Epidermis del yo

Ensayos ganadores Dharma Books y Escritoras Universitarias

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara
cuando emerja de la sombra?
-Alejandra Pizarnik



Por Valeria Isabel Garza Escalante
Mención honorífica del Concurso Nacional de Escritura para Mujeres Universitarias 2021

Todos sabemos que a los mexicanos nos caracterizan, entre tantos atributos y peculiaridades, nuestras fiestas y reuniones familiares. La comida y las costumbres pueden variar dependiendo de la región (como en el caso de Yucatán, donde acostumbramos romper las piñatas con el puño: no hay palo de por medio, sólo el placer de desatar tus deseos reprimidos golpeando un cascarón de duro engrudo), pero hay algo que nunca cambia: en algún momento de la reunión, normalmente cuando todos ya están entrados en copas, alguien comienza a contar anécdotas o secretos (no tan secretos) familiares. En más de una ocasión yo he sido protagonista de esas historias que escucho entre carcajadas y con una cerveza en la mano. Mi preferida es cuando mi mamá cuenta que nací con el frenillo corto por lo que, literalmente, los médicos tuvieron que cortarme la lengua para poder soltármela, lo cual explicaría, según ella, porqué tengo tan suelta la lengua y rara vez me quedo callada. 

¿De qué manera el historial médico de una persona puede servir para conocerla? No hay nada que quede oculto en ese documento que nos acompaña desde el nacimiento y sin embargo, es una carta de presentación que casi nadie se atreve a mostrar en público, o no tan fácilmente. Si normalizáramos la sentencia: “Dime con qué te medicas y te diré quién eres”, probablemente nos llevaríamos menos sorpresas cuando empezamos a conocer a alguien, y aceptaríamos con mayor facilidad el hecho de que aquel con el que has empezado a salir no conteste los mensajes por las noches porque ya se ha tomado su dosis indicada de clonazepam para poder dormir. Una de las virtudes de los historiales es su carácter memorial, de manera que no sólo nos muestra con qué se medica una persona en el presente, sino con qué se ha medicado, qué operaciones ha tenido, con qué trastornos ha batallado. Cuando David, mi hermano menor, cumplió 18 años y perdió el pudor de tomar todo tipo de licores frente a mis padres, mi hermano mayor y yo nos sorprendimos de la facilidad con que se podía tomar shots de lo que sea sin hacer una sola mueca. Después de tantos “Mira, nena, te gano con el tequila” en las fiestas, comenzamos a preguntarnos de dónde venía este don peligroso y encontramos la respuesta en su historial médico: los 7 ml de carbamazepina y de fenitoína que tomaría cada ocho horas desde que nació y hasta los diez años, lo habían acostumbrado al sabor de los medicamentos, o más bien, al no sabor. A diferencia de mí, que armo un escándalo cuando tengo que medicarme, David nunca ha puesto la más mínima resistencia; al contrario, uno de los recuerdos más claros que tengo de mi infancia es verlo a él mirar que el reloj marcaba las 2:00 pm, servirse en una jeringa su jarabe y tomarlo con un gusto que hacía pensar a cualquiera que estuviera presente que se trataba de un jugo de fresa o un agua de horchata. El mismo gusto con el que prepararía, años más tarde, las cubitas bien cargadas. 

Sin embargo, esta parte del historial de David no está a la vista de todos y sólo los muy allegados la conocen, mientras que hay otras que son imposibles de ocultar, como la cicatriz en forma de diadema que atraviesa su cabeza. He aquí la maravilla de estos documentos que son, al mismo tiempo, tangibles e intangibles: la fragmentación con la que llegan a nosotros como piezas de un rompecabezas que quizá nunca termine de armarse. Así, existen historiales médicos que se llevan grabados en el cuerpo y que, aunque muchas veces intentemos esconderlos tras una máscara, actitud tan cobarde y servil para Montaigne, nos descubren ante el mundo como somos. Mi cuerpo no tiene ninguna cicatriz, pero mi piel, con su dermatitis atópica, este padecimiento hereditario, me pone al desnudo frente a los demás.  

Uno se acostumbra a todo: así como mi hermano menor se acostumbraría al sabor de los medicamentos, yo me acostumbré a los cuidados que requería mi piel, aunque no con el mismo optimismo y mucho menos el mismo procedimiento. Muchas veces me descubrí alérgica a algo hasta que mi piel lo demostrara, a veces dolorosamente: a los animales, a las plantas, al polvo, a los enlatados, los embutidos, la soya (tan recomendada por los nutriólogos), el té negro, el licor, el café, y la lista continúa. Sobre estos dos últimos, tomé la decisión, no sé si masoquista, de continuar consumiéndolos, aunque tenga picazón o enrojecimiento por un rato: a veces el placer duele (y es más dichoso). 

En el preescolar y los primeros años de primaria, cuando me pedían realizar un dibujo de mi familia (o, en realidad, de cualquier persona), los dibujaba con las manos hacia atrás y con los pies redondeados, pues eso me evitaba tener que batallar con el lápiz y el borrador hasta que quedaran simétricos. Si un psicoanalista observara esos dibujos y prestara atención a mis manos y pies en la actualidad, probablemente, además de diagnosticarme algún tipo de trastorno millennial, encontraría la explicación al porqué suelo esconder esas partes de mi cuerpo en la vida real. Mi mano derecha y mi pie izquierdo son, especialmente, mis zonas de peligro. El empeine es un campo de batalla, el espacio entre los dedos, otro. Y tener las uñas largas es una amenaza al bienestar del imperio epidérmico. Casi nunca se puede ganar la batalla del rascarse, una contienda que puede realizarse consciente o inconscientemente y de maneras ingeniosas: descalza o con los zapatos puestos, con el respaldo de la silla o con la pata de la mesa; si me he cortado las uñas creyendo que así no me causaré daños, los nudillos y las yemas de los dedos me dicen lo contrario. La comezón es un asunto complejo. Montaigne consideraba el rascarse como una de las gratificaciones más dulces y asequibles que nos da la naturaleza. “Pero tiene la penitencia demasiado importunamente cercana. Para este placer doloroso, la gravedad del castigo dependerá del grado del rascado: si te rascaste como simple reflejo, el pecado es venial y basta con darte un baño de agua fría para evitar el enrojecimiento; si te rascaste por placer, la gravedad del pecado es mayor y tendrás que hacer un buen uso de los calcetines más suaves que poseas para que sea perdonado; el más grave de todos es rascarse por desesperación, por un impulso que entorpece los sentidos y no te permite dejar de hacerlo. Aquí el sentimiento de culpa es enorme, sobre todo cuando encuentras la piel en carne viva después del rascado y te preguntas por qué no te detuviste antes. La penitencia es no poder usar sandalias en público.

El miedo al dolor, a la incapacidad de soportar la enfermedad, aquella “furiosa e insensata sed de curación, como diría Montaigne, me ha llevado a visitar a muchos dermatólogos e intentar gran cantidad de remedios. Algunos no sólo han fracasado, sino que han tenido efectos inesperados, como el uso prolongado de hidrocortisona que lo único que logró fue eliminar mis cutículas y mis huellas dactilares (regalándome la posibilidad de robar un banco y no ser descubierta). Otro más llamativo fue la mezcla viscosa y oscura de vaselina con alquitrán de hulla, la cual tenía que aplicar por las noches en las zonas afectadas y cubrirla con un vendaje esperando que, al desenrollar las vendas a la mañana siguiente, encontrara de nuevo mi piel suave y tersa. La mayoría de las veces sólo la hallé color alquitrán. Los medicamentos también fueron variando: loratadina, ranitidina (antes de que se despopularizara por causar cáncer), vitamina E. Algunos trajeron consigo sorpresas, como el ketotifeno, que me permitió descubrir mi nula habilidad para manejar dormida, o la hidroxicina, que me regaló un día libre en el trabajo al no poder abrir los ojos después de tomar dos pastillas, en lugar de una. Al final, la epinastina fue la más noble de todas, y la mezcla de cold cream, óxido de zinc, talco y aceite de almendras ha tenido resultados bastante positivos.

La aparente estabilidad me permite ganarle la batalla a la comezón, y a acostumbrarme a la posibilidad diaria de cortarme las yemas con la cáscara de un huevo o al abrir una lata de refresco. De vez en cuando, la cotidianidad puede descontrolarse al aparecerme ronchas después de cenar con mi amiga vegana, quien no me advirtió que la torta de asado no era de cerdo, sino de soya. Pero hay algo impredecible en la dermatitis: aun con los cuidados y las recetas correctas, ¿por qué hay días en los que mi piel se irrita sin más? En una de las citas con mi último dermatólogo, después de haber estado seis meses con el mismo tratamiento exitoso, éste observó que había tenido una “recaída”, a lo que me dijo, casi sentenciándome, que él no podía hacer más si yo no ponía de mi parte y controlaba aquello que me perturbaba y se reflejaba en las alteraciones de mi piel. Con aquello se refería al estrés y la ansiedad.

Así, existen historiales médicos que se llevan grabados en el cuerpo
y que, aunque muchas veces intentemos esconderlos
tras una máscara, actitud tan cobarde y servil para Montaigne,
nos descubren ante el mundo como somos.

Pareciera que el siglo XXI, con sus avances tecnológicos y su filosofía de la inmediatez, ha acentuado la aceleración del estrés y la ansiedad, convirtiéndolos en algunos de los males más comunes de nuestra época. No es de sorprender que, consciente y harta de este escenario, Vivian Abenshushan comience Escritos para desocupados con una exhortación a renunciar al trabajo, sobre todo cuando se trata de uno en el que se tiene que sacrificar el tiempo propio por el tiempo ganado. Pero el trabajo sobrecargado no es la única causa para que el trastorno de ansiedad generalizado, el trastorno obsesivo compulsivo y la depresión (tan normalizados en una escala preocupante en las redes sociales) encabecen las listas de enfermedades mentales, según la OMS. 

En los últimos años, Yucatán ha ocupado el primer sitio nacional en suicidios con más de 200 casos por año desde el 2018. El ahorcamiento es el principal método para quitarse la vida. Sobre esta tendencia, algunos han intentado explicarla como algo cultural que tiene su origen en los mayas prehispánicos y en la diosa Ixtab. De acuerdo con el mito, Ixchel, hermana menor de Ixtab, era una hermosa joven princesa con muchos pretendientes, entre los que destacaba el príncipe Itzamná, de quien estaba enamorada. Un día, un príncipe de otro imperio se enamoró de ella, por lo que Ixtab les propuso enfrentarse a muerte para determinar quién se quedaría con el amor de su hermana. Cuando Itzamná estaba a punto de ganar la batalla, su contrincante lo traicionó y le dio muerte. Al no poder soportar el dolor, Ixchel se quitó la vida para que su alma estuviera siempre con su amado. Así, Itzamná se transformó en el dios del sol, Ixchel en la diosa de la luna, e Ixtab, culpable por la muerte de su hermana, en la diosa del suicidio. Ixtab, representada con una soga atada al cuello, se convirtió en la protectora de las personas que se suicidaban, pues las ayudaba a encontrar el camino hacia el paraíso, y originaría que la muerte por suicidio en la civilización maya se considerara algo honorable. En una época en la que los sacrificios humanos han pasado de moda, intentar justificar la cantidad de suicidios como algo cultural sólo demuestra la evidente negación para aceptar que una de las principales causas es la depresión, enfermedad que aún es un tabú para uno de los estados más racistas y clasistas de la República.  

Los trastornos mentales, como la ansiedad y la depresión, han acompañado al carácter tormentoso de muchos genios literarios. ¿Cuántos escritores y escritoras tuvieron que luchar a lo largo de su vida contra los fantasmas de su interior, llevándolos a algunos al suicidio? Hemingway, Tolstoi, Plath, Woolf, Kafka, Pizarnik. Todos marcados por el sufrimiento de algún trastorno durante algún momento de su vida o hasta el final de esta. Al revisar las biografías escritas sobre Kafka, por ejemplo, siempre encuentro señalados sus desequilibrios emocionales, donde se sugiere que en la agobiante relación con su padre se encuentra el origen de su sentimiento de inferioridad y rechazo. ¿No es, acaso, La metamorfosis, un grito silencioso de auxilio ante la apremiante soledad e inadaptación? Similar a este abatimiento fue la relación entre Sylvia Plath y su padre, con la gran diferencia de que el agobio sobrevino después de su muerte, cuando la niña Sylvia apenas tenía diez años. En su poema “Daddy”, Plath invoca al fantasma de su padre y con una furia inusitada, con el furor acumulado por veinte años, busca escapar de aquella sombra que la atormentó a lo largo de toda su vida.

Tenía yo diez años cuando te enterraron.
A los veinte traté de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastaría.

Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que había que hacer.

En “Sala de psicopatología”, uno de los poemas de Alejandra Pizarnik escrito en 1971 durante su estadía en el Hospital Pirovano, la poeta juega con las formas de la psicoterapia y con las maneras de expresar la desgracia y el dolor. Casi al final del poema menciona a escritores y filósofos que, como ella, llevaron una vida de sufrimientos.

(Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)
Y a Kierkegaard

Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto
– “¿Qué hice del don del sexo?” – y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo –tuvo que saber–
que de allí no se vuelve

Kafka no pudo soportar los embates del mundo y se separó de él hasta su muerte por tuberculosis, así como Gregorio Samsa lo hizo de forma definitiva después de espantar a los visitantes que sólo buscaban el placer melodioso del violín. Plath, perseguida por los electrochoques a los que fue sometida en innumerables ocasiones, cansada de no encontrar sosiego entre las dos corrientes eléctricas que manejaban su vida, preparó el desayuno para sus dos hijos, metió su cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Aislarse del mundo era también el deseo de Pizarnik, encontrar un jardín para deshacerse de las miradas opresoras, para poder escribir contra el miedo y contra el viento con garras, para realizar su deseo de ser otra. “Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que me llama. Pizarnik se encontraría con su amada muerte en 1972 después de ingerir veinte pastillas. 

Los que estudiamos y dedicamos nuestra vida a la investigación de las letras, no negaremos la propensión a sentirnos aturdidos o aletargados después de pasar días enteros inmiscuidos en la lectura de uno o varios libros. Me ha pasado que en ocasiones los tormentos de la ficción me atraviesan y se convierten en reales, hasta el punto de desestabilizar, al menos un tiempo, mi salud mental y emocional. El hecho de no tener trastornos diagnosticados (aunque sí tengo amistades cercanas, graduadas en Literatura, con trastorno de ansiedad generalizado), no evita que en algún momento nos veamos amenazados a experimentar algún ataque de ansiedad o pánico. Durante mi estancia en la facultad, además del insomnio y la ansiedad cotidianos, tuve dos ataques memorables: uno llegó de repente a la mitad de un partido de fútbol de los Venados (con la ventaja de que, al salir del estadio, evité presenciar su vergonzosa derrota) y otro durante una premier en el cine, después de los primeros veinte minutos de Room, al no soportar ver en pantalla a un niño que ha pasado toda su vida encerrado en una habitación y no conoce nada fuera de ella. Experimentar angustia de vez en cuando, sentirnos acompañados por una pesadez que nos quita el sueño, anhelar ir más allá de la realidad, ¿es algún tipo de herencia de la genealogía del escritor maldito? Tal vez. Pero alegar esta herencia como la causa de tantos trastornos caería en el mismo error de justificar los suicidios por la inspiración de una diosa maya. 

En más de una ocasión estos tipos de ataques han sido capturados por la pantalla grande. En Güeros, primera película del mexicano Alonso Ruizpalacios, Tomás, adolescente rebelde originario de Veracruz, es enviado por su madre a la Ciudad de México para que viva con su hermano Fede, alias Sombra, estudiante de Letras de la UNAM que, junto con su amigo Santos, experimenta el desencanto de las huelgas estudiantiles. Sombra vive martirizado por lo que él ha denominado “el tigre”, un mal que lo deja sin aire y con la sensación de estar a punto de morir. En uno de sus episodios, Sombra llega con un médico y le explica que siente como si estuviera parado frente a un tigre, sabiendo que en cualquier momento le va a arrancar la cabeza y no hay nada que pueda hacer. “Eso es lo que pasa, eso es el tigre. Tengo miedo de volverme loco. Después de contar una anécdota sobre cómo atendió a un hombre que días anteriores había asaltado el autobús en el que viajaba, el médico le responde que no se está volviendo loco, sino que se trata de un ataque de pánico. “Vete de vacaciones, ándate con tu chava a Veracruz, necesitas descansar. A partir de ese momento emprenderán un viaje, por un lado, en busca del legendario músico Epigmenio Cruz, y por otro, de una no intencionada búsqueda existencial.

En Güeros es posible vislumbrar, además del viaje evidente que emprenden los tres protagonistas, más de un desplazamiento: de Veracruz a Ciudad de México, del departamento sin energía eléctrica a Ciudad Universitaria, del sur al poniente, al centro y al oriente de la ciudad. Llegar a tal lugar es transitar en él y con él, construirse con los fragmentos que dejamos y tomamos en cada viaje, fragmentos de lo que fuimos y de lo que somos. “¿Para qué nos vamos, si al rato vamos a regresar?”. Se pregunta Santos en una ocasión, antes de salir a vagar por la carretera.  Montaigne le respondería que nos vamos por el simple placer de viajar, no para regresar ni para completarlo. “Lo emprendo tan sólo para moverme, mientras el movimiento me complazca. Y me paseo por pasearme. El viaje es, para Montaigne, un ejercicio provechoso en el que, entregados al cambio, nuestro espíritu vagabundea. “El alma se ejercita continuamente observando cosas desconocidas y nuevas. Y no conozco mejor escuela para formar la vida que presentarle sin cesar la variedad de tantas vidas, fantasías y costumbres diferentes, y darle a probar la tan perpetua variedad de formas de nuestra naturaleza”. Con el viaje conocemos la vida a través de nuestras experiencias en el camino. La libertad es viaje y el viaje nos hace libres. 

Me ha pasado que en ocasiones los tormentos de la ficción
me atraviesan y se convierten en reales,
hasta el punto de desestabilizar, al menos un tiempo,
mi salud mental y emocional.

En aquella cita con mi dermatólogo, después de la sentencia sobre controlar mi ansiedad y antes de cerrar la puerta del consultorio, me aconsejó, en un tono más cercano al de un amigo de confianza que a un médico, que debía tomarme un descanso e irme de vacaciones a cualquier parte. El doctor que atiende a Sombra en Güeros y mi dermatólogo coinciden en encontrar en el viaje uno de los principales remedios para aliviar los males del espíritu y de la mente. Le hice caso. Después de entregar mis trabajos finales y con el sol de julio a todo lo que da, empaqué mis cosas y fui con mi familia a pasar una semana en Progreso, en la casa de mis abuelos a orilla de la playa en donde aprendí a caminar. El mar siempre ha sido mi lugar favorito (aunque odie el hecho de ponerme protectores solares dermatológicos tres veces al día). Me ha acompañado en cada verano, me ha abrazado con mi familia, me ha visto reír con diferentes amigos. Y, aunque siempre había sido curativo, fue hasta ese verano en el que me di cuenta del alcance de su poder para sanar las heridas de mi piel. Nadé con él. Y sus aguas me aliviaron. 

Pero nunca podremos estar seguros de los secretos que habitan en sus olas. El diciembre pasado, después de terminar el primer semestre de la maestría y haber sufrido por las bajas temperaturas de Xalapa, lo único que deseaba al regresar a mis tierras calientes era ir a nadar al mar. Llegamos a Progreso. Con el protector solar y los lentes puestos, descalza, esquivé el sargazo y me encaminé a sentir el agua salada en mis pies. Aunque fría, yo estaba decidida a meterme, pero me detuvo el grito de David para que fuera a ver lo que había encontrado: una medusa azul (o fragata portuguesa). Me advirtió no tocarla y me habló de las consecuencias de su picadura. Yo seguía con la idea de entrar al mar a pesar del descubrimiento, y sólo pude cambiar de parecer cuando mi mamá comenzó a caminar por la orilla y a llamarnos cada vez que encontraba otra, y otra, y otra: contamos trece en pocos metros de playa. Las trece medusas eran hermosas: sus azules se fundían con rosas y formaban morados que combinaban con las olas del mar y con las nubes. Te hipnotizaban. Te hacían creer que no eran peligrosas. El mar es así: hipnotizante y, a veces, peligroso. 

El mar, siempre en movimiento, siempre cambiante, no tiene el mismo significado para todos. Hay quienes afirman que Alfonsina Storni nació en un barco en alta mar y que desde esa eventualidad su vida quedó atada a su fluctuación, al vaivén que iba de soñarse en él, en sus aguas cálidas y escribir rimas sobre su profundidad y su tempestad, como lo refleja el inquietante poema “Frente al mar”, hasta la ola fuerte que la golpeó en el pecho y la hizo perder el conocimiento, la misma ola que le anunciaría el cáncer de mama. 

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
allá en las tardes que la vida mía
bajo las horas cálidas se abría…
Ah, yo soñaba ser como tú eres

Alfonsina sentía que su corazón era como la espuma del mar, aquella que se estrella contra las piedras de una vida que provoca dolor, y que su alma era como el mar que la llamaba y la esperaba en una casa de cristal, en el fondo de sus aguas. A esta casa eterna llegaría un 25 de octubre al lanzarse desde una escollera hacia el Mar del Plata y en donde, finalmente, Alfonsina se fundiría en lo que siempre quiso ser. Mercedes Sosa la inmortalizó vocalmente con la canción “Alfonsina y el mar” en la que, en lugar de ser una imagen violenta, Alfonsina se sumerge de manera paulatina en el mar, hasta perderse en sus aguas, hasta ser una ola perpetua dentro de su inmensidad. 

Te vas Alfonsina con tu soledad
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la está llevando
Y te vas hacia allá como en sueños
Dormida, Alfonsina, vestida de mar

Entre esas mismas tempestades y agitaciones, Virginia Woolf nos arrastra en las páginas de Las olas por las mareas de un mar violento. Rhoda, la ninfa de la fuente con los ojos siempre llenos de lágrimas, sintiéndose sin rostro, escondiéndose en los estanques de sus sueños, se siente navegar sobre aguas turbulentas en las que se hundirá y nadie acudirá a salvarla. “¡Dejadme salir de estas aguas!… Pero las olas se precipitan sobre mí, me arrastran sobre sus inmensos hombros, me hacen dar tumbos, me arrollan; estoy extendida entre estas largas luces, entre estas largas olas, entre estos interminables senderos donde la gente me persigue, me persigue…”. En el ocaso de su vida, Rhoda quiere ofrendarle al mar las flores y los pétalos de su ser. Precipitarse a la muerte, reposar en las olas y fundirse en ellas. “Seré arrollada por una ola, otra me llevará sobre sus hombros. Todo se derrumba como una catarata gigantesca en la que me siento disolver”.

Olas trágicas, olas tranquilas. En el mar es posible encontrar tanto el nacimiento como la muerte, el dolor y la curación. Tan cambiante como el vaivén de las olas, así mi piel se transforma conmigo. Como a Montaigne lo descubre su cara al instante, “todos sus cambios empiezan por ahí, y un poco más agrios de lo que son de hecho, mi piel es la que me muestra al mundo como soy. Me indica las estaciones: si es invierno, se agrieta; si es verano, se irrita. Manifiesta mis estados de ánimo: si el tigre está al acecho, se enciende; si el mar está cerca, se apacigua. Todas las enfermedades que están en nuestros historiales médicos, ocultas entre medicamentos o expuestas en la piel, escriben los fragmentos de lo que somos. “Y, entre nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser. Yo no lo desprecio, al contrario, ¡qué alegría que algún fragmento de mi historial sea motivo de una anécdota en una reunión con amigos! 

Es una perfección absoluta, y como divina, saber gozar lealmente del propio ser. Perseguimos otras condiciones porque no entendemos el uso de las nuestras, y salimos fuera de nosotros porque no sabemos qué hay dentro. Montaigne es quien mejor ha hablado de la aceptación de uno mismo y el autoconocimiento. Sin necesidad de portar una máscara, en sus Ensayos se estudia a sí mismo y se muestra al mundo exactamente como es. Acepta la vida entera, tanto los males y el dolor, como el placer y el bienestar: todo es parte de la experiencia de estar vivo. Montaigne se ha convertido en mi mentor, sus enseñanzas (incluidos sus ejemplos escatológicos) ahora guían mi camino. Como él, me muestro al mundo como soy y acepto los agitados movimientos con los que la vida me balancea, porque los desequilibrios también nos ayudan a alcanzar la estabilidad. Me acepto en el viaje de la vida, en su tránsito, y mi piel, en lugar de ser una máscara, sirve como un espejo de mi interior, pues reacciona dependiendo de mis paradas en la carretera y del movimiento de mis olas. Mi piel: un lienzo como palimpsesto.

Soy la estación que mi piel demuestra. Soy el sentimiento que mi piel percibe.  

Nada más intenso que el terror de perder la identidad
Alejandra Pizarnik


Valeria Isabel Garza Escalante

Soy estudiante de la Maestría en Literatura Mexicana de la Universidad Veracruzana. Me gradué en la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán. Me gusta leer y hablar sobre el cuerpo y sobre los sueños. Además de la literatura, el cine es el gran amor de mi vida. Mi lugar favorito es el mar.

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