Otro escrito sobre escritura. Un ensayo de preguntas

Ensayos ganadores Dharma Books y Escritoras Universitarias

Porque parece […] que escribimos,
no con los dedos, sino con todo nuestro ser.
El nervio que gobierna la pluma se enreda
en cada fibra de nuestro ser, 
entra en el corazón, traspasa el hígado
.
-Virginia Woolf



Por Naxhelli Vanessa Carranza Bautista
Tercer lugar del Concurso Nacional de Escritura para Mujeres Universitarias 2021

Llega un punto en la carrera de todo escritor en que éste ha de preguntarse sobre la labor que realiza. No tengo estadísticas sobre cuántos autores lo han hecho, pero es irrelevante para la finalidad retórica que intento plasmar aquí. La tentación de reflexionar acerca del trabajo escritural se convierte a la larga en una necesidad, la cual concierne muchas veces a la propia identidad. La pregunta es la misma que nos hacían a manera de acertijo cuando éramos niños: ¿qué fue antes: el huevo o la gallina? ¿Qué viene antes y qué después?, cuestión cuya respuesta ha de distinguirse por ser de tendencia evolucionista o simplemente circunstancial. Es decir, ¿a partir del punto A se deriva el B y a partir del B, el C? ¿O es que A, B y C existen independientes a la existencia del otro? Dudas tan magnas no hacen sino encerrar una angustia del desconocimiento de lo más pequeño e inmediato: uno mismo. Hay, claro, quienes dedican buena parte de su vida buscando respuestas para su propio actuar, señales que denoten una naturaleza en común a los seres humanos. Y entonces se lanzan a clamarla, a gritarla en ciudades y riscos, y puede que al final se resignen con amargura al notar que nadie los oye. Ah, ¿pero qué estoy haciendo? Heme aquí, a punto de soltar una verdad que calle a todas las demás, una verdad que sea la Verdad, con la que pueda regocijarme frente a los ojos de filósofos. Sin embargo, he perdido la oportunidad. Comencé a imaginar la figura de un marginado de fábula, que muere como el hombre más consciente de todos y a quien nadie está dispuesto a escuchar. ¡Una historia! 

Hablaba yo de la identidad. Cabría esperar que, quizá con un tono grave y serio, hiciera una tajante clasificación de quienes se dedican a buscar respuesta a estas preguntas en el Universo y quienes lo hacen en sí mismos. Sería el momento adecuado para decir que unos son cobardes y los otros valientes, que se enfrentan a la vida, que no temen encontrarse con sus propios demonios. Pero no lo haré, por la sencilla razón de que me parece absurdo etiquetar a diestra y siniestra como si cada uno proviniera de un mismo lugar y estuviese rodeado de las mismas circunstancias. A estas alturas hay que asumir que la realidad factual, o aquello que entendemos como tal, es más compleja de lo que parece y que los intentos por explicarla necesitan de diversas perspectivas. Claro, siempre habrá gente que, en un intento por aprehender un pedazo de comprensión del mundo, se dedique a ridiculizar a todos aquellos que no compartan su forma de vida u opinión, pero eso es otra historia.

Cada uno, si su situación material lo permite, podrá destinar un tiempo de ocio para pensar de dónde viene. En el caso de los escritores, al menos, esto no es tan claro. ¿Uno plasma su identidad al crear un texto? ¿O es acaso que la halla después de escribirlo? ¿El huevo o la gallina?, de nuevo. En un intento por descifrarlo, se recurre a la memoria de la propia vida. Por supuesto, uno tiene que empezar por hablar de sí mismo. La escritura es un acto en principio ególatra. Es verdad que cuando se le toma en su aspecto más general, como el literario, puede convertirse en un diálogo. Los autores, las corrientes, las épocas y los lectores son capaces de crear una conversación a partir de las palabras de alguien más. Sin embargo, lo que ocurre antes de que el ejercicio dialógico se concrete concierne únicamente a quien escribe es un monólogo, un ordenamiento de las ideas bajo la voluntad de la comunicación. “Bah, ¡tú misma te contradices! ¿Cómo puedes hablar de un monólogo y al mismo tiempo de la comunicación? Eso es simplemente contradictorio. Necesariamente debe haber interacción con otro(s) para que ese objetivo se logre”, podrán decirme. A eso, yo respondo que se pierde de vista la mera actividad, solitaria, mientras se está escribiendo. 

Antes de explicar a qué me refiero con esto, asumamos desde ahora que, si bien la función primaria del lenguaje es la transmisión de un mensaje, no es lo único que puede hacer. Depende del nivel de análisis de la lengua en que nos situemos, pero al tomar un código determinado dentro de su contexto pragmático, integralmente la postura del emisor o hablante es más relevante que la descripción del mundo. Que la labor del lenguaje no sea exclusivamente comunicativa se prueba con la extensa producción literaria cuyo principal propósito es encontrar lo bello, como puede ser un poema oscuro que, al contrario, provoque que el lector se rompa la cabeza antes de entenderlo. Reducir el lenguaje a su función más elemental es una obviedad que niega toda la información codificada en sus capas más internas. Ahora bien, prosigamos.

Uno está nutrido de ideas, vivencias y posturas, adquiridas en diálogo con alguien más o a partir de una lectura o una película. Pero cuando nos encontramos frente a una pantalla, con una pluma en la mano y la libreta a un lado o, acaso, miramos la poco práctica máquina de escribir que ha sobrevivido durante generaciones sobre un escritorio, en ese momento estamos únicamente con nosotros. La concentración necesaria para plasmar los pensamientos en una línea coherente (si es la intención) y bien organizada, seguida de otra línea y otra y otra, requiere un encuentro consigo mismo, exige una resolución más sublime de esa discusión que no pudimos ganar, un desahogo de las pasiones y de los pesares diarios. No, no es un diálogo en su origen más primitivo, sino una puesta en escena del yo más profundo. Puede ser odioso, blando o incluso falso (admitámoslo: de la escritura se puede vivir, y muy bien, si es que logra abrazar estrategias comerciales que le permitan venderse a determinado público), pero es eso: un yo, yo, yo. Es la oportunidad perfecta para hablar de uno mismo sin que alguien nos censure porque eso no es modesto. Aunque la mayoría de las veces uno mismo se detiene, no necesita que alguien más lo haga con una mirada reprobatoria: “Ay, perdón, creo que ya hablé mucho de mí, te toca”. Aquí conviene aclarar que, desafortunadamente, esas palabras no suelen salir con tanta frecuencia de la boca de alguien que en verdad ya nos tiene fastidiados, sino de personas cuya conversación es bastante amena y agradable, a quienes podríamos escuchar por mucho más tiempo.

Augusto Monterroso tiene un cuento, “Uno de cada tres”, en el que le ofrecen al personaje contar sus cuitas en una señal de radio transmitida a sus conocidos, dado que, según se postula, es común en los seres humanos la necesidad de hablar sin parar de los que acontece en nuestras vidas. Así veo la escritura, como un micrófono de bajo perfil, que en última instancia podemos disfrazar de ficción y justificar diciendo que sólo es una situación imaginada, cuando en el fondo disfrutamos al saber que alguien se compadece de nuestro dolor o se retuerce de coraje contra esa persona que nos hizo daño.

Decir que la escritura es ególatra, esto es, que versa sobre uno mismo, debería también significar que está hecha de la manera en que se desea. Asumo que quien es escritor es también lector, por lo que sus primeros experimentos, probablemente, buscarán imitar a algún autor, alguna técnica o corriente. En mi caso, entre los 16 y 18 años, escribía cuentos influidos por la novela de la Revolución. Los rezagos que quedaron en mis textos después de ese período son la ambientación en algún pueblo de México. Independientemente de las marcas que han sobrevivido hasta el día de hoy en mis manías escriturales, reclamo el derecho de escribir como se nos dé la gana. 

Cuántas veces en el pasado no busqué consejos de escritores para quienes pretendíamos serlo, desde mi querida Virginia Woolf, pasando por el asombroso Neil Gaiman y Stephen King (a quien nunca he leído, confieso), hasta videos y páginas en internet que prácticamente ofrecían la guía última o el decálogo de lo que es el buen escritor. Desistí al escuchar que alguien decía que no habláramos de todo en nuestra novela, que nos concentráramos en un tema y desarrolláramos únicamente ese. El problema de ese consejo se da cuando uno quiere tocar múltiples de temas en una sola obra. Por supuesto, podríamos adoptar la manera académica y tratarlos como artículos de revista especializada, concentrados en ese aspecto y después, si lo amerita, escribir otro artículo que concierne otro interés. 

Desde luego, estoy siendo exagerada. De hecho, es una buena sugerencia, y yo debería ser la primera en lograr desenvolver con éxito una idea, exponerla con claridad para que el lector pueda entenderme y después pasar a la siguiente. Pero, para mi fortuna y desgracia, soy necia y a veces discuto sólo por llevar la contraria. En este caso, no obstante, llevo algo de razón. Repito la pregunta: ¿qué pasa si quiero hablar de todo? ¿Quién me lo puede impedir? Al principio, nadie. La cuestión viene después, cuando queremos que alguien nos publique, pero por ahora no nos concentremos en eso. Es sumamente molesto que a uno como escritor le digan todo el tiempo qué puede y qué no puede escribir. Debemos aprender a dominar las técnicas básicas, como la ortografía, puntuación y sintaxis, que bien pueden aprenderse en el camino, no tiene que ser algo necesariamente previo. Al igual que sucede en otras artes, la pretensión de crear algo rompedor implica un conocimiento de lo que estuvo antes, para que sea en verdad una innovación y no mera ignorancia. 

Sin embargo, no creo en los consejos de los escritores, sino en su experiencia. Es ésta la que verdaderamente nutre y se acerca a quienes queremos dedicarnos a este ejercicio. La literatura debería conservar en todo momento y estadio un aire de libertad, extendida para cualquiera que se acerque a ella, lo que incluye a los creadores. No se les debe imponer el remedio infalible para dejar de escribir erudiciones aburridas que nadie quiera leer o historias de amor o, ¡por Dios!, reflexiones sobre lo que significa ser mujer. Pero, claro está, es casi irresistible lanzarse a dictar máximas. Yo misma lo he hecho varias veces en este ensayo, me parece. Si cabe soltar una más o, mejor, si cabe hacer una exhortación, sería la siguiente: ¡compliquémonos la vida! Escribamos desde nos plazca, sea considerado alta o baja cultura. Ese encasillado, dicho sea de paso, sirve para catalogar en un primer momento los distintos productos culturales, pero luego se convierte en un obstáculo para juzgar por nosotros mismos qué nos apasiona y qué simplemente nos parece soporífero, independientemente de quien lo haya escrito.

Así, si queremos escribir por escribir (l’art pour l’art!) deberíamos hacerlo bajo nuestros propios términos y para nosotros mismos. Decirlo es una obviedad, pero a mí me llevó algún tiempo entenderlo. Alguna vez me dijeron que el error en un cuento mío había sido poner tanto latín, que eso obstruía la lectura. Ya me imagino diciéndole eso a Umberto Eco al leer El nombre de la rosa: “¡Pero se ambienta en la Edad Media, en una abadía! Ahí sí tiene sentido que lo introduzca”. O quizá podríamos reclamarle a Virginia Woolf que se enredara tanto en Las olas

Oh, ¡pero qué osadía la mía! ¿Cómo me atrevo a compararme con los grandes, con quienes ya dejaron un legado valioso? No se me entienda mal. En absoluto me comparo con ellos. Los admiro profundamente y suelo releer sus obras de ficción para sentirme acompañada, pero no quiero ser ellos. Mi aspiración es ser yo, Naxhelli Carranza. No pretendo robar el nombre de nadie, sino usar el mío, que de por sí he batallado suficiente en esta vida con cómo la gente lo pronuncia como para ahora rechazarlo. Si para lograr ser yo (y escribir como quiero) debo arriesgarme a no ser leída porque mi obra es muy enredosa (a propósito, claro, cuando sea enredosa sin intenciones será un verdadero problema) entonces que así sea. Será el tributo que pague. Me niego a renunciar a la idea sobrehumana de abrazar la totalidad en mis textos. Aunque la idea no es muy tentadora, honestamente. Una va a reuniones y habla con modestia de sus cuentitos, de sus proyectos de novela, cuando en realidad desea gritar que vivirá más que el sol, que su trabajo merece la pena, que es grande. Ay, la soberbia, la soberbia.

La literatura debería conservar en todo momento y estadio
un aire de libertad, extendida para cualquiera que se acerque a ella,
lo que incluye a los creadores.

A todo esto, ¿quién soy yo para escribir sobre la escritura? ¿Puedo llamarme a mí misma escritora? Esa es una larga historia, que estoy dispuesta a resumir. Desde que entré a la carrera (no miento, esto ocurrió el primer día de clases), escuché una y otra vez por parte de algunos profesores que en Lengua y Literaturas Hispánicas no formaban escritores, sino estudiosos de la literatura. Dada la advertencia, cabría pensar que ahí se quedaría, pero no. Hubo un maestro en específico que me hizo huir de mis propios cuentos durante mucho tiempo. Después de tomar clase con él, comencé a avergonzarme de la forma en que jugaba con las palabras, para que el resultado final fuera ridículo, merecedor de una burla pública, por la idea y no propiamente por la sintaxis. Él mismo dijo un día algo parecido a que sólo Saramago podía usar o no usar signos de puntuación porque, bueno, era Saramago. Tiempo después, cuando fui capaz de regresar a crear ficción, me di cuenta de que en mi cabeza narraba en tercera persona todo lo que me ocurría: “Pasó por la ventana y en el reflejo miró a un grupo de perros que paseaba. Se acomodó la mochila y pensó en qué haría ese día, si se encontraría a su hermano en el camino o a qué hora debería dormirse”, y un largo etcétera. Es verdad que leía, ¡devoraba libros! Los tiempos de la licenciatura y la profesionalización del ejercicio lo exigían. Pero no me bastaba con eso. Yo tenía la necesidad, la urgencia de utilizar las palabras y contar historias. Así que volví a escribir literatura cuando supe que si no inventaba personajes, yo me convertiría en uno.

Para personas como este maestro, yo soy nadie, por mucho que muestre mi acta de nacimiento. No tengo rostro, como bellamente se expresa en la tradición náhuatl. Soy joven e innombrada para el mundo. En ese sentido, y según los cerrados adoradores de grandes autores, carezco de legitimidad para escribir. Lo que me queda por hacer es aprovechar eso como una ventaja. Nadie espera nada de mí, puesto que no saben que existo. Por lo tanto, puedo darme el lujo de experimentar hasta hallar una voz narrativa con la que me sienta cómoda, en la que pueda encontrar parte de mí y que a la vez me permita desdoblarme. Así, me defino escritora. Poco importa que no haya publicado nada aún. Bajo esta circunstancia, puedo allanar el terreno de la literatura y reclamarlo como un espacio lúdico. Martha Nussbaum propone en su libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades que el arte ocupa en el adulto el lugar que antes, en la niñez, tuvo el juego. Para mí, la literatura fue siempre un divertimento, parte de mis juegos.

Mis primeros acercamientos con la escritura se dieron cuando tenía alrededor de siete años. Entonces era una niña que siempre traía heridas en las piernas de tanto correr y jugar sin mayor precaución. Una de las costras que en ese tiempo tuve llamó mi atención. Era grande, de color marrón y me daba la impresión de que se quedaría en mi rodilla por siempre. Me intrigó de tal manera que terminé por escribirle un cuento, ilustrado por mí misma. Mi tío lo vio y decidió que lo mejor sería transcribirlo a la computadora que teníamos, uno de esos enormes aparatos blancos que se tardaban en cargar e interferían con la línea telefónica. Nunca volví a saber de ese cuento después de que adquiriéramos un nuevo monitor con todo el equipo que implicaba. 

Lo que me motivó a escribir fue el gusto por crear una historia propia. Precisar aún más qué pasó por mi mente en ese momento sería una traición. Me es imposible ahora penetrar en mis pensamientos de antaño sin embarrarlos con la forma en que veo las cosas hoy en día. No obstante, estoy segura de que la profesionalización de ese ejercicio no estaba en mis planes de ese entonces.

Conforme crecía y me acercaba cada vez más a la temible adultez, me cuestioné sobre lo que quería hacer en el futuro. Tuve un afortunado momento de lucidez en que decidí consagrarme a la literatura: supe que me dedicaría a su estudio y creación. A partir de ahí, con algunos altibajos en el camino, me he entregado a plasmar historias que me apasionen, entre las cuales puedo contar todas aquellas en donde me imagino como escritora. El verdadero placer que hallo en la escritura es, sin duda, el proceso: desde que comienzo a idear la situación de los personajes y las consecuencias finales que tendrán. Me causa una satisfacción irresistible usar cultismos, saturar de adjetivos la página e incluso utilizar sustantivos en desuso. Cuando escribo ficción vuelco la mayor cantidad de vocabulario posible y aturdo la hoja con infinidad de símiles y metáforas, simplemente porque lo disfruto. Posteriormente, en una de las tantas veces en las que esté editando el texto, tocará el turno de mutilar algún miembro que esté de sobra o que sienta que estorba para la intención última de lo que intento transmitir. 

Así, si queremos escribir por escribir (l’art pour l’art!)
deberíamos hacerlo bajo nuestros propios términos
y para nosotros mismos.

Estoy de acuerdo con Nussbaum. Se reclama a la juventud su ignorancia sobre las cosas del mundo, argumento con el que se espera arrebatársele la legitimidad para escribir, situación por la que el ejercicio escritural se vuelve indispensable mientras se es pequeño e ingenuo. Efectivamente, muchos de nosotros somos analfabetos de la vida durante el período previo a la adultez, de manera que la escritura se convierte en un campo controlado de experimentación. Una vez asimilada en la imaginación una serie de vivencias de otros personajes (Miguel Strogoff, Daniel Sempere, Doña Perfecta, Dorian Grey), uno puede jugar con las posibilidades de lo que le depara el porvenir. Dado que se trata, en ese momento, de una actividad recreativa, cobran forma los deseos juveniles aún no domesticados, las ilusiones del porvenir e incluso los traumas tormentosos, que se desatan por mor de un desahogo o un reordenamiento de la vida. El niño o el adolescente que toma la decisión de escribir tiene brevemente el poder de ser un dios, de controlar el mundo como se le antoje. “El niño mago, el niño sacerdote, se aleja del dominio, de la carga pesada y diurna, se quita, se quita el nudo de la voz, para decir lo extraordinario”, dice Alejandro Tarrab en su Caída del búfalo sin nombre

La escritura juvenil no se debe censurar como tampoco endiosar. Es decir, se escribe y punto. Sobra decir que todo en esta vida es perfectible. Tomemos por ejemplo a alguien del medio de la música: Taylor Swift. A pesar de tener actualmente 31 años y de que las letras de sus canciones han cambiado conforme ella misma maduraba, aún se conserva el estigma según el cual ella escribe canciones sobre sus exnovios, de manera que no se puede encontrar en éstas más que puerilidad. Para empezar, esto no hace más que revelar la ignorancia de sus últimos trabajos, así como los prejuicios inamovibles con que la juzgan como compositora. Reflexionemos, pues, sobre el éxito que tuvo a tan corta edad. El público al que llegaba era, en su mayoría, joven también. Puesto que a esa edad, como ya he dicho, se desconocen tantas cosas del mundo, hemos de asumir que también sucede así con las grandes obras artísticas de la humanidad, mismas que los adultos tienden a recomendar y elogiar (aunque ellos mismos no sepan sobre ellas, como también pasa). 

De esta manera, la urgencia con que desean ser comprendidos, dada la aplastante ola de nuevos sentimientos, los hace identificarse con letras como las de Taylor Swift. Hay una necesidad creativa que esta cantante ha logrado plasmar al concretar los deseos y las expectativas del porvenir, al hablar en libertad de las dudas causadas por el descubrimiento (más consciente ahora) del otro. El éxito nace con la otra cara de esta moneda: el público agradecido por sentirse comprendido. ¿Por qué habrían de sentirse los jóvenes tan solos como para recurrir a una voz externa y quizá anónima que los consuele mientras narra sus propias cuitas? En gran parte, por la condescendencia con que los adultos tratan sus sentires y emociones. Es casi una verdad mundialmente conocida que los adolescentes (pues en ellos se pone el énfasis) atraviesan procesos de cambios que los vuelve insoportables y que, por tanto, los padres deben ignorar cualquier arrebato o muestra de hipersensibilidad. “Se les pasará.” Pues bien, además del reflejo que puedan hallar en la música, la literatura o cualquier otro arte, la creación propia les permite sublimar sus sentimientos y encontrar un lugar donde sí tengan algún valor. De esta forma, lo que pudo haber sido reducido un chisme sobre un amor no correspondido, puede llegar a convertirse en “Teardrops on My Guitar”. 

El cuento que hice cuando niña fue el inicio de mi escritura, mas no el origen. Ese fue el descubrimiento de la que sería una de mis vocaciones más fuertes, pero en absoluto puedo decir que sea mi raíz. Mi origen es el fracaso y desde él escribo. Es mi condición vital. No veo esto como algo catastrófico, sino como un hecho que es, sin más. Mi propia existencia fue un fallo, un error inesperado. Durante los últimos años he sido una perfeccionista terrible a la que le asusta que algo salga mal. Pero los recuerdos vienen con sorpresas. Me tardé en aprender a leer y, cuando lo logré, lo hacía con dificultad. Tuvo que llegar miss Rosy, como le decíamos en el kínder, para subir el primer escalón que me llevaría hacia el profundo amor que le tengo a la literatura. 

El siguiente fue en la época en que escribí La costra, cuando estaba en segundo año de primaria. Teníamos que hacer unos ejercicios de matemáticas para poder salir al recreo. Fui de las primeras en terminar, pero había hecho mal un paso en todos los incisos, por lo que me quedé llorando en el salón mientras los demás se divertían en el patio. Entonces la maestra Irma se acercó a mí y me dijo que no me preocupara, que había tenido errores pero que yo era muy inteligente y, añadió, su favorita, algo que nunca comenté con ningún otro compañero, por sentir que era más especial si sólo yo lo sabía. Ella me dio un apodo cariñoso que todavía conservo en algunas redes sociales. El día siguiente se convirtió en la fecha que marcara un excelente rendimiento académico. 

Dos lustros después, no obstante, estuve a punto de reprobar el último año de preparatoria. Me había confiado; en mi casa estaban a punto de enterarse de esa situación y a mí me consumía pensar que era estúpida. Como suele ocurrir, sólo era cruel conmigo misma, no llegué a pensar así de ningún otro compañero que atravesara por algo similar. Por fin, ese año me apliqué, a fuerza de lágrimas y reproches familiares. Forjé una amistad con un par de profesores con quienes estaba recursando materias, participé en un concurso internacional de matemáticas y superé miedos arraigados en mí, sustentados en la idea de que era tonta. Vaya, incluso conocí a alguien cuya relación me marcó profundamente. Fue una época de mucho estrés, pero en la que encontré algo de lo que había mostrado señales muy tenues hasta entonces: una voz propia. 

Si para Woolf es importante estar en posesión de una habitación y una renta para poder escribir, para mí el logro más importante fue ser capaz de comenzar a balbucear palabras mías. Los vocablos mayores habrían de venir después, en la universidad, cuando conocí a los profesores y amigos adecuados, hombres y mujeres. No obstante, la voz es el elemento previo al cuarto privado. Por eso, me doy cuenta ahora, que mi verdadero error, el más atroz, fue olvidar. Olvidé eso, que yo provengo de una larga serie de fracasos, que gracias a ellos es que estoy viva y tengo sueños e intenciones a contracorriente. Ergo, la escritura no puede cumplir ningún papel original. Ella da cuenta de mis frustraciones, obsesiones y, con suerte, quizá también algo de lo bueno. 

Un profesor muy querido mío, cuyo nombre no he de mencionar para no mancharlo con una mala cita, nos dijo en la clase que dio sobre Don Quijote que para leer ese libro había que haber fracasado en la vida. Prácticamente todos alzamos la mano en ese momento, sintiéndonos como perdedores de nuestra propia jugada. Pero, por si ese sentimiento no fuera suficiente, me lanzo a descalabrarme en cada oportunidad con mis cuentos, con mis proyectos narrativos. Me lanzo a llorar ante la enorme posibilidad de que nadie encuentre valor en lo que escribo. Porque sí, es muy valiente hablar del arte por el arte, despojarse en el discurso de todo temor de nunca ser leído, de permanecer en esa masa enorme de escritores sin nombre, de obras soñadas y nunca hechas, almacenadas, eso sí, con cariño, en la biblioteca de Sandman o Morfeo, el entrañable personaje de Neil Gaiman. Es valiente y un tanto mentiroso, concluyo.

Mi origen es el fracaso y desde él escribo.
Es mi condición vital.
No veo esto como algo catastrófico,
sino como un hecho que es, sin más.

Así que ya tengo una idea de mi futuro, pese a las posibles protestas de mi madre. Sin embargo, dentro de ese fracaso yo ya gané. Al igual que el Ruletista del cuento homónimo de Mircea Cărtărescu, gané la apuesta contra mí misma. A pesar de todo, aquí estoy, tecleando un ensayo contra las inconformidades de la vida y de lo que implica para mí la labor escritural. En última instancia, el único espejo en que puedo hallar los fallos que me conforman y que cometo es la literatura. A ella me entrego, no porque quiera, sino por ser una predilección inconsciente, una violenta adicción a perderme en las historias, porque de lo contrario siento que me pierdo en mi propia vida. Y así vivo. Que no venga nadie a decirme que prefiero leer a vivir, porque eso es una vil falsedad. La literatura termina por alzar las ilusiones vitales, por arrojarnos abruptamente a un mar de posibilidades que superan la a veces sosa realidad factual. 

Arrojaré una botella, con posibilidades enormes de que se quede vagando por siempre en las aguas de algún mar ignoto. Ahí se quedarán mis esfuerzos, nunca rendidos. Ahí se asfixiará el sueño que siempre tuve. Ahí permanecerán calladas mis palabras. Pero es una botella que debo lanzar, porque me niego a arrepentirme por no haberlo hecho. No quiero ser sólo una promesa. Así que ahora lo que me queda por hacer es repasar mentalmente las últimas líneas de El conde de Montecristo cuando menciona las dos palabras en las que se cifra la sabiduría de la humanidad: “¡Confiad y esperad!”. Cito de memoria y con el imperativo peninsular, pues la traducción que leí era de allá. 

Ahora sí, he de dejar el resto en manos de los lectores.


Naxhelli Vanessa Carranza Bautista

Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas, le apasionan la literatura, la lingüística, la adquisición de otros idiomas y el cine. Recibió mención honorífica en El cuento en cuarentena de la Revista Palabrerías y en el Concurso 51 de la revista Punto de partida de la UNAM, ambos en la categoría de cuento. Uno de sus ensayos ha sido publicado en Tintero Blanco.

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