29 de enero

Género

Anónimo

El 29 de enero está marcado en mi alma, en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón y en mi espíritu. Está pegado a mí, no me deja ni un segundo sola, me acompaña a diario e  incluso duerme conmigo. 

Era una noche fría, divertida, alocada y  había tomado dos cervezas. Eran aproximadamente las 6:30 a. m. y ya quería dormir, incluso estaba comiendo galletas. Con quién iba, se salió y dice que le dije que se fuera, pero recuerdo poco de esa noche. Se fue, dejándome sola con quién  en unos minutos se convertiría en mi agresor. Cuando empecé a sentir el peligro, ya era tarde y no había manera que le avisara a mi amiga para que fuera conmigo; bastaron 5 minutos para que me arruinara la vida, para que rompiera a cada uno de los integrantes de mi familia, para que viera llorar a mi papá por primera vez, para que mi mamá tuviera pánico al salir y para que mi hermana tuviera que limpiarme las lágrimas.

Mientras sucedía la agresión, lo único que podía pensar es que “yo me lo había buscado por feminista”, que era lógico que me iba a pasar a mí “porque a todas las mujeres nos debe pasar”, que me lo “busqué” por haberme salido de casa. No paraba, simplemente parecía no saber lo que significaba el no, creí que no le estaba dando la información suficiente; físicamente lo intenté parar, pero sujetó mis manos con mucha fuerza. No había palabras que lo hicieran entender, NADA, era como si yo no existiera y realmente tengo la sensación de que no existí por unos minutos, no me veía a lo ojos, no era una persona en ese momento. Me convertí en el objeto de sus deseos; él sigue su vida normal y al final del día, estaba haciendo lo que le habían enseñado desde pequeño, aprovecharse de las mujeres, tomar su cuerpo cuando él lo quisiera. 

Salí aproximadamente a las 7 a. m. del lugar, ya era de día, no paraba de llorar, simplemente no sentía nada. Les escribí a mis mejores amigos, que son abogados como yo, pero como no podía pensar en eso, les escribí de una manera muy fría, como si les estuviera contando cómo había estado mi día, creo que estaba en shock. Las lágrimas seguían sin cesar, ya eran las 9 a. m. y nada; ahora  sé que es porque en ese cuarto el 29 de enero perdí algo, algo se quedó ahí, aunque aún me cueste trabajo aceptarlo. 

Me dirigí a la Fiscalía, pero simplemente no paraba de llorar, como ahora. Estuve afuera horas esperando saber qué hacer, tomada de la mano de mi alma gemela, que no me dejó ni un segundo. No sabía si llegar a mi casa y hacer como si nada hubiera pasado, solo quería correr de ahí e ir abrazar a mi perrita y que ella limpiara mis lágrimas o enfrentarlo e intentar recuperar algo de lo que me quitaron denunciando. Hoy 30 de junio de 2021 sigo sin recuperarlo. 

Lo que más me ha dolido es que en el Centro de Justicia para las Mujeres, el proceso sigue siendo igual de misógino y de revictimizador como en las fiscalías tradicionales: un supuesto peritaje médico negativo a penetración reciente bastó para que la fiscalía dejara de creerme, para que me dejaran de ver como una estadística de asuntos exitosos, para que me hicieran gaslighting, para que me dijeran que estaba loca, y como a Marisela Escobedo que la mataron 3 veces, a mí me violaron una segunda vez, cuando simplemente se cruzaron de brazos y lo dejaron pasar. 

Nunca olvidaré nada de lo que pasó. Seguro el 29 enero de 2021 será mi fiel compañero por largo tiempo y lo único que espero es que algún día pueda sacar el odio que siento dentro, la tristeza y el dolor. Ojalá pronto pueda salir a la ciudad a romperlo todo, hacer mucho ruido, a decirles a los machitos de mierda que yo sí denuncié y no pasó nada. 

Escribo esto a modo de catarsis y qué mejor que hacerlo en Escritoras universitarias donde siempre ha sido un espacio en el cual me siento abrazada y acompañada. Escribo en anónimo porque no tengo la fuerza aún para hacerlo público, y no sé si ese día llegue, pero sé que mientras los más cercanos se sentarán al lado mío, a acompañarme o hacerme reír, no importa, pero sé que no estoy sola, que mucha gente me cree, que no fue mi culpa, que la ropa que usaba, las señales que le di, que nada de eso importa en un país como este, donde muy probablemente en un rincón de este en este momento a alguien le este pasando a lo mismo y así todos los días.


Nota del equipo editorial de Escritoras Universitarias.
Queremos agradecer profundamente a la colaboradora que nos envió su texto y confió plenamente en nosotras y en este espacio para denunciar lo que vivió. La abrazamos mucho y desde aquí queremos decirle a ella y a las miles de mujeres que sufren abuso sexual y violencia de género que no están solas y que siempre podrán contar con un espacio seguro con nosotras. Nos enoja saber que las mujeres seguimos viviendo en un país donde no sólo estamos en peligro constante por nuestro género, sino también donde las autoridades y el propio Estado continúa revictimizando a quienes sufren agresiones, las cuales se siguen sumando a los altos niveles de impunidad. Jamás dejaremos de exigir justicia para todas.

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