La muerte más repentina

Creación Literaria

Por Ximena G. Tercero

Respiras y de pronto ya no respiras. Te vas, moriste. Desfalleciste con un fuerte estruendo, resoplaste con nula energía tus últimas palabras y entonces pasó, desapareciste. No hubo cuerpo que velar ni rastro que perfumar.  ¿Dónde estás hoy? ¿Dónde estarás mañana? Quisiera hacerte saber que al menos tendrás una flor por haber muerto: la mía. Es lila, pequeña, no muy gruesa y, en general, es bonita. 

Crucifixión y tortura. Para mí y para todos quienes nos quedamos en espera de tu regreso, quienes pasamos noches casi enteras llorando y pensando a dónde te habrías ido. Si, yo sé que nos habrías dado tu vida, pero no pudiste porque la estabas usando. No te culpo, nosotros también intentamos usar las nuestras, pero a veces es difícil existir sabiendo que te fuiste. 

Perfume. Impregnado permanente e insistentemente a la vez, disperso entre todas las habitaciones que visito (incluso en las que nunca pisaste). Miradas tristes: nostálgicas porque no volverás y trastornadas porque, aun así, te recordaremos.  Palabras que pongo juntas, letras que nunca te dije y que ahora escribo en la libreta que nunca verás y que sé que siempre te dio curiosidad. Es cierto, me duele y nos duele.

No fui a tu funeral porque no tuviste y porque te fuiste tan repentinamente que me ha costado decidirme a organizarte uno. Los primeros días todos preguntaban por ti y yo no me atrevía a decirles que te habías marchado, que habías muerto. Tedio, mucho tedio de todo, de escribirte, de llorarte e incluso de hacerte un funeral. Risas ahogadas en suspiros y momentos encapsulados en fotografías al igual que en las pequeñas notas que dejabas en  mi cama. Necesito entenderlo, estás muerto. Eme, u, e, ere, te, o; ya no existes, ya no respiras y ya no amas. 

Estoy deprimida porque no he conseguido trabajo y porque moriste. Tú sí tenías un trabajo, decías que era relajado y sólo algunos días te sentías muy atareado. Aún no me he atrevido a usar la pijama que traía puesta aquella noche que dejaste de respirar y que tu corazón dejó de palpitar; me gusta, pero es tan deliciosa y confortable que puede hacerme pensar que estás vivo, cosa que es lo último que necesito. Me había pasado lo mismo con el suéter que usé la tarde anterior a tu partida y preferí mejor regalarlo porque qué tal que yo tambíen me moría. Insensato, sí, aunque muy lógico y centrado si lo miras desde donde yo me quedé parada. Varada, de hecho, como en medio de la inmensidad del océano, naufragando en mi propio mar de lágrimas y tratando desesperadamente de encontrarte allí, como si fueras un salvavidas. Que injusto asignarte tanta responsabilidad, espero que me puedas perdonar. Lamento haber sido tan exigente y esperar que te quedaras, que vivieras conmigo y que no fallecieras. 

Abrumadora realidad en la que conozco a más personas y todas se parecen a ti, aunque ninguna llega a ser tú. Cansancio, agotamiento de extrañarte y de pensarte; hartazgo que me ha llevado a distintos lugares, a modificar mi imagen, a  un pueblo con un cañón, a experimentar cosas ilegales, a habitar una isla e incluso a buscarte en otro continente. No te veo, no estás y tampoco volverás. El enojo se ha ido paulatinamente, el perdón llegó más rápido de lo que esperaba y la resignación apenas comienza a instalarse en mi mente. Lentitud, qué proceso tan más lento he tenido comparado con el tuyo. Preguntas incesantes que me hago y me hacen, que me abruman y me enojan, que no me consuelan y que mucho menos me ayudan. Dime algo cierto, verdadero, real, duradero:  ¿te arrepientes de morir? ¿Crees que algún día te arrepentirás? ¿Nos extrañarás algún día?

Distorsión y confusión que envuelve a mis ojos necios que preguntan por ti porque no entienden que moriste, que falleciste. Locura y ansiedad que me abruman al llevarme al cuestionarme dónde estarás y por qué aún no me mandas una señal desde el más allá. Egoísmo que seguramente te invade y que no te deja actuar. Confusión que algún día te reprochará el haber muerto cuando pudiste ser muy feliz con todos nosotros a tu lado, especialmente conmigo. Coraje que me invade al conocer a alguien más y no poder evitar comparar, que si sus pestañas son más cortas y menos chinas, que si sus lunares son muy grandes y no tan finos, que si son más codos y les pesa la propina o que si son más divertidos pero no me hacen reír tanto. Sí, claro que me da coraje, aunque ahora por fin estoy consciente de que te has ido, has muerto y entonces no regresarás jamás. Las personas no resucitan a menos que seas Jesús y seas influyente con las personas de allá arriba y sé que tú no eres ni lo uno ni lo otro, por eso, sé que no vendrás. 

Frustración que sentían todos al verme y saber que no había entendido tu muerte, reclamos que me hacían con tal de que pudiera aceptarla y lágrimas que derramaron conmigo al ver mi casi incesante sufrimiento. Resignación que pronto debió llegarme y que quizás tardó mucho más para mí que para ti porque tú te fuiste, no te quedaste, moriste. Experiencias que vendrán y se irán, risas que disfrutaremos, atardeceres hermosos que veremos, cielos de amaneceres que admiraremos, playas que visitaremos, cabañas en las que dormiremos, platillos que cocinaremos y vidas que viviremos, todas sin ti. 

No hay nada que no te haya dicho, porque incluso ahora que estás muerto, sé que me has escuchado por lo menos en mis sueños y aunque claro que hay mucho que me gustaría decirte, mejor te lo escribo porque me da pena y miedo hablar con muertos. He preferido evitarlo, pero no evitarte. He preferido dormir para no verte imaginariamente y finalmente he caído en la cuenta de que estás muerto. A veces percibo un fantasma tuyo y me resisto a prestarle atención porque no quiero que me reclame por no haberte hecho un funeral. Con frecuencia también me encuentro con pequeños detalles que me recuerdan a ti, a tu existencia y a la nuestra, y entonces me esfuerzo, realmente me esfuerzo, por olvidar que algún día existimos juntos porque aunque hoy lo recuerde, ahora estás muerto y por eso ya no tiene caso aferrarme. 

Respirabas y de pronto ya no lo hacías, mirabas todo a tu alrededor, jugabas y te salías con la tuya. Todo te salía bien, hasta aquel día en las fatídicas y maldecidas horas que te llevaron a tu muerte. Coraje que tenía atravesado y que ahora quiero soltar; miedo que me tenía atormentada y que hoy quiero olvidar; duelo que me convirtió en mártir, que me llevó a lugares extraños y me convirtió en viuda, y mismo que hoy pienso superar. Muerte que me marcó, que te llevó y que nos apartó. Ojos que se cerraron y que aunque intentaron abrirse, ya nunca lo lograron. Labios que murmuraron palabras insípidas y aletargadas; manos que no tardaron en soltarse de lo poco que les ataba a la vida; piernas que no dudaron en reposar permanentemente y cuerpo al que no le dolió abandonarnos. Vida que se esfumó triste y rápidamente, persona que falleció repentina y casi instantáneamente. 


Ximena Tercero

Estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales. Escribe porque existe o ¿existe porque escribe? Amante de los postres, fanática de Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y Danielle Steel. Aficionada de la vida e innegablemente apasionada.

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