El padre: el laberinto de la memoria

Cultura
Cine

Por Abril Peña

La vejez y la enfermedad, ambos estadios temidos por la gran mayoría de los seres humanos. La traición del cuerpo, y en el caso del protagonista de El padre, de su mente, es una de las peores jugadas que nuestro organismo puede hacernos. Ser una carga para nuestros seres queridos se siente, además, como una doble traición.

En la cinta vemos a Anthony Hopkins, el dos veces ganador del Oscar, interpretar a su homónimo, Anthony, luchar contra su propia mente, ya que presenta síntomas de demencia, mientras vaga perdido entre los diversos cuartos que conforman su hogar en Londres. La segunda estatuilla se la ganó precisamente por este papel, en el que logra transmitir la sensación de pérdida, y cómo al llegar a la vejez, todos nos volvemos nuevamente niños: extraviados y con necesidad de cuidado.

Olivia Colman, ganadora también del Premio de la Academia, da vida a Anne, la hija de Anthony, que tiene la idea de mudarse a Francia con Paul (Rufus Sewell), su pareja, y dado que la enfermedad de su padre ya no le permite valerse por sí mismo, prefiere internarlo en una residencia para adultos mayores o contratar a una enfermera para que cuide de él. Sin embargo, Anthony se resiste a ser ingresado o a que alguien más lo ayude. Incluso llega a ser hiriente con sus palabras para que eso no suceda bajo ninguna circunstancia. Su carácter fuerte y testarudo provoca peleas entre ellos, incluso con su yerno. Así que la convivencia entre los tres se vuelve complicada.

Fotograma de The Father de Florian Zeller, 2020 © Les Films du Cru

Una de las noblezas del teatro es que puede hacer mucho con tan poco: una escenografía escueta, algunas piezas de utilería y, en ocasiones, un solo actor que interpreta múltiples papeles. Algunas veces estos son los únicos elementos necesarios para lograr contar historias complejas donde el espectador pone a trabajar su imaginación y llena esos vacíos. Esta influencia se percibe en el primer largometraje de su realizador, Florian Zeller, quien junto a Christopher Hampton, adaptaron la obra de teatro del mismo nombre. Zeller, escritor y dramaturgo de gran prestigio en Francia, su tierra natal, es el autor de la obra original que pertenece a una trilogía compuesta por otros dos trabajos: La madre y El hijo. 

El director logró que un solo espacio se transformara en sitios distintos, donde el espectador se encuentra perdido tratando de encontrar el sentido, al igual que Anthony lo intenta hacer en su maraña de recuerdos. El departamento no solo funge como tal, sino que en un punto llega a ser un consultorio médico y un hospital.

La confusión que domina al espectador a los pocos minutos de iniciada la cinta corre a cargo de Cathy Featherstone y Peter Francis, los diseñadores de producción, que logran alterar el elegante piso, donde vive Anthony con Anne y su yerno, mediante modificaciones en el color de las paredes, en las lámparas, en los muebles y su distribución; eso en los cambios más evidentes, pero mientras se trata de encontrar el camino entre ese laberinto de realidades alternativas, uno espera recordar algún indicio para saber si lo acontecido en la escena anterior era lo verdadero. La sala con almohadones azules o acaso la cocina con azulejos amarillos o el cuadro con una joven en el campo. La paleta de colores utilizada es una amalgama de tonos fríos, índigos, y cálidos, ocres y terracotas, que revisten no solo el lugar, sino también a los personajes. Es un juego en donde intentamos encontrar las pistas que nos digan qué podemos creer y que no.

Fotograma de The Father de Florian Zeller, 2020 © Les Films du Cru

Aunado a la diferencia en los espacios, la cronología se diluye. El orden de los sucesos no queda claro, dado que en ocasiones se repiten los diálogos y algunos hechos. No hay certezas. 

Contribuyen a la sensación de enclaustramiento los planos cerrados, como los que captan la acción de un personaje desde la vista del estrecho pasillo del apartamento, los primeros planos de los rostros de los actores y el que pocas veces los veamos de cuerpo completo. 

Por otro lado, la película pone de relieve la poca paciencia que se le tiene a las personas mayores, y en un punto, la violencia que se puede ejercer contra ellas, debido a su incapacidad de valerse por sí mismas y de los inconvenientes que pueden llegar a causar a sus allegados, que no siempre tienen una tarea fácil mientras ven cómo sus familiares se desvinculan de la realidad o el desconsuelo que eso provoca si además oponen resistencia para recibir ayuda. 

Durante todo el filme, Anthony está en busca de su reloj, el amuleto que le brinda estabilidad, mientras que las palabras “París. Allí ni siquiera hablan inglés” son repetidas constantemente como respuesta al único recuerdo perenne de que su hija se mudará a Francia con su nueva pareja. Debe ser aterrador comenzar a perder las memorias de tus seres queridos y aún más doloroso olvidarse a uno mismo, pero quizá estas palabras y la búsqueda de un objeto, representan a esa pequeña parte de nosotros que permanece y se aferra a pesar de la enfermedad. Son, tal vez, los vestigios de la vida tratando de adherirse a nuestro cuerpo lo más intenso posible.

Fotograma de The Father de Florian Zeller, 2020 © Les Films du Cru

Abril Peña

Estudio Ciencias de la Comunicación en la UNAM. La plasticidad del lenguaje me maravilla e intimida al mismo tiempo. Si pudiera, aprendería todas las lenguas del mundo. Me encanta el sushi, amo las películas con muchos diálogos y me convierto en la más fan de las fans con cualquier cosa que me cautive. Recientemente caí bajo el hechizo del K-pop. Este año gané el Concurso de Crítica Teatral, Criticón, de la UNAM.

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