerpo.

Siempre estuvo el potencial de muerte. Hay corrientes feministas que teorizan sobre la romantización de los vínculos y su inevitable dirección al fracaso. ¿Qué estamos dispuestxs a dar por hedonismos, cuando dependemos estrictamente de la solidaridad comunitaria?

Sabores y olores se minimizan hasta extinguirse, mientras el estómago se vuelve pesado como la tos. Pongo y saco películas que hablan de otro tiempo, en las que besos y abrazos son moneda corriente y no prácticas restringidas propias de la utopía. En este punto, sé que desvarío porque me es inconcebible que Cecilia Suárez no use tapabocas en una serie ambientada a principios de siglo XXI.

Para quienes gozamos con platos condimentados y colonias frescas, la anosmia se parece bastante a la muerte. Ahora el rechazo hacia lo azucarado o salado en exceso se consolida como otra forma de la tibieza.

Pero antes que nada, la soledad y la incertidumbre. Mis pensamientos oscilan entre la tristeza y la certeza de mi potencial de muerte a edad temprana. Por las noches lloro y respiro con dificultad, luego acallo mis pensamientos para lograr el sueño.

Hace unos días murió una joven promesa musical de mi ciudad, un productor de solo 30 años, sin enfermedades de base. Mientras su familia lo velaba en su propia casa, alguien de su entorno cercano aprovechó el evento fúnebre para subir a su habitación y robarle su teclado. Último bastión de su arte.

Ahora no puedo respirar pero intento dormir, no sólo sabiendo que puedo contagiar, sino que la ausencia de enfermedades de base no me garantiza nada.  Quizás lo mejor sea prescindir del ocio de las pantallas y volver a los libros, donde al menos Melquíades encontró la cura para la peste que acechaba Macondo.


Antonella Biondi

Soy periodista, oriunda de San Luis (Argentina). Estudié Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL) y Diplomatura en Periodismo Digital en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Actualmente me especializo en Estudios de Género y Diversidad (UNSL). 

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