Gordofobia, la discriminación camaleónica en México (segunda parte)

Sociedad
Investigación
Créditos de la imagen: AllGo en Unsplash

Aquí puedes leer la primera parte de esta investigación.

Por Diana Martínez

El rol del Estado mexicano

 En el 2020, el presidente Andrés Manuel López Obrador en colaboración con el caricaturista Rafael Barajas “El Fisgón”, y a partir de información de la Secretaría de Salud, realizaron una campaña de marketing contra la obesidad, la cual consistía en una historieta de ocho páginas que narra la interacción de dos niños. La niña delgada pretende aleccionar al niño gordo sobre los peligros de comer alimentos “peligrosos” repletos de azúcares, sal y químicos. De acuerdo con declaraciones del presidente, esta estrategia contra de la obesidad pretendió llevarse a cabo a través de la impresión de 30 millones de copias de la historieta, las cuales fueron entregadas en hogares y hospitales (Cerdeira, 2020).

La problemática sobre esta estrategia, que pretendía combatir y erradicar la obesidad, es que en realidad no combate nada ni mucho menos erradica, pues está repleta de desinformación, que de nueva cuenta estigmatiza a las personas gordas y culpa al particular. Desmenuzando la historieta, primero nos encontramos con el personaje gordo, un niño al que se le ridiculiza, pues se le presenta como una persona incapaz de dejar de pensar en “alimentos malos” y de consumirlos, además, se le menciona tener “cuerpo chatarra”. Por otro lado, también se hace hincapié de que la gordura es “una carga financiera para el gobierno y los contribuyentes” además de “dañar al país” (Barajas, 2020: p. 8) 

Si realizamos un ejercicio rápido de reflexión, si por dinámica social se cree que las personas gordas están enfermas, llamarlas “cuerpos basura” ¿es la forma correcta de acercarse a un enfermo? Y aún más importante, ¿es la forma correcta en la que un gobierno se debe referir a un particular?, ¿la estigmatización realmente combate la obesidad? Sería importante revisar de dónde viene esta acepción de que gordo resulta ser obeso, pues así es como se refiere a los cuerpos gordos bajo los lentes de la patologización como obesos. Debido a la medida que se utiliza en el sistema de salud para decidir quién es obeso junto con el índice de masa corporal, resulta, de nueva cuenta, erróneo y desinformante. Aun así, la página de la Organización Mundial de la Salud (www.who.int) indica lo siguiente sobre el índice:  «Es un indicador simple de la relación entre el peso y la talla que se utiliza frecuentemente para identificar el sobrepeso y la obesidad en los adultos. Siendo sobrepeso: IMC igual o superior a 25 y obesidad: IMC igual o superior a 30» (OMS, 2020).

En la conferencia “Violencia estética y gordofobia: hablando desde la práctica profesional de la nutrición” de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), la ponente Ileana Muñiz Gónzalez dijo lo siguiente: “No todo cuerpo gordo tiene masa metabólicamente activa o que esté afectando a otros órganos. El IMC es solo un indicador de las dimensiones del cuerpo, pero no un indicador de salud solo da a conocer la relación entre el peso y la talla”. Entonces, ¿cómo se podría leer a un cuerpo gordo como enfermo solo por el simple hecho de verlo? ¿No harían falta estudios para completar el perfil del paciente? De esa forma, se confirmaría o se negaría si realmente existe algún problema que de hecho esté afectando a la salud.  

La influencia de los contextos económicos en la alimentación mexicana

Después, también es importante hablar de la nutrición, que es responsabilidad del Estado y es influenciada por el sistema económico, el consumismo y la moda. Sin embargo, estos factores no se toman en cuenta al momento de hacer juicios sobre una persona —así como en el ejemplo de la historieta—, ya que se piensa que el ser una persona gorda es una decisión y, por lo tanto, es responsabilidad del particular el configurar su cuerpo a lo que se espera de él, es decir la delgadez.  

En México la alimentación es muy variada y una de las diferencias más marcadas es en términos culturales, según la investigación de Vilá: «En la parte norte se come más carne y productos de trigo mientras que en sur la presencia de la dieta indígena es más común. En la costa los guisos de pescado son más comunes que en el interior donde su consumo es esporádico en la población general» (2010).

Sumado a la cultura y la geografía, también se encuentran las diferencias socioeconómicas. Las más básicas e importantes son los horarios y traslados. Una persona de nivel socioeconómico alto normalmente recorre las distancias de su trabajo a su hogar en carro y visceversa, además de que las responsabilidades domésticas son dejadas a cargo de un empleado —eso incluye el comprar y cocinar los alimentos—. Por el contrario, una persona en situación de pobreza, sufre las distancias entre su trabajo (si es que tiene) y su hogar por ser largas y recorridas en transporte público; asimismo, las responsabilidades domésticas son parte del día a día además de las laborales. Igualmente, hay que tener en cuenta ¿qué es lo que consume cada uno? Ilena Muñiz explica esta situación: 

Por lo que se refiere a los productos de origen animal, hay que destacar la elevación en la ingesta de carne de pollo en las últimas décadas, y la disminución de la importancia del cerdo en la dieta. La carne de res se come menos, y prácticamente en las clases más acomodadas. Sin embargo, es importante señalar que en este sector se come con reserva ya que se considera que no es saludable.

La alimentación en México depende, como ya se mencionó, del factor económico, geográfico, pero también del contexto mundial y su dinamismo; por ejemplo, antes solo había tiendas de abarrotes y mercados dónde se conseguían los alimentos. Ahora, gracias al capitalismo y todos los tratados internacionales que conlleva, tenemos supermercados y tiendas de autoservicio, lo que ha hecho que la alimentación del mexicano sea un poco más homogénea y de más amplio acceso.

Sin embargo, Muñiz menciona lo siguiente al respecto: “La homogeneidad en el consumo, sin embargo, no es en realidad, tal, pues la calidad de los alimentos es distinta según los precios” (2021). Un ejemplo puede ser que en estas tiendas grandes y modernas encontramos carne y embutidos, sin importar si está ubicada en el norte o la costa, una colonia popular o una privada; los productos los encontramos, pero dependiendo del precio ya sea mayor o menor, será el porcentaje de grasa y su calidad. A mayor precio, menor grasa y mayor calidad y a menor precio, mayor grasa y menor calidad. Bruschi nos dice sobre ello que, en cierta medida, la calidad de la comida tiene que ver más con casos de gordura, y no precisamente es la cantidad la que la determina. “quizás el asunto más interesante lo encontraremos en los casos en los que la gordura no está relacionada tanto con la cantidad de comida sino con la calidad de la misma” 

Sobre la evolución en relación calidad/precio, Ileana Muñiz también menciona lo siguiente: “Desde los años setenta, los alimentos industrializados, especialmente los de alta densidad energética han disminuido de precio de manera gradual, al mismo tiempo que las frutas y verduras se han encarecido”. Sumando a esto, Gomez y Velázquez nos dice que gracias a la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994, se creó un ambiente “obesogénico” (causante de la obesidad) en el país, debido al consumo excesivo de jarabe de maíz, azúcar, alimentos altos en calorías, entre otros (2019).

Entonces, queda claro que la alimentación no es un problema privado, que las medidas con las que se decide quién está enfermo o no son obsoletas, inexactas y están cargadas de un prejuicio moral, en el que la dicotomía es gordo es igual a malo y delgado es lo mismo que bueno sin importar nada más, aparte del tamaño de los cuerpos. Bruschi explica sobre la opresión y cómo esta se alimenta de estereotipos culturales y sociales, gracias también a los papeles que desempeñan los medios de comunicación, el mercado, etcétera (2016). Sin embargo, lo más peligroso es que el gobierno, en este caso el mexicano, replique estos sistemas de terrorismo corporal. En El cuerpo no es una disculpa, Sonya Renee Taylor también relaciona a los cuerpos con el gobierno: “No podemos hablar de cuerpos sin hablar de los sistemas que los gobiernan. Estos sistemas reflejan de muchas formas distintas las sociedades que los crearon” (2021).  

Así, podemos entender que es el entorno el que continuamente nos pide que hacernos más pequeños, pedir perdón por el espacio que ocupamos y que nos exige la delgadez con el pretexto de ser sanos. ¿A quién le debemos salud? Y, más importante, ¿cómo se ve un cuerpo sano?  (Taylor, 2021).


Este texto es la segunda parte de una investigación realizada por Diana Martínez. Estrenaremos la siguiente parte el martes 19 de octubre.


La bibliografía de esta investigación la puedes encontrar dando click aquí.

Diana Martínez

Politóloga por la UNAM (en proceso). Activista feminista contra la gordofobia. Entusiasta por la lectura, la escritura y el anime. Quiero llegar a estar en los buscadores de google con mis escritos.

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