Entre senderos y retales

Ensayos ganadores Dharma Books y Escritoras Universitarias

Por Bárbara Guadalupe Contreras Gómez
Segundo lugar del Concurso Nacional de Escritura para Mujeres Universitarias 2021

I. De la sensual fascinación a fragmentarse en palabras

Hace poco descubrí a la escritora mexicana Margo Glantz en un intento de lo que, ahora reconozco, fue más bien una búsqueda desesperada por encontrar textos de una mujer en los que pudiera reconocer mi propia escritura. Me escudé académicamente bajo una supuesta investigación para encontrar el hilo de la escritura fragmentaria de las mujeres en México. Hasta entonces siempre había supuesto que mi escritura estaba incompleta, que los fragmentos de textos que arrumbo todos los días en el fondo de las cajas de zapatos no son otra cosa que vanos intentos de textos de largo aliento, evidencia de mi incapacidad de escritura más allá de una o dos páginas cuanto mucho. Mi descubrimiento me llenó de la misma emoción que recorría mi cuerpo cuando de niña en el kínder me topaba con un insecto, y pensaba que era la primera en descubrir esas alas de color verde metálico. ¡Glantz escribe fragmentos!

Anteriormente ya había tenido un acercamiento a escritores que manejaron el fragmento, pero con ellos sentía que mis escritos no estaban completos, que no tenían ni pies ni cabeza. Cuando una lee a sus autores favoritos o los que han sido relevantes en su vida, entiende que pueden escribir cientos de páginas con una sola temática. Cuando una visita algún museo y se encuentra con alguna exhibición de los manuscritos de esos escritores, los rodea un halo de solemnidad con el cual una se siente incapaz de llegar al mismo nivel que ellos. Entonces podemos llegar a pensar que cuando un escritor como Fernando Pessoa se acerca al fragmento lo hace con la intención de jugar con él. No es vital escribir de esa forma. Mas desde que diálogo conmigo misma, es decir, desde que más o menos puedo poner sobre el papel lo que pienso, es que puedo reflexionar cómo el fragmento me mantiene viva.

Al fragmento tendemos a pensarlo como la parte de un todo. Por eso creemos que es algo que está descompuesto, que forma parte de algo que se ha quebrado. Si uno va a un diccionario lo puede confirmar, ya que esa es la definición. Es ese pedacito de espejo que nos dará siete años de mala suerte y por el que nadie quiere tocar nunca las cosas que pueden llegar a fraccionarse. Cuando Margo Glantz presentó sus escritos por primera vez a Agustín Yañez éste le mencionó que sus textos eran buenos, pero no estaban del todo bien, que se asemejaban más a “perlas de un collar sin engarzar”. Así lo relata ella en varias entrevistas, donde comparte también que eso la paralizó en la escritura. El fragmento se le presentaba como un texto no tan positivo desde la visión de una figura varonil de autoridad y Margo no volvió a escribir sino hasta que fue mucho más adulta.

Escribo fragmentos por varias razones. Una parte es definitivamente debido a la falta de tiempo y otra buena parte, porque así me acostumbre. Yo no quería ser la típica adolescente que se sienta durante sus recesos a escribir quien sabe qué, esa niña a la que el chico molesto de clase de pronto le arrebata sus escritos y ya no se los regresa, o en el peor de los casos, se los regresa rayados. Tampoco quería ser esa adolescente en el sillón con un cuaderno o un libro al que su familia le exige constantemente que se levante a hacer algo porque la ven sin hacer nada. No, yo quería que la gente no se metiera con mis escritos, así que guardaba la idea todo el día en mi cabeza para mantenerla a salvo y hasta que no encontraba un lugar propicio para plantarla y dejarla crecer, me rehusaba a dejarla salir. El único problema es que el momento para finalmente ponerla en tierra era breve, por lo que mis movimientos debían ser rápidos y precisos. Luego dejarla un poco a su suerte porque había otras cosas que atender. No entendía que algunas plantas requieren de condiciones mínimas para subsistir, como regarse con cierta regularidad, ponerles abono, cambiarles la tierra.

Así me fui haciendo a la idea de que yo tenía un problema con los textos largos y que, por lo tanto, no sabía escribir bien. Jamás podría plasmar mis ideas como mis escritores favoritos. Además, sus temáticas eran diferentes a lo que yo narraba. Ni de chiste podría seguir su camino. Por eso me sentía incompleta. No creía que el fragmento fuera texto real.

Las perspectivas cambian conforme envejecemos. Últimamente considero que romper cosas puede resultar liberador. Como esa escena en la serie de Sex Education en el que las chicas protagonistas se reúnen para ir a una especie de basurero y destrozar objetos. En ese sentido, puede que el fragmento también marque el inicio de la ruptura.

Hasta antes de encontrarme con Margo, solo tenía trozos y páginas sueltas, ¿cómo es que eso me iba a servir de algo? Ahora reformulo mi pregunta, ¿cómo es que no me iban a servir para algo, Margo? Quizá me sirven para cobrar fuerza y hablarle de tú al mundo. Para llamarle así, Margo y no Nietzsche, ni Blanchot, porque se me vayan a volver a morir si se me sale el Federico o el Mauricio. Y poderle decir sí, yo también veo con claridad los detalles, veo esas partes abyectas del cuerpo con fascinación, el cabello, los pies y la sangre, rememoro los aromas, evoco momentos que se desenvuelven cuadro a cuadro, recuerdo lo salado y me fijo en la gota de sudor sobre la espalda. Guardo en mi memoria las minucias y las vacío sobre el papel. Decirle, Margo sí, a mí también me dijeron que si redundaba mucho en los detalles de las cosas acabaría por aburrir, por lo que los escondí en cajas de zapatos. Nunca he podido evitar posar la mirada sobre algo y después dejarme arrastrar por una pequeña corriente que me lleva hacia los charcos de mis pensamientos. De pronto ¡slap! Ya brinqué a otra temática. ¡Slap! Un brinquito hacia otra cosa. Oraciones, frases y ¡slap! Caigo en el brote de un manantial. Solo hasta que te leí pude comprender que de la unión de los charcos pueden nacer lagunas y de retales pueden surgir las colchas que abrigan. Las abuelas lo sabían y se sentaban a tejerlas mientras nos narraban historias de su vida, una a la vez, fragmentadas.

II. Generalidades de una rana.

Guanajuato es, como lo decía mi libro de texto gratuito de primaria, un nombre que proviene del chichimeca y que significa “lugar montañoso de ranas”. Todavía recuerdo que de pequeña hojeaba el que le dieron a mi primo, el más grande. La edición de 1989 en la que venían tantas ilustraciones como fotografías. Si mi memoria no me falla, estaba la imagen de una rana de piedra y ahí recordé que fueron los chichimecas los que convivieron con ellas, porque la ilustración que acompañaba la descripción era preciosa.

Recuerdo también que hubo un tiempo donde el sistema de transporte urbano intentó modernizarse. Para pagar pusieron en cada unidad una máquina que arrojaba boletos blancos en los cuales podía verse el diseño de unas curiosas ranitas impresas sobre un papel más grueso que aquellos que tuvieron los boletos anteriores. Quizá fue porque éramos niños, pero en la escuela competíamos por coleccionarlos. La basura de los adultos era un tesoro para todos nosotros. Yo los coleccionaba porque me gustaban las ranas dibujadas. Sin embargo, el servicio y la máquina pronto quedaron obsoletos debido a la pésima implementación del proyecto. Regresaron aquellos boletos coloridos y frágiles que recuerdan a las fachadas de las casas de la ciudad, esas por las cuales los extranjeros que visitan nuestras tierras quedan fascinados

Algunas veces, los turistas suelen decir que también quedan maravillados con las lluvias torrenciales de finales de invierno. Les sorprende ver como los callejones se vuelven ríos, y la calle subterránea, una Venecia mexicana. Lo que es un tesoro para ellos es un mar de problemas nosotros, los que aquí vivimos. “Febrero loco, marzo otro poco”, decía mi abuela antes de darnos el paraguas obligado antes de salir de la casa porque tenía ya su ritual de cabañuela más que dominado. Mas hace ya un buen rato que la profecía de la abuela no se cumple y en Guanajuato no llueve ya o llueve mucho menos de lo que se espera. Todos sabemos que este es un lugar semiárido. Debido a las condiciones geográficas entre los cerros, los valles y las llanuras nuestro clima es así, pero no recuerdo que un periodo sin lluvia se viera tan prolongado.

Así que una ya no puede ir a los cerros a convivir con las ranas, ni meterse a los charcos que se formaban con el agua de lluvia para andar entre renacuajos. Todo es cada vez más escaso. El agua y las ranas siempre me han fascinado. Pero quedan pocas corrientes que bajen cual ríos furiosos por fuera de mi ventana entre las cuales, absorta por el movimiento, me deje fluir. Ya no se forman charcos para que mis ideas tengan cola y patas al mismo tiempo, y anfibias gocen libertad entre la memoria y el papel. Ya no hay febrero en el que hidratarse, ni marzo en el cual seguirse desquiciando. En una entrevista para el periódico El País, Margo Glantz menciona que si se tiene mucha cautela al momento en que se anota una ocurrencia, entonces es muy posible que se entregue madura. Es decir, que tendrá las patas, pero ya no la cola. Si ya no llueve en Guanajuato quizá debamos seguir el consejo de Margo y tener cautela. Abandonar la cola para sobrevivir a la sequía para que las ideas no dejen de brincar. Tal vez se refiere a la posibilidad de adaptación. Después de todo ya lo diría Aristófanes: “¡Ranas! Emulas de los cisnes.” Y yo sigo escribiendo así.

 Mas desde que diálogo conmigo misma,
es decir, desde que más o menos puedo poner
sobre el papel lo que pienso,
es que puedo reflexionar
cómo el fragmento me mantiene viva
.

III. El cuello del cisne

Que le tuerza el cuello al cisne de engañoso plumaje, que ponga el ojo en el charco de mi propia tinta y me deje de academicismos, me invita Enrique González Martínez. Pero es que yo no lo puedo tomar siquiera porque me tiemblan las manos. A mí me enseñaron que a la palabra no se le sostiene ni la mirada, ya que muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. Lo más cerca que estoy del cisne es emularlo, soy rana.

Este charco, ya lo dijo Jorge Ibargüengoitia, es un lugar en ruinas, fragmentado. Solo me es posible entenderlo a través de las palabras. Desde que tengo uso de la palabra escrita he buscado formas de entender mi entorno que me pongan un poco más cerquita de lo que siento y no sé cómo explicarlo. 

Como buena cuevanense, durante mi infancia asistí muchos años a las sesiones de catecismo, las que en su tiempo bebía con demasiado interés. En el Génesis se relata cómo todo el universo surge a través de la palabra, como todo cobra relevancia mediante ella. Se invoca o se maldice y nunca hay que nombrar al dios en vano. Siempre me ha parecido curioso que el nombre del dios en la tradición judeocristiana esté solo conformado por las cuatro consonantes YHWH, porque es lo suficientemente sagrado como para ser pronunciado. Alguna vez leí que los primeros patriarcas del pueblo de Abraham lo escribieron de esta forma a propósito para evitar que alguien lo usara sin más. Me parece curiosa toda la definición etimológica que hay detrás del tetragramatón (que es como se les conoce a las cuatro consonantes, palabra que por cierto me parece que bien hubiera podido usar Lovecraft para cualquiera de sus entidades externas), por ejemplo, el hecho de que su traducción solo pueda pertenecer a la tercera persona del singular: El que todo lo ve, el que todo lo oye. Quizá es el distanciamiento que se pone entre el enunciador y lo que se enuncia, lo que me hace relacionarlo con las entidades externas lovecraftianas, después de todo, ninguna tiene forma y está más allá de la comprensión humana.

Por eso me gusta la palabra, porque mediante ella podemos colocar un poco de orden en el caos de cosas que incluso no logramos entender del todo. Lo que no me gusta es este temblor en las manos cuando intento asir al cisne por el cuello. Nunca sé si lo estoy haciendo realmente bien, ¿cómo se supone que debo hacerlo? Luego hay palabras con las que no me termino de sentir del todo cómoda por el sujeto que las enuncia. Por eso, a veces me identifico con Eduardo Oligoecha, el médico de la novela de Cristina Rivera Garza, Nadie me verá llorar, quien se deleita con algunas palabras dependiendo del caso que esté tratando en el manicomio de la Castañeda. Nuestra diferencia radica, quizá, en que él repudia la palabra delirio. Al final, puede que mis palabras solo me sirvan para darme significado, pero no puedan conducir a nada más. Después de todo, para cada uno, las palabras cobran significados múltiples aun y cuando nos quieran hacer creer que sus definiciones permanecen fijas en el diccionario.

Ethel Krauze dice en Cómo acercarse a la poesía que un crítico es a un botánico lo que a un escritor un jardinero y, admitámoslo, a no ser que uno haya asistido a una escuela con pedagogía Montessori, a nadie nos dan clases de cómo ser buenos jardineros. Eso se aprende en la práctica, después de que una, dos o veinte plantas se nos mueran porque no supimos dar la cantidad suficiente correcta de agua. Hay plantas que mueren por exceso o porque se nos olvidó regarlas. Conocemos que el agua es fuente de vida, pero no somos conscientes de cuánta. Hasta que un buen día nos sorprende un dolor enorme de cabeza y resulta que es por deshidratación, pero no del tipo de una resaca de fiesta. Es que hemos olvidado regarnos. Nos enseñaron, como bien apunta Ethel, a nombrar a las plantas en latín, pero no cómo hacer y mantener nuestro propio jardín.

Yo no sabía, además, que los diversos tipos de dolores de cabeza se extienden a lo largo del cerebro en conjuntos. Si lo pienso bien esto tiene mucho sentido, ya que nuestras células neuronales forman conexiones en curiosas imágenes de racimos y raíces. Resulta, entonces, que tenemos una especie de jardín interno al que hay que estar procurando y cuidando. En mi jardín hacen falta más plantas si quiero que aquí llueva pronto y poderme adentrar a los charcos de nuevo. En el agua no me tiemblan las manos. Tal vez desde ese sitio pueda tomar el impulso necesario para brincar y asirme al lomo del cisne, en lugar de tomarlo del cuello con mis patas anfibias.

IV. Lechugas hidropónicas

La etimología de hidropónico hace referencia a algo que está cultivado en el agua. Las lechugas que crecen con esta técnica buscan algo a lo que asir sus raíces, para ello se coloca un poco de arena o grava al fondo del lugar en el que se estarán. El resto es solo agua. Es todo lo que conocen.

Cuando yo tenía trece años conocí a Gustavo en la secundaria y, amén del curioso juego de palabras, nos gustábamos. Si bien es cierto que en un principio no me pareció tan atractivo, me dejé llevar por el hecho de que alguien se fijara en mí. Nuestra mayor convivencia era de camino a la escuela y de la escuela a nuestras casas. No había otras oportunidades en el día en que pudiéramos coincidir. Así que guardaba en mi memoria todos los detalles que podía y hacer de ese momento algo mío. Poco más de una década ha pasado de aquellos momentos, y siguen estando vívidos en mi mente.

Muchas veces me he preguntado por qué sus recuerdos siguen despertando en mí imágenes tan claras, y sin embargo, no me acuerdo de lo que comí ayer. Si bien es cierto que todas las teorías son susceptibles de ser reevaluadas y es necesario ser críticas con ellas, a mí me sigue pareciendo fascinante la que habla sobre la memoria, de Federico Bartlett. Primeramente, porque no puedo olvidar que justo el día de esa lección, durante la clase de Introducción a la Psicología, en la preparatoria, me dieron unos cólicos menstruales tan fuertes que simplemente no pude concentrarme bien y fue lo único que mi mente pudo retener.

Este psicólogo británico dice que la mente humana es capaz de hacer un proceso para recordar mediante la asociación de elementos, es decir, se van reconstruyendo. No es propiamente un sistema unitario, sino fragmentario. Si una persona se topa con algún olor, sabor o detalle que le recuerde cierta situación, su mente comenzará una serie de procesos asociativos que tienen que ver con cómo aprendió a recordar. En ese sentido, el contexto en el que se haya desarrollado una persona tiene mucho que ver con los procesos de su entendimiento y, por consiguiente, de su capacidad para almacenar la información. No somos sujetos aislados y nuestras personalidades se van formando en función del lugar en donde nacimos. Los procesos sociales influyen sobre nosotros. Durante nuestra infancia no somos capaces de reconocerlos. Y últimamente pienso que de adultos pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre ello.

A veces hago esos procesos de asociación. Termino por darme cuenta de las causas por las que las memorias sobre Gustavo siguen estando tan vigentes para mí, a pesar del paso del tiempo. Llego a la conclusión de que los seres humanos somos como lechugas hidropónicas. Estamos constantemente sumergidos en nuestras propias aguas, y a veces buscamos desesperadamente a lo que asir nuestras raíces. Algunos tendrán la fortuna de que haya arena o grava, pero también habrá los que tuvieron el infortunio de agarrarse a algunas espinas o enredaderas, o bien los que definitivamente han tenido que seguir creciendo en aguas turbias. Nuestro contexto es todo lo que conocemos.

Puede ser por ello que para algunos escritores fue tan importante salir de sus lugares de origen, para conocer el mundo más allá del contexto que los vio nacer y expandir sus raíces. Hacer nuevos recuerdos que inspiren sus escritos. Tener aventuras en la posibilidad que otorga la invisibilidad de ser nuevo en la ciudad. En la literatura hay todo tipo de lechugas hidropónicas que se trasplantan a sí mismas. Hay algunas que son cercanas al estilo de Horacio Quiroga: se decepcionan de la vida parisina y deciden regresar a sus tierras natales para acurrucarse en el interior del agua de su selva. Otras están más cercanas a Rubén Darío y toman el nuevo idioma como una forma de prolongación de sus propias raíces. Personalmente yo prefiero ser de las lechugas del estilo de Carmen Ávila.

Por eso me gusta la palabra,
porque mediante ellas podemos colocar
un poco de orden en el caos de cosas
que incluso no logramos entender del todo.

V. Arena

Porque digo más en
mis silencios que engañando a las
palabras con sentimientos adoptados.

-Txus di Fellatio

De la India solo tengo tres grandes referencias en mi vida: Las mil y una noches, la arena y a Bilal. La primera es una narración en la que la protagonista Sherezade contaba historias para no morir porque un sultán quería vengarse de su primera esposa, y lo hacía al matar a toda mujer con la que se casaba. Este es uno de mis tópicos literarios favoritos de la escritura que se hace para no morir, porque el escritor desaparece con el punto final según algunas teorías literarias.

La arena, por otro lado, es un elemento que no es un elemento, sino varios que no rebasan los dos milímetros de forma general. Esto quiere decir que, aunque los seres humanos la conozcamos como la arena, es un plural. Si mis clases de gramática no me fallan, en realidad la palabra arena pertenece al grupo de los sustantivos no contables. Por fortuna, las licencias de los hablantes y las poéticas nos permiten retomar la pluralidad de las partículas en su infinitud. Puestos al microscopio, los granos de arena son más bien fragmentos de minerales diversos que narran la historia del suelo en el que habitan. Hablan de su contexto. La arena es inmensidad no solo en su forma, también en su contenido. Me gusta comparar la arena con las historias de Las mil y una noches. Puede que, a diferencia de lo que dicta mi instinto, de aquí haya aprendido a no temer tanto a la inmensidad.

De niña pensaba que otro tipo de arena somos los seres humanos. Si somos vistos desde el cielo, no somos más que una minucia, una masa amorfa que solo cobra sentido cuando nos acercamos. Quizá por ello junto con arena, la palabra sociedad forme parte de los sustantivos no contables. Como antigua devota del catolicismo, me atemorizó durante mucho tiempo no ser lo suficientemente buena como para ser merecedora de una vida tranquila después de mi muerte. Me llenó de pánico pensar que existía una identidad que estaba en todas partes e ingenuamente me refugiaba en mí misma pensando que ahí estaría a salvo.

Ahora que soy mayor no diría que tengo alguna creencia en particular o alguna devoción hacia uno o varios dioses. Me encuentro cada vez más tranquila con la idea de que moriré y eso será todo, pero he conservado la posibilidad de refugiarme en mí misma. El hecho de pensar que me encuentro en el momento justo como para haber conocido a las personas que me hacen feliz, me tiene en paz. Aunque reconozco que también existen un par de cosas que han desgraciado mi estabilidad emocional y con las que desearía no haberme topado nunca. Por eso somos como arena, dependemos de lo fortuito del viento o del mar para encontrarnos.

Mi suerte también es un poco arenal. A Bilal lo conocí fortuitamente en un lugar donde de hecho ninguno debía estar y con él reafirmé que la comunicación es andar buscando en medio del arenal de los idiomas los granos que mejor narren la historia de la tierra de dónde venimos

Él es originario de Nueva Deli y su lengua natal, el hindi. Yo soy una mexicana que tiene como lengua materna el español. Cuando nos conocimos, yo no hablaba bien en inglés. Había muchísimas cosas que hubiera deseado contarle sobre la arena y que él me narrara sobre la suya. Pero todo lo que tuve fue el escaso círculo semántico de mi boca.

Quería advertirle que la arena puede ser engañosa porque uno puede andar sobre ella y dejar las huellas de su camino, pero con el viento o las olas el sendero se borra. Quise explicarle que me gusta caminar sobre ella porque caminar es lo único que mejor sé hacer. Lo único que en realidad sé hacer bien. No conozco algo más que seguir, y la peor parte es que nunca es hacia algún lado. Que en el fondo lo único que me atemorizaba del punto final era que desaparecería mi andar y me hundiría en las arenas. Quería narrarle las historias de dónde vengo, esas leyendas de cuevas encantadas donde se dice que si se pasa un breve lapso en realidad se han pasado ahí siglos. Que, en una de esas cuevas, hay una doncella encantada a la que hay que llevar sobre los hombros sin mirar atrás, aun escuchando los horrísonos más inimaginables, para que se revele una ciudad argentífera.

Que oigo todos los días esas voces gritar en mi cabeza y no estoy segura de si lo que cargo es una doncella o de si en la última parte de mi inagotable caminata encontraré un paraíso de plata, como me lo prometieron en mi infancia. Pero lo cierto era que después de haber hecho una breve pausa ahora entendía que el camino se hace más ligero cuando se fragmenta. Que vistos desde lo alto los sustantivos no contables pueden parecer mucho más atemorizantes de lo que en verdad son. Que tras una breve pausa, o eterna, según se le mire, había aprendido que todo a mi alrededor es arena, que yo y él en ese momento, con toda la improbabilidad, estábamos ahí, en medio de una tormenta de palabras que se adentraban en los ojos. Que en realidad yo no conozco algo más que escribir y la peor parte es que nunca voy al grano, y que siempre estoy escribiendo sobre ésta.

Todo lo que pude decir fue: yes, this coffee is very good. Y sorber otro trago para que se fuera la arena de mi garganta.

VI. Instante presente

…cuán presto se
va el placer como
después de acordado
da dolor
como a
nuestro parecer
todo tiempo pasado
fue mejor.

-Jorge Manrique.

El tiempo es relativo en la extensión de la palabra. En una conferencia a la que fui sobre el Universo dijeron eso, que para la Tierra es fundamental el tiempo presente ya que la luz proviene del pasado. Si es que hubiera la posibilidad de viajar en él, el trayecto solo podría ser hacia el futuro porque la movilidad de la luz solo se proyecta en un sentido, hacia adelante. El pacto que tenemos con el presente por lo general tarda lo mismo en que tarda en resquebrajarse un castillo de arena. Por ello escuchamos a la gente parlotear mucho sobre cómo es que tenemos la vida contada, segundo a segundo, y aún así nadie presta realmente atención a cuán vital es su existencia. No hay una importancia verdadera en las alarmas o en los cucús que salen hora tras hora a decirnos que se han restado momentos invaluables del aquí.

Desde antaño abordamos los problemas sobre el eterno retorno. Esas son preguntas sin contestar con las cuales he visto a algunas grandes mentes de mi generación caer. ¿Cuál es el sentido de la existencia si es que estamos condenados a repetir las mismas acciones desde épocas inmemoriales ad infinitum? Considero que el tiempo es como un anillo que alude al compromiso que tenemos con el movimiento de los periodos, de los ciclos.

Estos son los pensamientos que anegan mi cabeza, esos que de pronto hacen que tropiece con las personas en la calle porque no pongo atención en el camino. Busco entre las nubes mis respuestas y reconozco la inmensidad del círculo atmosférico y respiro hondo para que mi aliento te alcance en cualquier lugar del universo en el que te encuentres. Choco con la gente al fantasear que todas las fronteras, las de la tierra con el agua, la de los territorios políticos y la de la vida con la muerte son imaginarias. Harán ya varios años que te fuiste, sin embargo, bien sabías que no creo en la vida después de la muerte. De la misma forma que la materia no se crea ni se destruye, y que el día que inventemos máquinas del tiempo solo podremos ir hacia adelante, sigo respirando hondo, hoy.

(…) Había aprendido que todo a mi alrededor es arena,
que yo y él en ese momento, con toda la improbabilidad,
estábamos ahí, en medio de una tormenta de palabras
que se adentraban en los ojos.

Bárbara Guadalupe Contreras Gómez

Estudiante del décimo semestre de la licenciatura en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Creadora del pódcast para la desmitificación de la maternidad Romperse la madre.

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