Un monstruo sin cabeza

Ensayos ganadores Dharma Books y Escritoras Universitarias

Por Liliana Magdaleno Horta
Mención honorífica del Concurso Nacional de Escritura para Mujeres Universitarias 2021

Tenía once años cuando mi cuerpo empezó a cambiar. Mis amigas me lo hicieron notar con un par de comentarios incómodos. Éramos unas niñas, pero a mí me estaban creciendo los pechos y a ellas no. Intentaba disimularlo con playeras amplias de Winnie Pooh, pero era un camino sin retorno: ese año llegó mi menarca. Del griego μήν (mes) y αρχή (principio), el término menarca se usa para denominar la primera menstruación en la vida de una mujer, la primera vez que te baja. Recuerdo con claridad cómo al terminar de orinar vi la sangre en la taza del baño y, con más vergüenza que miedo, fui a contarle a mi mamá. Yo había visto ya las toallas de mi madre y mi hermana en los cestos de basura, pero no había recibido recomendaciones sobre qué hacer cuando mi sangre bajara: en mi familia se trataba de un proceso natural que no requería muchas explicaciones. Además, era un evento significativo: mamá corrió a contarle a papá que “sus hijas estaban creciendo”. La primera menstruación está ligada de forma estrecha a la fertilidad, a la capacidad de reproducirse; yo, al igual que una gran cantidad de niñas, había sido expulsada del mundo infantil con la llegada de mi menarca. Con la sangre vinieron, entre otras cosas, más cambios en mi cuerpo, pero, sobre todo, una clase de dolor que desconocía hasta el momento, el dolor proveniente del útero.

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Una pareja se muda a una casa nueva; la chica, quien ha recibido tratamiento farmacológico para atravesar un episodio depresivo, descubre que su vecino tiene a un chico encadenado. Cuando ella le cuenta a su pareja, su reacción es desacreditar el relato y llamarla loca en numerosas ocasiones. Finalmente, ella termina asesinada, desollada por el chico, que resulta ser una especie de monstruo. Esta breve narración corresponde al argumento de “El patio del vecino”, donde la escritora argentina Mariana Enriquez establece de manera coyuntural una crítica a la feminización de la locura. Pienso en la historia de la literatura y la forma en que está plagada de mujeres relatadas desde la pérdida de la cordura (cuyo síntoma en ocasiones no es otra cosa que la negativa a seguir el orden que se ha socializado para ellas); mujeres que han sido adjetivadas como locas y, en mayor medida, como histéricas: la protagonista de “El huésped” o de La última niebla son apenas un par de casos. ¿Por qué es tan fácil categorizar a las mujeres como sujetas locas? Llamar loco a alguien, desde tiempos remotos, implica silenciar, despojar de la subjetividad propia. Entre las razones que la sociedad ha empleado para catalogar a las mujeres de dudosa salud mental, una de ellas tiene que ver de manera directa con el cuerpo, específicamente como ese órgano que ha sido nuestro primer domicilio: el útero.

El concepto de locas o histéricas se ha atribuido en mayor medida a las mujeres, esto se atribuye a la etimología designada para la palabra desde la antigua Grecia. El vocablo histeria proviene del griego hystera, que significa útero. De este modo, el apelativo histérica se usaba para señalar a las mujeres que sufrían problemas relacionados con el útero y que ocasionaban en ellas un comportamiento caótico. Esta “conversión” involuntaria, en la mayoría de los casos, estaba relacionada con la pérdida de la razón. Francisco González Crussí, en Las folias del sexo, relata una de las creencias de la civilización griega a propósito del útero y su posición dentro del cuerpo femenino: “Es un animal dentro de un animal”, (no teníamos mucha valía para esta antigua civilización). Durante años se pensó que el útero era un órgano maligno, que podía moverse a voluntad causando toda clase de estragos a las mujeres con su impredecible desplazamiento. Aunque a lo largo de la historia esta visión se modificó, aún existen puntos ciegos respecto a la naturaleza de los órganos sexuales y reproductivos de las mujeres, sumado a la escasez de datos en torno a experiencias o cuidados al respecto, pese a encontrarnos en una época donde la información circula de manera vertiginosa. El desconocimiento del cuerpo de las mujeres ha provocado numerosos problemas en pacientes que reciben diagnósticos fallidos, tardíos o bien, inexistentes. Apenas hace unos meses, las locutoras de Mándarax, un famoso pódcast de ciencia, señalaban que existe cierto oscurantismo respecto a la salud sexual de las mujeres, al grado de que actualmente es difícil distinguir si determinado síntoma pertenece a la composición orgánica de una paciente y puede ser inofensivo; o bien, si es signo de un desbalance cuyas consecuencias pueden ser mortíferas.


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Las mujeres se convierten, decían los griegos, y llevan un animal dentro de manera permanente: modifican sus rasgos, su carácter, su forma de ser ante el mundo. Esa bestia minúscula, encarnada en el útero, fue muchas veces desconcertante en las civilizaciones míticas y esto no cambió con el transcurrir del tiempo. Durante toda mi secundaria e incluso mi preparatoria, el tema de los ciclos menstruales fue un tabú. Cada mes mis amigas se preguntaban unas a otras si habían manchado su falda, temerosas de ser avergonzadas o ridiculizadas por los rastros de sangre en su ropa. Otras faltaban casi durante todo su periodo sencillamente porque no podían levantarse. Las clases de biología describían el periodo de una mujer como un proceso homogéneo que ocurría con la precisión de un reloj en la vida de todas nosotras. Sangrar mes con mes significaba un dolor incuestionable: no tenía sentido quejarse; una manta y un té caliente debían ser suficientes. Las cosas cambiaron cuando dejé mi casa.

Pasé la primera parte de mi vida universitaria en una casa antiquísima: su estructura se asemejaba a un sótano amplio con una gran cantidad de cuartos y en ellos, varias literas donde cabían incluso seis chicas en una sola pieza. En esa casa conocí a Bea. Ella iba a ser arquitecta y pasábamos las noches en vela estudiando o viendo películas, excepto cuando tenía su periodo; así, empecé a cuestionarme sobre el carácter homogéneo de este proceso. El dolor era tan intenso que Bea llegó a perder un par de días en la escuela, se encerraba en el cuarto y procuraba no hablar con nadie. Con nosotras vivía Eli, quien además de los síntomas de Bea, dejaba de ir a la escuela, de comer, de levantarse de la cama y sufría episodios de tristeza que, por más que intentábamos, no logramos intervenir o no nos dejaba. Eli era la persona más feliz que conocíamos, pero en sus días de sangrado sus ideas sobre la muerte y el sinsentido de la vida nos asustaban: su quiebre era agudo desde el dolor de su cuerpo hasta el asomo de pensamientos suicidas. No era una broma. Ahora puedo entender que la conversión de la que hablaban las antiguas civilizaciones responde a una suma de desajustes en el cuerpo, esos que aparecen como signo de locura y que parecen hacernos ingresar a un espacio distinto al que transitamos de manera cotidiana.

Cuesta narrarse desde la vergüenza que provoca la ignorancia de las funciones orgánicas del propio cuerpo. El oscurantismo del que hemos hablado con anterioridad a propósito de los síntomas de las mujeres que menstrúan ha provocado que el dolor durante el periodo se convierta en un animal de compañía; no obstante, poco nos hemos preguntado: ¿qué significa sentirse mal? ¿Cuál es el límite del dolor que es preciso tolerar? Pienso con frecuencia en los libros de texto que poco o nada se detienen a exponer los cambios que ocurren en el cuerpo de una mujer durante su periodo; ni hablar del nulo acompañamiento del profesorado en el tema. Las deficiencias en el sistema educativo no abonaban al tema, ¡mi maestro de biología en la secundaria quería leernos las manos! ¿Por qué a nadie le resultaba escandaloso que, en lugar de abrir los libros, este profesor nos mirara a la cara, soltara alguna frase misteriosa y procediera a palpar las palmas de las manos de las estudiantes más ansiosas por saber su futuro?

Bea tuvo su primer tratamiento para controlar los desbalances hormonales de su cuerpo tiempo después de que terminamos la carrera, cuando ingresó al mundo laboral y afortunadamente encontró un empleo que le garantizaba seguridad social (otro aspecto que ha sido obviado: no todas tienen acceso a servicios ginecológicos públicos). Entre risas y café, después de un par de consultas nos contó su diagnóstico: síndrome disfórico premenstrual. Aunque se trata de un síndrome que pueden padecer la mayoría de las mujeres que menstrúan, a nuestros más de 20 años (y con nuestros estudios universitarios concluidos), el término nos resultaba desconocido. Todas conocíamos los síntomas: dolor de cabeza, punzadas abdominales, irregularidades intestinales, cansancio, irritabilidad, aumento del apetito, cambios anímicos bruscos e incluso insomnio. No hizo falta una gran cantidad de fármacos para tratar a Bea, debido a que su desajuste respondía a una dosificación irregular de hormonas, empezó a tratarse con anticonceptivos orales. Tiempo después se colocó un implante subdérmico y su periodo desapareció casi por completo. Era difícil de creer cómo después de esa pequeña cirugía, en la que insertaron una varilla de plástico en su brazo, su calidad de vida había cambiado por completo.

El caso de Eli fue muy distinto. Se ausentaba de clases prácticamente durante todo su periodo (que podía extenderse hasta a 10 días de sangrado) porque sus síntomas la inhabilitaban casi por completo. Después de haber pasado por varios consultorios ginecológicos, donde la despachaban después de darle un par de cajas de buscapinas, Eli conoció a una médica que escuchó con atención sus síntomas y los reconoció dentro de un cuadro clínico: trastorno disfórico premenstrual, otro término que las tres desconocíamos. En este caso, a los síntomas mencionados con anterioridad (irritabilidad, dolor, cansancio), se sumaban alteraciones anímicas que, con frecuencia, incluían ideas sobre el daño autoinfligido. La ginecóloga en cuestión trabajaba de la mano con una psiquiatra, hecho que facilitó la distinción del desbalance químico (el desbalance entre el estrógeno y la progesterona alteraba en gran medida la producción de serotonina y dopamina), cuya repercusión en el cuerpo era evidente: durante su periodo, Eli transitaba por estados anímicos oscuros, su mente hospedaba pensamientos negativos que parecían diluirse una vez que su cuerpo se recuperaba del estado menstrual. Su cuerpo necesitaba atención en términos de salud ginecológica, pero también era necesario visitar a un endocrinólogo y continuar con asistencia para la salud mental. Según lo explicado por ambas especialistas, en el trastorno disfórico premenstrual subyacen desbalances de la salud mental que en numerosas ocasiones no son identificados y, por tanto, difícilmente son tratados; casos concretos son el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), la depresión o los trastornos afectivos estacionales. Apelar a la salud mental debería ser tan natural como realizar visitas regulares al dentista; no obstante, todo lo relacionado con el tema continúa cargando con un estigma del que no ha logrado librarse: quien acude al psicólogo (¡o peor, al psiquiatra!) corre el riesgo de ser desacreditado o disminuido. Eli fue tratada aproximadamente a sus 25 años, después de pasar una cantidad considerable de tiempo normalizando su dolor debido a que, aunque aún existen puntos ciegos en la medicina ginecológica, en numerosas ocasiones los síntomas se vuelven parte de un lugar común, características estereotípicas de las mujeres histéricas.

Con la sangre vinieron, entre otras cosas,
más cambios en mi cuerpo, pero, sobre todo,
una clase de dolor que desconocía hasta el momento,
el dolor proveniente del útero.


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Soy una mujer afortunada. Habito mi cuerpo con comodidad y con franca satisfacción. Cuando era niña me detectaron una falsa sinusitis, que se terminó cuando descubrieron que uno de mis dientes nacía bajo mi nariz; después de esa cirugía bucal, mi cuerpo no ha necesitado ser intervenido. Enfermo cuando el clima es muy frío, pero me recupero pronto; cuando llegaron mis primeros periodos pude continuar mis actividades cotidianas sin contratiempos: bastaba el típico té de manzanilla y descanso. Los problemas comenzaron cuando, por cuenta propia, provoqué en mi cuerpo el desbalance químico más prolongado por el que he pasado tomando píldoras anticonceptivas. Las primeras veces que mi novio en turno se resistió a usar un condón supe que debía encontrar una opción anticonceptiva que yo pudiera controlar sin tener que pedírselo; me aterraba embarazarme sin desearlo. No quería contrariarlo, así que empecé a tomar Levonorgestrel combinado con Etinilestradiol (Jasmín o Nordet en cualquier farmacia) durante los más de dos años que duró mi vida sexual con él. Aparentemente, se trataba de un medicamento seguro que incluso funciona como tratamiento para las mujeres que sufren desbalances hormonales o dismenorrea. En mi caso, ninguno de estos beneficios ocurrió. Después de un par de meses de tomar las píldoras de manera regular mi cuerpo empezó a cambiar: primero fueron brotes de acné, después el aumento considerable de peso y la permanente sensación de inflamación; por último, la aparición de síntomas premenstruales y menstruales que hasta ese momento desconocía. Los cólicos eran tan prominentes que era necesario tomar analgésicos varias veces al día; tenía dolor al orinar, un sangrado casi negro y constantes dolores de cabeza. Mi apetito sexual disminuyó considerablemente: mi cuerpo estaba reaccionando ante un desbalance químico innecesario:

Habitar mi cuerpo se convirtió en una experiencia incómoda. Me veía al espejo y nada de lo que veía me gustaba, dejé de usar mucha ropa que ya no me quedaba y me obsesioné con mi apariencia. En el papanicolaou que me realicé durante ese periodo, me detectaron endometriosis; la ginecóloga me dijo que el anticonceptivo que estaba usando podría estar abonando a la condición, un extraño, pero no imposible efecto colateral. Después esta hipótesis se descartó y quedó cómo sospecha principal la acumulación de infecciones o vaginosis bacterianas que se formaban al no existir un método de barrera en cada encuentro sexual. Para mí, lo más importante en mi cuidado sexual era no embarazarme, asumiendo que tenía una relación exclusiva. No fue así: en un episodio vergonzoso conocí a la otra mujer, que aún me reprochó sobre sus propias infecciones.

Distinguimos con facilidad lo propio y lo ajeno. Cuando el elemento de un todo cambia de orden o disposición, se convierte en un intruso. Escritoras cómo Amparo Dávila o Guadalupe Nettel llaman a este intruso huésped, un ser sale de su universo e invade la casa y el cuerpo respectivamente, cuya presencia se torna inquietante, casi insoportable. Mes con mes, cuando no existe un óvulo fecundado, el endometrio se desprende (ese tejido que cubre las paredes uterinas), este proceso provoca el sangrado menstrual; la endometriosis ocurre cuando este tejido decide ocupar otro sitio que no le corresponde: los ovarios, las trompas de falopio o incluso, en casos más severos, el intestino. El endometrio se convierte en un intruso, un huésped indeseable cuyo cambio de sitio no significa que deje de descamarse y, en este caso, acumularse a falta de una puerta de salida. Esto provoca dolor, esa clase de dolor que inhabilita a las mujeres. La indiferencia ante este espectro del dolor ha provocado que en muchos casos el huésped se extienda a distintos órganos hasta que es preciso extirparlos o cercenarlos.


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En estos días, la sociedad se alarma porque una de las opciones de vacunación contra el COVID- 19 provoca trombosis como efecto secundario en casos particularmente raros (hasta el momento existen solo 5 casos). El sensacionalismo en la prensa ha provocado que se piense en retirar el fármaco e incluso circulan tuits sobre las intenciones de emprender acciones legales. En México, las pastillas anticonceptivas circulan desde inicios de los cincuenta como tratamiento regular, algunos de sus efectos secundarios son la vaginitis, tromboembolias y cáncer cervical. La comunidad científica poco se ha interesado en descartar la gran lista de efectos secundarios que esta clase de anticonceptivos provoca. No hay escándalo. Por supuesto, existen otras opciones, pero la más socorrida durante años ha sido la píldora. Apenas hace unos años se ha empezado a hablar acerca de la singularización de los procesos en los cuerpos de las mujeres: no se trata de vivencias homogéneas, lo que funciona para una, para la otra es fatal. El cuerpo es único y distinto. Luego de tomar anticonceptivos de esta clase durante poco más de un año, gran parte de los síntomas desaparecieron tiempo después de haber dejado las píldoras. Parecía que había estado cegada y de pronto la información venía a mí como una avalancha: la alimentación y el movimiento como factores decisivos en la tolerabilidad del huésped mensual mejoraron mi calidad de vida. El amplio abanico de anticonceptivos que conocí después me hizo reprocharme mi falta de información, pero también determinar que no volvería a introducir en mi cuerpo sustancias innecesarias únicamente para privilegiar el placer del otro.


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Anne Carson, en “El género del sonido”, realiza una ruta a propósito de los ruidos que las civilizaciones antiguas han decretado como propios de las mujeres. En el mundo griego, los hombres poseen una virtud que les permite ser prudentes verbalmente, la sophrosyne (σωφροσύνη), una clase de atributo característica de su proceder. Las mujeres, en cambio, al carecer de esta virtud, eran obligadas a reprimir sus lágrimas motivadas por cualquier tipo de emoción: una suerte de regulación del llanto ante la incomodidad que causaba su expresión en los espacios públicos de las polis. Las mujeres lloran y hay que controlarlas.

El llanto se convirtió en mi animal de compañía cuando empecé a tomar píldoras anticonceptivas. Las actitudes frontales que desarrollé durante mi adolescencia se convirtieron en comportamientos de ridículos ojos suplicantes. Sé que eran ridículos porque él me imitaba con frecuencia y no había otra forma de describirlos: “¿Por qué lloras? ¿Estás llorando? ¡Otra vez vas a llorar!”. Sumado a los cambios en mi cuerpo, la ingesta de hormonas me provocó alteraciones diametrales en mi estado de ánimo. Mi tendencia a la tristeza era notable: lloraba a diario sin una motivación aparente: el clima, las contradicciones, el asomo de una pelea, el bus que no alcanzaba. Hasta hace poco comencé a investigar el porqué de estas conductas. Aparentemente, la sintomatología que tiene que ver con el ánimo y los estados mentales no obedece únicamente al desbalance químico que propicia la ingesta de hormonas: los estresores sociales eran un factor clave. “Es que tú de todo te enojas. ¿A veces no crees que eres aburrida?”. La relación con mi compañero era uno de esos estresores en ese momento y no me di cuenta hasta que fue tarde. La combinación entre una relación que se fragmentaba y el desequilibrio anímico que provocaban las hormonas desencadenaba en constante llano. El llanto, ese signo que debilita por antonomasia a quien lo practica, se volvió tan cotidiano que en mi actual vida he llegado a sorprenderme de pasar semanas sin experimentarlo, con la vulnerabilidad y el manojo de inseguridades que lo acompañaban. “¿Por qué estoy llorando? ¿Es para tanto eso que acabo de ver/oír/ experimentar?”. El gaslighting que experimentaba al interior de mi relación incrementaba. Todo fenómeno parecía acentuarse de formas desconocidas: los hechos se volvían severos, grotescos, insoportables. Desde inicios del Romanticismo, existe un estereotipo que vincula condiciones como la fragilidad y la debilidad con las mujeres, con su llanto. No me extrañaría que el hecho de que esta asociación permanezca se deba a casos similares al que yo viví, en que el desbalance químico propició una gran cantidad de lágrimas, sumado al momento en que el espacio seguro por excelencia se invierte.

Apenas hace unos años se ha empezado a hablar
acerca de la singularización de los procesos
en los cuerpos de las mujeres:
no se trata de vivencias homogéneas,
lo que funciona para una, para la otra es fatal.
El cuerpo es único y distinto.


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He leído la historia de una mujer que, para visibilizar su periodo, coloca sangre menstrual en el espacio de su tercer ojo; en una latitud diametralmente distinta, las chicas de la escuela de arte enmarcan toallas femeninas todavía con restos de coágulos. Las reacciones ante esta clase de manifestaciones son, por lo regular, escandalosas; sin embargo, han atraído una gran cantidad de miradas hacia un proceso que continúa estigmatizado hasta nuestros días.

Con un poco de menos de resistencia se han adoptado prácticas comunitarias en las que se busca dotar de herramientas pedagógicas a padres y madres a propósito de los cuidados menstruales por los que transitan las adolescentes con las que conviven. Una mínima parte de la población entiende la menstruación como un signo vital de salud integral o por lo menos, como un proceso orgánico natural. Apenas hace un par de meses, una usuaria de Twitter compartía que, al cuestionar a su pareja (padre soltero) sobre sus conocimientos respecto a la menarca de su hija, éste se avergonzó y confesó no tener idea ni de los costos de los tampones/toallas y mucho menos de la forma en que deben de colocarse o cada cuando deben reemplazarse. De inmediato pensé en la primera vez que me bajó: en casa solo estaba mi padre, que esperó hasta que mamá volvió a casa y fue ella quien horas después de haber manchado mi ropa interior me indicó cómo debía actuar. Por supuesto que asistía a la escuela, ¿por qué no conocía uno de los procesos fundamentales de mi cuerpo?, ¿por qué mi papá no podía decir nada al respecto? Estoy segura de que esto forma parte de la ansiada crianza colectiva de la que tanto se habla hoy en día: los procesos fisiológicos no pueden seguir estando en un cajón que muchas de las veces implican vergüenza. Todas hemos sido la mujer en el salón de clases/oficina/casa compartida que va al baño y oculta discretamente la toalla sanitaria que va a colocarse en el baño. Aunque las grandes empresas cojean en distintos aspectos, recuerdo hace poco una campaña publicitaria donde una afamada actriz tomaba una toalla y, frente a todos, se la daba a otra chica. “Pasa la toalla”, decía el slogan; es increíble pensar que tuvo que haber un proceso de mercadotecnia con mujeres de la farándula para que un asunto tan cotidiano y casi mal visto se volviera un hecho aceptable en cada uno de los espacios que habitan las mujeres.


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Hasta nuestros días, son muchas las mujeres que siguen luchando contra ese animal que se desplaza por nuestro cuerpo, para mí es ahora más una mezcla de desinformación, falta de garantías en la salud pública, de tiempo para el cuidado propio y otros factores que con frecuencia nos reducen a poner resistencia ante el dolor que no debería ser ignorado. Los aspectos que reducen nuestro tiempo para el autocuidado son muchos en una sociedad que privilegia la producción, un tema que imagino es material para otro texto. Sobre las ideas que derivan los pensamientos de estas páginas, rescato y celebro que día a día las mujeres trazan rutas concretas para hablar sobre sus cuerpos, sus deseos o sus obsesiones. En el tema específico de la menstruación y la serie de eventos que conlleva, encuentro charlas, talleres, grupos que discuten desde distintas ópticas sus experiencias. Hay aún mucho por problematizar: el tema de la huella ecológica que los productos sanitarios, los impuestos que se han implementado sobre los mismos, el misticismo que se ha generalizado sobre el fluir de la sangre entre las piernas o la desigualdad que provoca que millones de mujeres no tengan acceso a servicios de higiene básica durante su periodo. Este texto representa una suma a las experiencias, entre todas aquellas que cuestionamos o desconocemos y de las que nos alimentamos para reconocernos un poco más libres y un poco más dueñas de nuestro propio cuerpo.


Liliana Magdaleno Horta

Estudiante de la Maestría en Literatura Hispanoamericana. Lectora que le gusta escribir. Su trabajo ha sido publicado en las antologías El tótem de la rana: catapulta de microrrelatos (BUAP, 2017), Las avenidas del cielo: muestrario poético de Aguascalientes y Guanajuato (UAA, 2018), Punto de partida, núm. 209: Diez poetas de Guanajuato (1982-1996) (UNAM, 2018) e Inventio (UAEM, 2019). Ha colaborado en medios digitales y se ha desempeñado como editora web, locutora y docente.

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