Stalkear

Ensayos ganadores Dharma Books y Escritoras Universitarias

I know myself well enough to say that the searching itself is a particular method:
I look to figure out why I’m looking.

-Lia Purpura, All the fierce tethers



Por Ivana Melgoza Macías
Primer lugar del Concurso Nacional de Escritura para Mujeres Universitarias 2021

Stalkear proviene del verbo “to stalk” en inglés. Según el diccionario de Cambridge refiere tanto a acechar o seguir de cerca los pasos de otro sin ser visto ni oído, como al tallo principal de una planta donde convergen ramas, hojas o frutos. Stalkear suele pensarse como una acción con sentido, como parte de una estrategia o de un acercamiento inminente, Pero cuando navego por el perfil de alguien conocido, un amigo lejano o la exnovia de algún amigo o expareja, le doy click a fotografías de países que no conozco con personas desconocidas y ausentes. No pienso entablar un contacto más allá de esta observación segura y de este morbo autosuficiente de datos sin sentido. Stalkear es también una forma de vagabundeo. Los caminos trazados entre hipervínculos e imágenes tienen algo de azaroso, de dar vuelta en la primera esquina sin pensar demasiado en las razones prácticas de cada decisión. Uno espera descubrir algo sin saber con exactitud qué es aquello que se busca, uno está abierto para que suceda el hallazgo imprevisto. 

Las redes sociales tienen su propia traza urbana: nodos, cruces, caminos transitados, baches, grietas y hasta parquímetros, botes con cemento para apartar espacios de estacionamiento, zonas residenciales, monumentos y centros comerciales. Los peatones y vehículos que transitan estos espacios virtuales también tienen sus propios hábitos. Las velocidades de cada quien o los caminos predilectos para llegar de un lugar a otro se hacen patentes también, y sobre todo, en la navegación por internet. Hay mucho de nuestra personalidad que se cuela en el tiempo que pasamos en un sitio, la imagen que capta nuestra atención, la sección de comentarios que abrimos, el meme o artículo buscado y finalmente hallado ante el cual tomamos unos segundos antes de leerlo para admirar la suerte o habilidad con la que contamos para haberlo encontrado después de todo. 

A veces siento que soy un tanto torpe al cruzar la calle. No cruzo cuando debería o calculo mal las distancias de los coches que se aproximan. Me cuesta atravesar avenidas grandes si no estoy en la zebra o si no hay un semáforo. A su vez, cuando estoy en internet, cierro pestañas que necesitaba abiertas o selecciono contenido o páginas sin querer. Pierdo el hilo de pensamientos que me llevaron a entrar a un sitio en específico y me quedo pasmada frente a la pantalla tratando de pensar por qué tengo Google maps abierto o qué palabra en particular quería buscar en el diccionario en línea. Esas vacilaciones en los umbrales de una página web a otra son el equivalente a descubrirte en el supermercado viendo los congelados o las conservas sin saber cómo es que terminaste en ese pasillo si es que sólo querías comprar manzanas, limones y, tal vez, algo de leche en un principio. 

Esos momentos de indeterminación han sido pensados desde el arte como eventos con una potencia poética latente. Desde el dadaísmo se ha repensaron el errabundeo como un fin en sí mismo. El 14 de abril de 1921 fue organizada la primera incursión urbana para explorar espacios azarosos y triviales de la ciudad. A partir de este tipo de ejercicios artísticos al aire libre, las derivas comenzaron a encontrar un lugar, cada vez más establecido, en el mundo del arte y de las vanguardias de inicios del siglo XX. Con esto se le atribuyó una carga estética ya no sólo a un objeto, sino también a un espacio, a una relación y a un paseo en conjunto. Así como el Dadá respondió a la creciente industrialización y crecimiento de la ciudad a través de prácticas para vivenciarla, perderse y aproximarse a sus calles —cada día más ajenas en apariencia—, las generaciones que se han enfrentado al vertiginoso avance de la tecnología y las redes sociales en los últimos años, responden a las mismas a través de pequeñas prácticas íntimas como lo es el stalkeo. La desacralización tanto del arte, como de la tecnología pensadas como conceptos o instituciones monumentales, ajenas y desconocidas se lleva a cabo a través de dichos ejemplos de prácticas cotidianas: la deriva y la vivencia en el arte y las redes sociales como un proceso en el cual estamos implicados.

La Internacional Situacionista, grupo artístico que surge en 1957, comparte la noción de ciudad como un espacio lúdico de experimentación. Se centran en la vivencia de los espacios más allá de sus aspectos funcionales. Les interesan las nociones de nomadismo y confrontar concepciones meramente utilitaristas de la ciudad. En este contexto, Guy Debord publica en 1958 la Teoría de la deriva, texto en el que plantea la estrategia de la deriva como un ejercicio artístico de indagación del contexto urbano. La presenta como “una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos”. Dicho ejercicio puede durar un día o unos minutos y puede abarcar una ciudad entera o una habitación. En este sentido, el acto de stalkear en redes sociales comparte las cualidades de dicho paseo ininterrumpido y abierto por espacios virtuales. Así, se experimentan otras formas de habitar las dinámicas convencionales de interacción en la web. Las potencias expresivas de perderse seleccionando contenido al azar pueden conducirnos a espacios que nos descentren y nos inviten a volver cercanos algunos sitios que hemos dejado inexplorados o que no nos hemos permitido encontrar o ser encontrados por ellos.

Uno espera descubrir algo
sin saber con exactitud qué es aquello que se busca,
uno está abierto para que suceda el hallazgo imprevisto. 

Walter Benjamin, en el Libro de los pasajes, menciona que “importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. A su vez, perderse al transitar entre perfiles ajenos no es un ejercicio innato que practiquemos como quien comienza a masticar o a comer alimentos sólidos. Cierta dificultad y torpeza inicial nos acompañan. Prueba de esto son los primeros errores o tropiezos: un like que se nos escapa o el seleccionar una página que nos aleja, sin quererlo, del perfil o de la información deseada, lo que nos obliga a tener que volver a empezar desde un inicio la travesía de la que ya llevábamos un largo trecho recorrido. Es común, en estas primeras exploraciones, el ciego interés por querer encontrar algo en específico o el pretender contar con un itinerario establecido. Uno cree que el stalkeo es lineal, que nos lleva, como si fuera un camino ya trazado por otros a un destino en específico. El problema, a veces, es pensar precisamente que el stalkeo es como una peregrinación, que hay algo a lo que nos dirigimos y que este punto de llegada tiene un aura divina de verdad. Pensamos, “si tan sólo llegara a la imagen o al dato preciso…” pero, es cierto, muchas veces no sabemos con exactitud cuál es esa fotografía hipotética que juramos necesitar. Con el tiempo, aprendemos a conducirnos con mayor naturalidad en los ecosistemas virtuales, a comprender sus componentes, sus atajos y sus pausas. Stalkear, también, es aprender a manejar. Poco a poco se vuelve más fácil perderse, pero también volver a los espacios propios e, incluso, ver algo de familiar en lo desconocido. Como mencionan los situacionistas: “Habitar es estar en casa en todas partes”. Porque al final, se trata del mero ejercicio puesto en práctica, de ese arte de perderse del que nos hablan Benjamin y, en esa misma tradición, Rebecca Solnit: 

Aquello cuya naturaleza desconoces por completo suele ser lo que necesitas encontrar, y encontrarlo es cuestión de perderse. La palabra lost, «perdido», viene […] del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo.

Walter Benjamin delinea el personaje del flâneur como este nuevo sujeto de la modernidad que vagabundea por las ciudades sin un rumbo determinado y guiándose a través de lo inesperado y lo absurdo. Algo de esto se traslada al stalkeo cuando abrimos artículos o tests sin sentido. Buscamos “qué clase de pan dulce eres según tu signo”, videos de perritos que se persiguen la cola o artículos científicos sobre planetas enormes y desconocidos que no sabemos distinguir del todo cuando volteamos a ver el cielo de noche. No sabemos con exactitud por qué terminamos en ciertas esquinas y umbrales de la web pero, al asumirlo como un ejercicio natural de desvío e improvisación, comenzamos a permitirnos cierto disfrute dentro del mismo: algo cercano a una libertad olvidada de la infancia, un juego que se basta a sí mismo. Cuando no percibimos el stalkeo a través de la culpa o el error, podemos comenzar a aproximarnos al mismo como una exploración valiosa y pertinente de nuestro entorno virtual. Esas intuiciones se encuentran en sintonía con lo que Francesco Careri escribe en Walkscapes acerca de un “espacio a indagar por ser familiar pero desconocido, tan poco frecuentado como evidente, un espacio banal e inútil”. Si nos comprometemos con este ejercicio conseguiremos descubrir nuevos aspectos velados de nuestra subjetividad. Como niños que dibujan casas con ventanas amplias o estrechas y árboles frondosos alrededor de las mismas para entregar a un psicólogo que ve por encima del hombro sus trazos, un registro de un stalkeo semiconsciente de dónde y por qué seleccionamos las páginas o perfiles por las que optamos puede resultar en una psicogeografía virtual íntima y compleja. Más allá de un estudio psicológico o de una investigación de mercadotecnia sobre públicos, los mapas y las preferencias que trazamos en las redes sociales pueden dar como resultado una mayor cercanía con nuestros deseos y potencias corporales. La web nos continúa y nos afecta así como cualquier ciudad nos prolonga y conmueve. “El espacio aparece como un sujeto activo y vibrante, un productor autónomo de afectos y de relaciones.” concluye Careri al respecto.


La intuición toma la delantera cuando se trata de errar por terrenos poco conocidos: espacios virtuales y perfiles ajenos. Los gestos, el cuidado en no darle “me gusta” a ninguna imagen y la expectación de publicaciones un poco desordenadas forman parte de un ritual que puede sentirse incluso acogedor. Esto, debido a la distancia que provoca respecto de las responsabilidades y tareas cotidianas que se postergan en aquel ejercicio de espionaje. Stalkear es una actividad ociosa, forma parte del complejo ejercicio de la procrastinación que, dentro de un sistema económico capitalista, es visto como una traba o un estorbo incómodo para el continuo consumo y producción de bienes materiales. Por lo mismo, stalkear puede ser una cierta forma de resistencia frente a un mandato de producción incesante que censura el reposo o deja en una zona marginal el trabajo de cuidados y de procuración de uno mismo y de nuestro entorno. En El derecho a la pereza, Paul Lafargue insiste en la necesidad del descanso, la pausa y la siesta. Menciona cómo “los proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad en las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo social”. El silencio, el ocio y la pérdida de tiempo son ya no sólo refugios contingentes de la vida cotidiana, sino amparos necesarios frente a la deshumanización de los sujetos por el trabajo. En este sentido, la procrastinación que brinda el stalkeo habita un estado indeterminado entre la completa inacción o quietud y el hecho de hacer una actividad que parecería burda o sin sentido. El absurdo aquí funciona como una estrategia para desmitificar el trabajo visto como una forma de superación personal. Al final, comprendemos que lo que termina por darle valor a nuestro día a día no son los conceptos inmensos y ajenos de progreso y competencia constantes, sino los pequeños actos de encuentro que establecemos entre nosotros cuando, por ejemplo, accedemos a un perfil ajeno y navegamos un rato sin demasiada preocupación por publicaciones o fotografías compartidas. Bien decía Jenofonte “el trabajo ocupa todo el tiempo y con él no hay ningún tiempo libre para la república y los amigos”. 


Al stalkear procuramos, por lo general, a nuestros seres queridos, como cuando alzas la mirada del trabajo o la lectura para prestarle atención a tu entorno. Es un gesto común y breve en el cual recuerdas que estás situado en una realidad que te circunda y que, a su vez, te llama. Si estás acompañado sonríes o finges que fue tan sólo un reflejo, si te encuentras solo o sola, atiendes a los objetos que te rodean como si ellos mismos tuvieran una capacidad de escucha o habla latentes y estuvieran a punto de decirte algo. Stalkear, en este sentido, surge como ese mismo gesto de atención momentánea, pero se prolonga indefinidamente dependiendo del interés o de la curiosidad que provoque en ese momento. Sucede que te acuerdas de algún conocido del que extrañas cierto intercambio insustancial de saludos cotidianos y del que pensaste que podrías haberte hecho cercano con facilidad, pero que nunca lo hiciste o te cuestionas qué habrá sido del amigo con el que ya no hablas y que probablemente se casó con su novia de la preparatoria. Los buscas en un arrebato inconsciente de necesidad. No sabes por qué pero necesitas confirmar si están bien, si siguen visitando los mismos bares o si no han adquirido alguna enfermedad exótica e incurable. Ingresas sus nombres en el buscador y haces una rápida y concisa exploración de los datos más importantes para estar seguro o segura que ahí siguen, que su existencia continúa sin alteraciones trágicas relevantes y que, tal vez, permanezcan así por un tiempo más. Probablemente la otra persona ignora estos arranques involuntarios de preocupación aunque probablemente, también, los comparta. Una red imperceptible de vistazos mutuos de vez en cuando nos une con sujetos que se distancian entre sí hasta borrarse del mapa. Algo compartimos, sin duda, con la basura espacial. Restos de satélites que se entrechocan y se vuelven a perder en un peregrinaje azaroso alrededor de la órbita de la tierra.


Sucede algo parecido al stalkeo cibernético cuando te asomas por la ventana y alcanzas a captar la televisión encendida en el edificio de enfrente o una silueta que apaga la luz o un gato recostado en la orilla de una ventana. Esos escenarios parciales comparten con la búsqueda en internet la misma sensación de ver sin ser visto. Uno se olvida de la posibilidad de que alguna mirada pueda establecer contacto o responder a este cuerpo que contempla las ventanas a su alrededor como espacios abiertos de sentido. El observatorio por excelencia es la propia casa, en apariencia, infranqueable. Pero se nos olvida que siempre hay un punto ciego: una silueta en alguna azotea que sube a tender la ropa, pasa la vista por los edificios a su alrededor y, sin que lo sepamos, nos observa por un par de segundos. Uno estudia o lava los trastes sin prestar demasiada atención a esa mirada que nos encuentra o nos busca cada que sube a tomar el sol. 

Frente a mi ventana hay un edificio de seis pisos habitado; lo sé porque cada noche veo sus ventanas prendidas. Suelo registrar los hábitos de sus inquilinos: el piso de departamentos que más se desvela o quién se levanta a las seis de la mañana entre semana. Son presencias que supongo gracias a la luz que reflejan. Siento que, al final, somos puntos de luz intermitentes que en raras ocasiones coincidimos pero que nos vamos conociendo desde la lejanía o desde eso que llama Roberto Juarroz como “las equidistancias de estar juntos”.

En la serie de fotografías Área (2000 – 2012), Luz María Bedoya captura partes aisladas de la fachada de un conjunto habitacional en Lima, Perú. La serie consta de veintiún fotografías en blanco y negro impresas en tinta sobre papel de algodón. Las escenas suceden, en su totalidad, durante la noche. La cámara mantiene una leve lejanía frente a la fachada del edificio fotografiado, lo que permite observar ciertos detalles del interior de los espacios sin alcanzar a distinguir del todo los gestos de sus habitantes. La vista en esta serie es parcial, sólo se pueden atisbar fragmentos inconexos de las habitaciones. No hay acciones precisas y en casi todas las fotografías los sujetos están solos en espacios relativamente amplios; sus acciones, en todo caso, se encuentran inacabadas. Las actividades suceden en zonas mínimas del encuadre, el resto de la composición se encuentra, en apariencia, vacía. El color negro cubre toda superficie que no esté iluminada: es un silencio visual importante que produce un espacio significativo entre los departamentos. Cada que me asomo por mi ventana pienso un poco en esta obra y en cómo todos nos agazapamos en pequeños hogares diminutos donde se cicatriza la luz de la ciudad, como un cuerpo enorme repleto de piquetes incandescentes. 

Merleau-Ponty en El ojo y el espíritu considera que “ver es tener a distancia”. Cuando stalkeo en redes sociales, siento que poseo algo de eso que emana en las fotografías, que sé algo sobre esos viajes o relaciones de pareja que compartieron mis amigos cuando ni siquiera los conocía. Puedo leer los comentarios un poco torpes e ingenuos de cada una de las diversas versiones de la adolescencia que viví y compartí con otros; ver las imágenes con cientos de filtros y textos superpuestos que decían frases, ahora obsoletas, sobre la amistad. Regreso a ciertos perfiles como parte de una arqueología íntima en donde comparo los cambios y el proceso de adulteración al que nos hemos sometido, día con día, sin saber el porqué de ciertos memes o de algunas felicitaciones de cumpleaños sin responder. Puedo distinguir cómo las oleadas de los años dejan marcas como sedimentos por capas a lo largo de un mismo muro de publicaciones. 

En la obra Investigación y presentación de todo lo que permanece de mi infancia (1944-1950), Christian Boltanski trabaja desde el archivo como un contenedor de narrativas parciales y porosas. En este sentido, considera que Facebook e Instagram tienen la capacidad de “preserve(s) oneself whole, keeping a trace of all the moments of our lives, everything we’ve said and what’s been said around us.” (preservarse a uno mismo completo, manteniendo el rastro de todos los momentos de nuestras vidas, todo lo que hemos dicho y lo que se ha dicho en torno nuestro). Registra así, una serie de imágenes de perfiles ajenos en las redes sociales mencionadas. Ronda en torno de las narrativas que se pueden entrever en la información y datos compartidos. ¿Qué se nos permite distinguir y qué especulamos acerca de las vidas de desconocidos en las redes? La serie de capturas de pantalla que desarrolla Boltanski refiere a una reflexión acerca del internet como un archivo que tiende al infinito y que se encuentra en constante crecimiento. Como partículas de polvo y tierra que se compactan con el tiempo hasta formar montañas, cada pixel conforma, poco a poco, un desierto que parecería que nos fuera a rebasar en términos de dimensión y de tiempo. Miles de perfiles de personas fallecidas flotan como extraviados a lo largo de la red. Siempre me he preguntado qué sucede con todas esas cuentas de las que nadie guardó la contraseña, con los perfiles que se vuelven ofrendas o con los cientos de servidores en cuartos enormes llenos de cables que guardan datos de personas muertas, ¿son estos también panteones? Porque todo lo que se archiva y se acumula en las redes se traduce en términos matéricos y como menciona Ian Hodder, al hablar de la interdependencia que tenemos con los objetos, y reformulando la cita de Marshall Berman: “all that is solid does not melt into air” (todo lo sólido no se desvanece en el aire). Nuestras cenizas digitales se congregan junto a otras miles de cenizas virtuales de otros miles de perfiles ajenos que requieren energía y emanan cierta luz.

Puedo distinguir cómo las oleadas de los años
dejan marcas como sedimentos por capas
a lo largo de un mismo muro de publicaciones.

Dentro de ese deambular por redes sociales, llego por mera costumbre o hábito a stalkear mi propio perfil. Aquí juego a ser otra, me cubro con una mirada ajena y pretendo ser alguien más. Doy click en los vínculos que creo que le interesarían a esta otra persona que me invento para verme. Planeo una simulación entera para distanciarme de mi propia imagen. Este proceso de visionado se asemeja al ejercicio de contemplarse en un espejo por un lapso relativamente largo de tiempo. Los pliegues del rostro se vuelven montículos con bordes extraños, los lunares se mueven de lugar, la piel vibra en una superficie externa y desconocemos ese conjunto de cerros de carne y músculos que cobran vida al aislarse del conjunto de nuestro organismo. Alain Buisine retoma a Sartre para describir este proceso: “Mirándose a uno mismo durante mucho tiempo en el espejo, el sujeto petrificado asiste al retorno obsceno de una carne que está más allá de todo sentido”. Así, al regresar a ciertas imágenes o publicaciones, uno atiende su pasado desde una posición de mira impropia. Aquella persona frente a la pantalla que comparte tu nombre y sobrelleva un duelo, se reconcilia con alguna pareja o se muda de casa, toma tu identidad prestada en lo que dura el ejercicio de investigación y relectura que significa stalkear tu propio perfil.


En ocasiones, el stalkeo tiene como cimiento el deseo hacia una persona o una mera emoción un tanto vaga de curiosidad sin límites ni objetivos claros. El objeto de estudio puede ser un evento particular o un cierto periodo de tiempo. Puede ser, a su vez, una fotografía, un comentario o una interacción (un like, un retweet, el hecho de que alguien bloquee a otro o que simplemente lo deje de seguir). Parafraseando a Borges, en las grietas está el stalkeo. Es en los gestos mínimos o en los datos que sólo en apariencia son intrascendentes donde se dejan transparentar los aspectos medulares de lo sucedido.

Ingreso al perfil de una ex pareja de la persona con la que salgo ahora como Kim Addonizio entra a una cafetería en el poema “Intimidad”: “La mujer en el café preparando mi capuchino —ojos negros, cabello rojo teñido, / camisa de cuello de tortuga sin mangas— solía ser amante del hombre con el que salgo ahora. / Ella ignora quién soy; no nos conocemos, y sin embargo no puedo observarla / de manera casual, como solía hacerlo, antes de enterarme”1. Busco entre sus publicaciones pasadas una pista de algo que no sé cómo concretar, algún guiño que le dé sentido a esta búsqueda de nada en específico. Recopilo información innecesaria, fechas del año pasado, respuestas sin contexto, interacciones que coloco frente a mí antes de dormir como si pudieran decirme algo sobre mi propio futuro. Sé que mi presencia aquí es inestable, que tengo que recorrer este fragmento del espacio virtual con la velocidad y el cuidado precisos para no tropezar y dejar alguna marca que evidencie mis tránsitos al margen de estas publicaciones. Es tal la atención sostenida y la capacidad para descartar información irrelevante y detenerme unos segundos en el contenido adecuado que puedo sentir casi como si la otra persona supiera que estoy aquí pero, como sigue Addonizio: “Ella podría estar pensando en cualquier cosa; ¿por qué, ahora, tengo la súbita sospecha / de que ella sabe, que puede sentir cómo la estudio, cómo trato de imaginarlos juntos?”. Y, a la vez, es como si supiéramos que este ritual nos pertenece a las dos. Que ella también ha compartido esta sensación particular en la garganta, el mismo cuidado al teclear nombres de personas ajenas y este nerviosismo de estar a punto de descubrir el hilo negro de la historia, la información precisa que produzca el desenlace final y libere a los personajes del conflicto.

Tengo en mente a la persona con la que estoy saliendo y no puedo evitar sentir que en algún lugar de la cuenta por la que ahora navego podrían estar las palabras que prefiere usar para alejarse y ahuyentar el daño colateral, los gestos con los que se rodea cuando sabe que algo está a punto de quebrarse. Busco esas palabras o la estela que acostumbran dejar, como si ya hubiera sucedido lo que ahora nos pasa —este no saber por qué nos distanciamos poco a poco y dejamos que los mensajes de texto se agrieten como muebles de madera con demasiada humedad—. Tengo la absurda seguridad de que, con los datos adecuados, podré prever la separación inminente para así, evitarla. Trato de identificar en qué parte de la relación suelo comenzar a stalkear para construir una narrativa segura sobre algo que desconozco y reconocer, con esto, el momento en que comienzo a desear algo que se ausenta.

Mientras termino de leer las últimas publicaciones importantes veo que la chica a la que stalkeo se conecta y pienso en el final del poema de Kim Addonizio: “¿Así que qué es aquello que siento mientras ella vierte el expressso negro en la leche, / y empuja la taza hacia mí, y le doy el dinero, / y nuestros ojos se encuentran por apenas un segundo, y nuestros dedos se tocan?”. Entonces entiendo que también puede haber ternura en esto de buscar complicidad en otros perfiles o que incluso puede surgir la caricia como parte de este ritual al que me entrego cada cierto tiempo, cada que necesito comprender algo que se aleja. 

Es en los gestos mínimos o en los datos
que sólo en apariencia son intrascendentes
donde se dejan transparentar
los aspectos medulares de lo sucedido.

Como una certidumbre velada, una seguridad ficticia o un encuentro a la distancia, creo que el stalkeo puede resultar en un gesto valioso que propicia una cercanía compartida. Porque stalkear también significa el tallo donde se unen las extremidades de una planta y, si es recíproco, puede surgir como otra forma de estar juntos.


1La traducción fue realizada por la autora del ensayo


Ivana Melgoza Macías

Estudia Historia del arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Publicó el poemario Gestos (FEDEM, 2017) y ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el curso de creación literaria Xalapa 2017. Le interesan las nubes, la ternura, el pan y los bloques de hielo derritiéndose en las calles de la ciudad.

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