La mosca

Creación Literaria
Relato
Créditos de la imagen: Egor Kamelev en Pexels

Por Marcela Chávez

Su abuelo respira sonoramente; ronca, mejor dicho, allí mismo, tumbado en el futón que le fue preparado con antelación, con sus dedos aferrados a las mantas que absorbieron ya su olor, sus molestias y su sudor pesado e incoloro. Esto es resultado de haber acompañado por tanto tiempo al cuerpo cada día más delgado, más venoso… “más gris”, piensa este niño con la nariz a dos centímetros de la mejilla que se muere con el paso de los segundos registrados por el cucú del ave que vive en el reloj desde hace siglos, desde antes de que este niño saliera al mundo cubierto de sangre y se demorara en llorar tres minutos cardíacos en los que su madre ya comenzaba a retorcerse del dolor motivado por la quimera de perder a un tercer bebé.

Entonces este niño se acerca a la mejilla de su abuelo, que ahora le parece más bien purpúrea, lejana de los tonos amarillentos que acompañaron y fueron rasgo distintivo de la piel irremediablemente pegada a los huesos del abuelo. Se acerca sin ninguna clase de disimulo, vacío de los modales, de la educación que el hombre que finge ser su padre deja caer sobre él en forma de monólogo durante cada comida, cada cena, ¿cada desayuno? O tal vez no, pues el desayuno, esas frutas bien frescas y los panes quemados siempre se sirvieron en los brazos duros de su abuelo, sobre los que ahora yacen las más deformes manchas que congenian extravagantes y extrañamente bien con sus ronquidos, y que se han integrado ya a la piel antes amarilla, exhibida con orgullo, toqueteada sin descanso por manos femeninas. Ahora la piel gris no tiene remedio, es de lo que está convencido este niño.

Una mosca, que también revolotea alrededor de la mejilla grisácea y casi muerta, lleva cerca de dos días viviendo holgadamente en la habitación y ya ha aprendido el ciclo de los ronquidos del hombre que descansa en el futón, ya ha olido su aliento enfermo y pestilente, ya ha regurgitado junto a las mantas que intentan resguardar los pies del abuelo, porque él está por irse a un lugar mejor, a ver a la abuela, pero aun con eso es posible que le dé frío, piensan algunos, y la idea de sentir frío cuando la muerte salude los hace retorcerse con escándalo, fracturados, aventajando los achaques de la madre a causa del bebé ensangrentado que tardó minutos en llorar y que ocupó su lugar a un lado de la mierda, como lo ocupa el vómito de la mosca a un lado de las mantas que contribuyen a matar al abuelo, que es lo que cree este niño, y por eso las ha arrojado a la esquina de la habitación unas tres veces antes de ponerse a gritar. Mas los esfuerzos son inútiles, siempre llega alguien al cuarto, siempre esa mirada hosca y los brazos que arropan al abuelo, siempre palpable la falta de modales, falta de educación.

Por eso hay que advertir a este niño, hay que corregirlo: tiene que saber que su abuelo no debe morir con frío, que la abuela lo espera en algún lugar del que nadie tiene la descripción exacta, que a veces es necesario dejar que la gente se muera, incluso auxiliarla. Pero no si se trata de un bebé ensangrentado que no chilla ante las sacudidas y contorsiones de su madre, eso no puede ser.

Así, la mosca y este niño se han convertido en cómplices sin apenas notarlo, sin la consciencia de la existencia del otro: este niño no puede escuchar el discreto zumbido de la indeseada huésped, y la mosca y sus ojos de rendija no encuentran un espacio que asignarle a la expresión curiosa e infantil porque todo lo acaparan las mejillas de gis del abuelo o porque el zumbido es muy bajo para poder escucharlo. Eso lo sabe este niño, porque esta mosca sí tiene modales y a ella no le derraman sermones como sopa, el único alimento que su abuelo todavía digiere.

Y su abuelo ha abierto los ojos, igual de purpúreos que la piel que los recubre.

“Cierra la ventana, que entran moscas”, dice, y se muere.


Marcela Chávez

Vivo en la Ciudad de México y actualmente estudio la licenciatura de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras. Desde pequeña he sentido una curiosidad intensa y un entusiasmo vertiginoso por la literatura y prácticamente todo lo que se relacione con ella. Mi género predilecto tanto para leer como para escribir es la narrativa. En un futuro no tan lejano espero lograr forjarme como escritora y que el proceso de entender cómo funcionan las palabras y aprender a convertirlas en mi voz nunca se detenga.

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